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EL SANTO DE NUESTRA DIÓCESIS

Juan Pasquau Guerrero

en Revista «Así». Nº 10. 3 de noviembre de 1968. Primero conocer...

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Hace cuatro siglos, un fraile español —Juan de la Cruz— quería que los frailes fuesen más frailes. Así, quizás, el resto de los hombres, iban a poder ser más cristianos. La reforma sanjuanista, precedida unos años por la reforma teresiana, pretendía inculcar en la Orden Carmelitana más vigor ascético, más reciedum­bre austera, más dinamismo místico, más amor. Que los frailes fuesen más frailes, es decir, mejores frailes, era una capital ambición de aquel tiempo. ¡Cuánto hemos variado desde entonces! ¿Interesa hoy, de ver­dad, al común de las gentes, la vida religiosa? Hasta la misma palabra "fraile" empieza a desaparecer y hay quien cree, con la mejor intención del mundo, pero in­curriendo en uno de los más grandes errores imagina­bles, hay quien cree, repetimos, que las virtudes puramente religiosas del fraile —renuncia, abnegación, humildad, oración— quedan "atrasadas" como han quedado definitivamente anacrónicos la gorguera, el gregüesco y la espada... Caminamos, según muchos, hacia un Cristianismo sintético, más o menos de tergal, que no exija el continuo lavado, el continuo planchado, la continua disciplina de la oración y de la penitencia. Y para ese Cristianismo, ¿acaso se necesitan frailes? Esto dicen los falsos innovistas.

He aquí una figura —San Juan de la Cruz— ante la cual toda frivolidad se desagua. Después de leer el "Cántico Espiritual", o la "Noche Oscura", no es posible incurrir en pedanterías de "cristianismo nuevo", ni en cursilerías irenistas. Después de encandecer el alma en la "Llama de amor viva", uno sabe que cualquier progresismo espiritual carece de otro camino distinto al camino de la Cruz, y que cualquier avance religioso, en la vida interior encuentra su expediente. "Un pen­samiento del hombre vale más que todo el mundo y, por tanto, sólo Dios es digno de él", escribía el refor­mador carmelita. ¿Es posible adaptar este pensamiento a la vida y a la "mentalidad" del siglo XX? Claro que lo es. Pero, ¿nos estará permitido descoyuntar oste pensamiento, desmedular este pensamiento, a fin de encajarlo, de adaptarlo a nuestro tiempo? De ninguna manera. A San Juan de la Cruz, se le toma o se le deja. Pero si se le toma hay que aceptarlo entero. En otro plano, más sublime, esto sucede con el Evangelio.

En esta cadena de conmemoraciones de la reforma sanjuanista, la diócesis de Jaén es un eslabón destaca­dísimo. El Santo Reino y la Orden Carmelita rinden jubilosas el homenaje a su santo. Ciudades cuya fiso­nomía urbana tiene cadencias místicas, dejos carme­litanos, se sienten orgullosas de ser el escabel de Juan de la Cruz. Desde una de ellas, Juan de la Cruz tras­cendió a la vida inmortal. Que el santo fraile "cola­bore" desde sus Maitines eternos en las celebraciones que la diócesis celebra. Que él les infunda fuerza, gra­cia, vigor cristiano, auténtica "espiritualidad".