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A LA MEMORIA DE MI MADRE

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Jaén. Febrero de 1948

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Yo creo que, en las personas y en las colectividades, existe un afán irrefrenable de “llegar”. Pero, llegar ¿a dónde?

Desgraciadamente cada vez existen menos cosas nuevas, y las viejas que todavía quedan, las que nadie destruirá, suelen ser bastante tristes. El mundo ha sido recorrido en todas las direcciones por el Oriente y por el Occidente, y al pensamiento -que en cierto modo pudiera representársele también por una esfera en la que caminando hacia adelante se llega fatalmente al punto de partida- le quedan pocos recovecos inéditos, escasas regiones inexploradas.

Llegar no es sino volver a partir. Los hombres se han engañado siempre en su deseo de devorar horizontes. La meta -para las civilizaciones y hasta para los individuos, en esta vida mortal- es una utopía. Todo está siempre tan lejos...
Pero hay una pedagogía del sufrimiento. En ciertas encrucijadas de la vida se planta el Dolor y nos dice:
-¿Adonde vas? ¿Adonde pretendes llegar tú?

Y, como uno queda perplejo, como uno no sabe qué responder, el Dolor habla. Dice el Dolor:

-Mira, no te afanes demasiado en caminar, no ansíes “llegar”. Ya ves que, al fin, todo para en nada. Lo importante para ti no es andar mucho. Lo que tú pretendes andar lo han andado ya tantos... Los hombres verdaderamente inteligentes --inteligentes en el pensamiento y en la actuación-- en lugar de andar, de recorrer, de caminar, lo que han hecho ha sido ahondar. Mejor que explorar, excavar. Todo lo bueno que puedes encontrar no está distante de ti, pero está muy hondo dentro de ti mismo. No se trata, cuando se pretende localizar la felicidad, de investigar su longitud o su latitud. Lo único necesario es conocer su profundidad.

Y es el Dolor mismo el que con el azadón del sufrimiento empieza a cavar, empieza a ahondar. ¡Qué oscuridad, Dios mío! Acostumbrados a trabajar en la superficie, nos cuesta tanto descender a las galerías subterráneas del pensamiento. De labradores que éramos, propicios en todo momento a disfrutar y cosechar la flor y el fruto de la tierra, nos convertimos súbitamente en mineros. Y la vida del minero es dura; la entraña de la tierra es hostil.

Y, sin embargo... “Más hondo; más hondo”, nos grita el Dolor.

Hasta que surge la vena oculta. Hasta que brota el manantial ignorado. Hasta que aflora la linfa milagrosa. Y el filón magnífico --violado su secreto-- ofrece su tesoro.
¡Ah, sí! El verdadero filósofo y el santo, y el poeta, y el artista, rara vez tiende puentes, rara vez busca caminos, rara vez intenta llegar a lo distante.

El santo, el filósofo, el artista no es un ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Es, sí, un ingeniero de Minas.

Dios se manifiesta al corazón. Dios se nos ofrece en lo más íntimo, en lo más profundo de nosotros mismos. Y todo lo bueno, todo lo bello -todo lo que procede de Dios- también. El agua y el oro vienen siempre de lo hondo. No están lejos, están nada más que eso: hondos. Y cuesta dejar la cosecha para buscar la mina.

Ante mi madre muerta, ante mi dulce y buena madre muerta, mi alma, presionada por el dolor, ha dado zumo de pensamientos. Cuando se nos muere la madre es como si un ti un tijeretazo cruel nos aislase del resto de la instalación social. Se nos va el fluido; se nos apaga la luz. Y, por unos momentos es necesario caminar a tientas. Pero, caminando a tientas, nos tropezamos con tantas cosas impensadas.

Ante el cadáver de mi madre, la terrible pregunta surge amenazadora: Caminar, ¿a dónde? Llegar, ¿a dónde?

¿No sería mejor prepararse? ¿No sería mejor detenerse? También esta vida que ella, la madre santa nos dio se acabará algún día; se acabará sin haber “llegado”. Y, no obstante, algo tendrá esta vida mortal que ella nos dio que no debe perderse, algo habrá oculto, en lo más hondo de nuestra existencia que no debe malograrse. Tendrá, pues, el Dolor que excavar hondos, tenebrosos pozos. Al fin, en lo más profundo ¿No surgirá el límpido manantial cristiano? Dios, siempre, en el fondo del corazón.

No se trata de ningún pesimismo. Al contrario.Lo que sucede es que los hombres, ante el dolor y la muerte, creen que la vida carece de sentido. Cuando son precisamente el dolor y la muerte quienes nos dan la plena conciencia de nuestra responsabilidad.

Nunca, como ante el cadáver de mi dulce y buena madre, he sentido una tan ferviente invitación a la vida. ¡Vivir, vivir! No para llegar; sino para “ahondar”.

“El reino de Dios está dentro de vosotros”, dice Nuestro Señor Jesucristo. Cavemos pues; ahondemos.

Úbeda y febrero, 1948