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El CUARTO DE ESTAR

Juan Pasquau Guerrero

en Revista «Así». Nº 1. 23 de junio de 1963. Primero conocer...

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El acto de conocer ofrece un do­ble aspecto; de un lado, implica un ir —llevar el espíritu— a las cosas; de otro, conocer es traer, acarrear verdades y cosas a nues­tra alma. Conocer, pues, es comer­ciar en el más noble sentido de la palabra, enriqueciendo lo que so­mos con lo que no somos y llevan­do a lo que no somos el aliento de lo que somos.

En consecuencia, conocer algo es darse cuenta - darnos cuenta de lo que nos falta. Conocer es el su­plemento del ser.

Por supuesto, lo que no somos es, siempre, más de lo que somos. Por eso, el conocimiento no se sa­cia nunca. Hay una fiebre de sa­ber más y más, de entender más y más, de más y más comprender. Sólo Dios que lo conoce todo —en Él el ser se identifica con el co­nocer—, carece propiamente de deseos. Pero nosotros, los hom­bres, ¿cómo podríamos establecer un equilibrio entre ser y conocer, entre tener y desear? Al menos acá abajo, en esta vida, nos está vedado. Nuestro dinamismo, nues­tra tensión humana radica preci­samente en eso: en una sed que no se sacia, que no puede saciarse. O mejor, en un sed que aumenta, paradógicamente, bebiendo. Decía Bacón: "Quien añade ciencia, aña­de dolor", dando a entender que la pequeña satisfacción de conocer algo aumenta el vacío de lo que aún no se conoce.

Pero, sin embargo, muchos pe­queños burgueses del saber, hallan una especie de comodidad en sus parvos y limitados conocimientos: se instalan plácidamente a base de las rentas que sus menguados o ru­tinarios conceptos les proporcio­nan. Es más; hay burgueses del sa­ber que se olvidan de la Sabiduría cuando se embriagan de su limita­da inteligencia. Y renuncian, o po­co menos, a informarse de Dios y de sí mismos, si comprueban que dominan la raquítica parcela de su es­pecialidad. El mismo Bacón excla­maba: "Una poca ciencia, aparta de Dios. Pero más ciencia vuelve a acercárnoslo...".

Estimo que la Historia vive aho­ra su época triunfalista de hu­manismo suficiente. Esa poca ciencia que aumenta todas las veloci­dades y nos pone a tiro a la Lu­na, basta para que no pocos espíritus febles se olviden de Dios. Ha­ce falta mucha más ciencia —no mucha más técnica, que técnica tenemos quizá ya bastante— para que volvamos al Señor. Es urgen­te ensanchar los espacios del espí­ritu; esos espacios que tenemos todos dentro, apenas explorados. Para que en el interior de nuestra vida hallemos la Verdad o vislum­bremos la Verdad.

Sí; resulta ya inexcusable enca­rarnos como San Agustín con el problema del conocimiento. Pero a escala grande y luminosa. Es pe­rentorio decir audazmente, valien­temente con él: "Yo deseo cono­cer a Dios y al alma. ¿Nada más? Nada más absolutamente". Y no porque lo demás no importe, sino porque lo demás se facilita y acla­ra con estos conocimientos previos.

Hay que decir, aunque sea a contrapelo de tanta corriente calentucha y turbia, que Dios no sur­ge inmanente de nuestros cortos alcances, sino que Dios es el "trascendente" y el "trascendental", como el mismo San Agustín enseña. He aquí la frase genial del Obispo de Hipona que todos debiéramos gra­bar en el cancel de nuestra inteli­gencia: "Si notas que tu naturale­za es mudable, levántate por enci­ma de ti mismo". Porque adherirse a sí mismo, querer bastarse a sí mis­mo, fue el pecado de los ángeles rebeldes. Adherirse a sí mismo es, en suma, renunciar al auténtico conocimiento. En última instancia, los humanistas —tan de moda— son los burgueses de la inteligen­cia que se encuentran demasiado cómodos en su cuarto de estar...