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SILENCIO DE DIOS (Meditación Cuaresmal)

Juan Pasquau Guerrero

en Revista «Así». Nº 16. 16 de febrero de 1969. Primero conocer...

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Nuestro tiempo no tiene la virtud del silencio. Hoy, todo se dice, nada se calla: todo se publica. Contra la virtud del silencio, el vicio de la publicidad. Si hubiera que simbolizar a la época con un objeto, con un instrumento, no cabe duda que elegiríamos el micrófono. Es decir, en un tiempo en que la predicación sagrada no está de moda, hay cátedra abierta, hay pulpito no ya para todas las novedades ideológicas, científicas o literarias, sino para todas las marcas de vinos, de detergentes y de hojas de afeitar. Y la mercería —si atendemos una emisión de televisión o leemos el periódico— tiene mucho más predicamento que la Filosofía...

Esta es la causa de que produzca cierto "escándalo" entre las gentes el silencio de Dios. Porque resulta que es Dios el único que no grita en medio del griterío. En esta algarabía, en esta promiscuación de voces desgañitadas, en esta asamblea indisciplinada de ruidos, no suena, no se deja oír la música divina. ¿Por qué?

Algunos cristianos impacientes, más o menos ingenuos, quisieran que Dios, de pronto, empezara a hacernos señales claras, visibles, que evidenciaran su presencia. Pero ¿cuándo Dios ha dado en el mundo señales así? No las dio en Belén, no las dio en Nazaret, no las dio en el Calvario. Si sus señales hubieran sido alguna vez evidentes, nadie hubiera dudado de Él. Pero Él murió en la cruz, precisamente porque renunció a las señales visibles. Él nos redimió, huyendo, pre­cisamente, de toda publicidad. Murió y vivió sin "periodistas"... ¿Acaso se dio a conocer a los historiadores? ¿Qué cronista romano dedicó un capítulo entero a Cristo?

Supone una tremenda ignorancia el creer que Dios va un día a romper su silencio. Desconocen su esencia quienes pretenden un Dios siempre manifiesto, esgrimiendo acá y acullá el argumento del mila­gro, por ejemplo. Milagros hubo y hay. Milagros indiscutibles existieron y existen. Pero los milagros son excepciones del maravilloso silencio de Dios. Y de otra parte, los milagros rara vez sensacionalistas —como los querría el mundo—, sino que casi siempre son, por así decirlo, milagros disimulados... Lo exige así la índole de Dios. Dios que, por ser cierto, no es exhibitorio. Dios que, al ser verdad, no busca la "propaganda". Después de la Transfiguración, Jesús dijo a Pedro, a Santiago y a Juan: "Callad, no digáis nada de lo que habéis visto..." He aquí una postura, una actitud radicalmente opuesta a la que adoptan los líderes políticos, los artistas, los deportistas y los simples fabricantes de un nuevo pienso artificial.

Es que Dios es siempre y ante todo, otra cosa. Y sus Categorías no son nuestras categorías. Es inútil buscar al Señor entre el ruido vociferante, exhibitorio. Es completamente inútil. A Dios hay que ha­llarle en lo hondo del silencio y en lo más profundo del corazón. En lo hondo del silencio y en lo profundo del corazón es donde la voz del Señor suena. Porque —lo dice la Escritura— adoramos a un "Dios abscóndito", a un Dios escondido. Se le oye en la soledad. Y esto es lo que hay que predicar a voz en grito a los cristianos: Haceos un espacio de soledad, un espacio de silencio para que en él se manifieste el Señor.

¿Por qué impacientarse por el "silencio de Dios"? El silencio es el estilo, es la señal de Dios. Es su signo. Los mismos Sacramentos que nos dan la Gracia, ¿qué son sino milagros disimulados que a diario opera el silencio divino? Sólo se publicará patentemente Cristo en el último día, cuando vuelva "rodeado de pompa y majestad a juzgar a los vivos y a los muertos". Antes, no.