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LOS « FRIVOLOS VIAJEROS»

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 9 de enero de 1964

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Hay algo de humilde en los pies, por muy bien calzados que estén. Siem­pre los pies son los… "frívolos via­jeros". Verlaine acertaba. Cómplices in­evitables de todas nuestras andanzas, que­da necesariamente en ellos la reliquia de los buenos pasos, de los malos pasos. El poder ejecutivo de los actos del hombre en las manos y en los pies reside. Por eso su unción en el trance extremo. Frívolos viajeros, indefectibles mandatarios; pero su misma condición les redime. Hay algo de humilde en los pies, por muy bien cal­zados que estén. En nuestra anatomía, al otro extremo de la cabeza, los pies en con­tacto perenne con la tierra no necesitan de la admonición, del "Memento homo..." Polvo somos y los pies no pueden olvidar­lo. De otra parte, ¡qué poca variedad! Mi­rar los pies, siempre caminando a ras del suelo, contribuye a vislumbrar un auténtico nivel de igualdad. ¿Verdad, "limpia" ami­go, que cualquier personalidad se abate al llegar a les pies? ¡Qué pocos pies origina­les existen!

¡Ah; pero el "limpia" eleva! Se sienta en su taburete, saca su caja de betún y su cepillo mientras, un poco indolentemente, uno se reclina en la pared o en el mostra­dor del bar. Son unos minutos. De pronto, efímeramente, uno no siente vergüenza de los pies. Porque, ¡cómo disimula el cha­rol! Concluido el servicio, comienza la levitación de la jornada. El brillo del calza­do, ¿no es un aislante? Sin polvo o barro en el zapato, ya somos más señores. Seño­res de nosotros mismos. Nosotros mismos convencemos a los pies de su parentesco con la cabeza. No es tan "opuesta" la cabeza. Su orgullo no debe perderse en la altura. Hasta es preciso estimularla, adoc­trinarla un tanto con el ejemplo:

—Mirad, pensamientos, nada es irreme­diable. Aprended, pensamientos; miraos en el espejo de los zapatos.

Porque a las ideas, tan altas, también les salpica el barro. Y no sé qué opacidad mate apaga en tristezas el pensamiento. Luego, los pensamientos están formando maraña en el cerebro. Todos estamos he­chos un lío. Siempre, pero sobre todo aho­ra. Ahora que hay tanta materia prima para la función de pensar. Y tan poco be­tún para abrillantar de buena lógica —¿se acuerdan ustedes de la lógica?— los con­ceptos. Una hora apresurada. Nadie da charol a sus juicios. Son muchas las opi­niones que uno tiene que calzar. No da tiempo. Camina uno por ahí con las con­vicciones destalonadas...

—El señor está servido.

—Muchas gracias.

El "limpia" se lleva unas monedas. Y su libertad. Va diciendo una canción. Retira­do el taburete, el caballero —de pronto sólo en la ciudad tras su breve charla con el hombre de la chaquetilla azul— queda un instante indeciso. A su lado, una linda mu­chacha pasa taconeando firme. Luego, un joven viene mostrando su rostro audaz como una bandera. Después desfilan dos sonrisas unidas. Detrás, un señor trae en­jaezada en su rostro una arrogancia. ¿De verdad que todo el mundo está hecho un lío? El caballero desciende la vista a su calzado exultante de irónico, renovado fulgor.

Y vuelve el caminar. ¡Otra vez a la an­dadura, oh "frívolos viajeros"!