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DESDE LA BARRERA

Juan Pasquau Guerrero

en Revista Vbeda. Año 7, Núm. 83, noviembre de 1956

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Sobre la Poesía existe mucha confusión. Los hombres, no se han puesto todavía de acuerdo sobre lo que es Poesía. Tampoco, naturalmente, sobre otras muchas cosas...

Habamos por unos instantes, «poesía comparada», aunque no nos guste el método. Eliminemos las poesías de versos —cortos o largos— que solo tienen versos, cuyo único mérito es el de expresar vulgaridades rimadas o vulgaridades ripiadas. Convengamos en que esos versos son los más difíciles para el auténtico poeta. Lo más difíciles ya que nada es tan extraño, tan ajeno, al poeta, como la vulgaridad. Porque claro está que en el ancho mundo existen vulgaridades a porrillo pero el poeta no las ve, no sabe verlas. O, cuando las ve, las transfigura. Si no es, que también puede ser, que las barra con la mirada... Eliminemos las poesías de versos que solo tienen versos.

Ahora lidian en nuestro parvo estudio comparativo, las distintas clases de poesía que además de versos, tienen otra cosa. En la composición poética, cualquiera que sea, es obvio que deben entrar como ingredientes el pensamiento y la belleza, o como se diría en un manual de preceptiva, el fondo y la forma. Pero, ¿en qué proporción?, ¿en qué dosis? He aquí la cuestión; he aquí el problema.

No lo dudemos; la poesía que solo tiene belleza pasará. No lo dudemos: pasará la poesía que solo tiene trascendencia. Ahora bien, una y otra tiene, tendrán, «su público» durante una época limitada, durante el tiempo que dura un «ismo». Y un «ismo» dura poco.

El mérito de la Poesía consiste en trenzar la gravidez de una idea —la idea siempre cae atraída por su centro— con la aérea luminosidad impalpable de una gracia flotante. Cuando la gracia, que es belleza, distrae a la idea, que es pensamiento; cuando se enreda en un rayo de sol la fibra de un querer o de un decir —aunque el decir tenga, de origen, la gravedad de un discurso—; cuando se encuentran en sus trayectorias las dos verdades, la del corazón y la de la mente, la Poesía surge clara y limpia, como un relámpago vivaz. O, mejor, como un chorro, como una fuente. Importa, entonces, que el poeta se apresure a recogerla. Importa menos, la clase de recipiente con que se apreste a cosecharla. Una airosa ánfora de corte clásico, o un adusto cuévano de factura modesta, ¿qué más da? Lo fundamental es la limpidez del agua. Lo fundamental es la pureza poética. Da igual el endecasílabo trabajado a cincel y sometido luego al torno del soneto —pongamos por caso—, que el despeinado encanto espontáneo del verso libre con la rima sincopada de emoción y el ritmo vigoroso latiendo por dentro.

Que el corazón y la mente vayan al encuentro, que se corten en un vértice inefable y sutil. Pero si nos empeñamos en que las dos verdades, la que siente y la que piensa, la que sueña y la que vive, se hallen... en el infinito, habremos destruido el ángulo prodigioso. ¿Por qué no acercar la fantasía al campo yermo de lo actual y de lo actuante? ¿Por qué no impedir que la tierra beba vino y que el aire se contagie de vaho telúrico, entrañable? ¿Por qué la «abstracción» —ese ángel soberbio— a ultranza? ¿Por qué el realismo, ese ángel alicorto?

Y es que la Belleza no puede subsistir por sí misma si no hay algo —algo tangible, vital y cierto— que la sirva de soporte. De lo contrario, la poesía será (y nunca desaprovechamos la ocasión de citar las palabras de Novalis) «éter pintado con éter en el éter». Pero cuán triste la vida de los hombres —hombres caídos— sin el consuelo poético. Porque la poesía es algo así como una embajada oficiosa de la alta Gracia; de la misma Gracia de Dios.

Recordemos la poesía de San Juan de la Cruz. ¿Quién se atreverá a pensar, al leer el Cántico, que su belleza es un tejido de rutilantes y ardorosas palabras yuxtapuestas? Alienta bajo el maravilloso ropaje de tornasol, la respiración vital, la respiración concreta de un alma a la que el Amor fatiga. Hay un latido escondido dentro de cada palabra; hay una idea encerrada dentro de cada imagen... ¡Cómo pesa la poesía de San Juan de la Cruz! Pero... ¡cómo vuela!

Pesar, volar... He aquí las notas de la verdadera poesía. Es tan difícil...

En cambio es muy fácil escribir, en prosa, de la poesía. Muy fácil y sin riesgo... (Perdón por este artículo escrito «desde la barrera»).