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SEMÁFOROS

Juan Pasquau Guerrero

en Revista «Así». 1 de febrero de 1970. Primero conocer...

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Siempre existen peligros, pero los accidentes son mayores cuando los peligros se silencian. Naturalmente, las señalizaciones en la carretera —prohibiciones, advertencias y órdenes— contribuyen a evitar muchas desgracias. ¿Por qué, entonces, en lo que a la moral se refiere —a la mo­ral cristiana aludimos concretamente ahora— las señalizaciones son cada vez más escasas? Es curioso; pero existe una corriente de opinión que aboga por suprimir en moral todas las indicaciones, de carretera. Hay personas a quienes suena mal aquello de los Mandamientos y de la Ley. No les gustan ni los consejos, ni las prohibiciones. Hablan de amor y de paz —palabras demasiado genéricas— y ahí se quedan. Es como si en las carreteras se suprimieran las señales y las órdenes; es como si se abonera la policía de Tráfico y, luego, todo quedase confiado a la responsabilidad del automovilista... ¿No es el automovilista un hombre hecho y derecho? ¿No es un adulto? Entonces... ¿por qué andarse con esas niñerías de semáforos y multas? ¿Es que va el automovilista a aprender a conducir en los carteles? ¿Dónde queda su libertad?

Por absurdo que pareciese abolir la señalización en la carretera, más aberrante y más absurdo resultaría, a mi juicio, lo de confiar la moral al gusto del consumidor. Pero yo no exagero. Yo no digo que la gente de ahora sea peor que la de antes: esto sería injusto. Ahora bien, en nuestro tiempo van faltando normas de conducta cristiana: normas claras y ex­presas de actuación. Van faltando directrices. Van escaseando los se­máforos. De ahí una confusión lamentabilísima. Hay un "dejar ha­cer, dejar pasar" —ese defecto que tanto censuró la Iglesia al libera­lismo económico— que se hace patente en la educación a todos los niveles. Quizás hace treinta años había una minuciosidad demasiado reglada en moral. Hace treinta años se "señalizaban" poco más o menos los centímetros debajo de las rodillas de la falda de las muchachas. Y se puntualizaba la cantidad de pesetas que era necesario robar para que el robo fuese pecado mortal. Esto era demasiado, era quizás irrisorio. No sé. Pero de aquello a lo de nuestros años sesenta que ahora terminan, va un abismo. Ya des­aparecen todos los indicadores, todas las advertencias de peligro. Se in­auguran la moral autónoma y la moral de situación. ¿Qué ha sucedido para tal cambio, para tal desplazamiento en ciento ochenta grados de las agujas del reloj?

Este "dejar hacer, dejar pasar" tan en boga hoy, era denunciado, en cuanto a usos y costumbres se refiere, en un interesante artículo, por el profesor Botella Llusiá, hace no más de unas semanas. Por ejemplo, apun­taba el peligro de la aparición de un "tercer sexo" a la vista de esta carrera desenfrenada hacia la igualdad total de costumbres, aficiones y ocupaciones en el varón y en la mujer, como si sus naturalezas no fuesen radicalmente distintas. Desde supuestos estrictamente biológicos, el pro­fesor Botella, temía en su artículo que muy bien puede llegar el día en que la erotización creciente, convertida en objeto de sí misma, conduzca a una devaluación de la maternidad. Entonces "la mujer quedaría conver­tida en obrera del hormiguero de la colonia".

Por discutibles que sean estos temores, es bueno que alguien se ocupe de tales cosas. Pero de todas formas los moralistas cristianos no pueden quedar a la expectativa. Llega el momento en que deben de meditar en la necesidad de volver a poner sus indicadores en la carretera. O, ¿es que nos vamos a contentar definitivamente, sin más, con las otras señalizacio­nes, es decir, con las de Carlos Marx, con las de Segismundo Freud y con las de...?