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Felixmarte de Yrcania: Una novela de caballerías del escritor ubetense Melchor Ortega

Aurelio Valladares Reguero

en Ibiut. Año II, nº 8. Septiembre de 1983, pp. 22-23

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— ¿Ahí está el señor Florismarte?— repuso el Cura—. Pues a fe que ha de parar presto en el corral, a pesar de su extraño nacimiento y sonadas aventuras; que no da lugar a otra cosa la dureza y sequedad de su estilo. Al corral con él, y con esotro, señora Ama.
(Cervantes, Quijote, I, 6)


Nos encontramos ante una novela de caballerías debida a la pluma del ubetense Melchor Ortega, perteneciente a la ilustre familia de los Ortega (1). Fue impresa en Valladolid en 1556 y se conoce en la actualidad un rarísimo ejemplar, propiedad en su día del gran bibliófilo Pascual de Gayangos, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid (R-10.884) (2).

En la dedicatoria, fechada también en Valladolid el 10 de marzo de 1554, aparece el nombre del autor, Melchor Ortega, vecino de la ciudad de Úbeda, quien la dirige a su paisano Juan Vázquez de Molina, consejero y secretario de Felipe II. No obstante, en el prólogo, siguiendo un procedimiento literario muy habitual en aquella época, afirma el autor haber encontrado la obra en 1539 en el monasterio de San Pablo de Sevilla, escrita en lengua toscana por Petrarca, que la había traducido de la versión latina de Plutarco, quien a su vez lo había hecho del original griego del historiador Filosio Ateniense. Esta complicación gratuita que nos depara el autor no deja de ser un perfecto anticipo de las enrevesadas aventuras que pululan a lo largo de 256 folios.

La novela está dividida en tres libros, distribuidos en 49, 63 y 41 capítulos, respectivamente. En ella se narran las complicadas hazañas del príncipe Flosarán de Misia y de su hijo Felixmarte de Yrcania. El libro primero se dedica preferentemente a las del padre, mientras que en los dos restantes pasa a ser Felixmarte el protagonista principal.

Resulta difícil, al igual que en otras novelas de caballerías, reseñar el argumento, ya que está plagado de intrincadas aventuras y con multitud de personajes.

Como observa Pascual de Gayangos, quizá diera motivo a Melchor Ortega para escribir su obra el anuncio que hace Feliciano de Silva en Don Florisel de que la emperatriz Archisidea había dado a luz un hijo llamado Félix Marte. Pero la verdad es que no existe relación alguna entre ambos héroes (3).

Nuestra novela comienza con el nacimiento de Flosarán, al que las profecías aventuran grandes proezas que se irán desgranando poco a poco con luchas contra enemigos de toda índole, desde el gigante Macadarte al gran Sarzarán, mezcladas con sus amores hacia la princesa Martedina de los que nacerá Felixmarte, en cuyo bautizo se dudará si ponerle el nombre de Florismarte para unir los de sus padres (I,10). De esto se deduce que no fue un despiste de Cervantes el utilizar este segundo nombre.

A las hazañas del padre seguirán las de Felixmarte con todos los tópicos del género: batallas encarnizadas en tierra y mar, defensa de doncellas, liberación de encarcelados, encantamientos, defensa de pasos, pruebas, retos, pérdidas y hallazgos, nombres encubiertos y posteriores identificaciones, luchas contra gigantes y centauros, largos viajes desde Alemania a Constantinopla, siempre en busca de alguien perdido y en defensa de la cristiandad. Y todo ello en función de los dos móviles fundamentales de los caballeros andantes: el amor a su dama y su heroísmo individual.

La novela no queda cerrada, sino que se nos deja en Constantinopla con un nutrido grupo formado por emperadores, reyes, caballeros y acompañamiento femenino, aprestándose para embarcar hacia la ínsula Riscona. Para la historia de los sucesos que van a protagonizar se anuncia al final une cuarta parte "que se queda imprimiendo", de la que no se tiene noticia de que viera la luz.

La obra de este ubetense se ajusta a los moldes fijados ya por el Amadís de Gaula, que muestran la evolución desde la rudeza del ideal caballeresco medieval el más estilizado del caballero renacentista, matizado con la savia del "amor cortés".

El hecho de haber sido escogido el Felixmarte en el escrutinio de Cervantes debe llevarnos a pensar que participó en el gran éxito que las novelas de caballerías tuvieron fundamentalmente a lo largo de nuestro primer Siglo de Oro, como lo avalan el ingente número de obras impresas y el fervor despertado entre el público lector. Y si bien es cierto que hubo detractores, preferentemente entre los moralistas, no lo es menos que personas de la talla de Santa Teresa de Jesús o San Ignacio de Loyola confiesan sus gustos juveniles hacia estos libros y nadie se atrevería a negar su influencia en el espíritu aventurero de muchos de nuestros conquistadores en el nuevo continente de América. Bastaría repasar las páginas del propio Quijote para comprobar cómo la lectura de los libros de caballerías llegaba a todo tipo de personas.

Pero iba a producirse un cambio radical. El anatema que contra esta literatura lanzó Cervantes en su inmortal obra ha pesado como una fuerte losa a lo largo de los siglos y ha desviado la atención de la crítica hacia otras parcelas de nuestra historia literaria, bien es verdad que con honrosas excepciones. Los puyazos del gran novelista dirigidos fundamentalmente contra la falta de verosimilitud y sequedad de estilo de aquellas obras han sido decisivos. No obstante, es preciso afirmar que la crítica más reciente está volviendo la mirada hacia la literatura caballeresca y con los nuevos métodos interpretativos y bajo otros presupuestos se viene a hacer justicia con este capítulo de nuestra literatura.

Esperemos, pues, que el Felixmarte de Yrcania, lo mismo que tuvo la desgracia de la hoguera de Cervantes, despierte la atención de la crítica especializada y sea juzgado en los términos que se merezca dentro del contexto del género y de la época.

Aurelio Valladares Reguero
Doctor en Literatura Hispánica

(1) V. Enrique de Toral y Fernández de Peñaranda, Historia del linaje de Ortega,T.II. Úbeda, 1953, pp. 17-18.
(2) José Simón Díaz da noticia de una reimpresión de 1557 que contiene una ligera variante en el título y que se encuentra en el British Museum de Londres. (Bibliografía de la Literatura Hispánica, T. III-2.0, Madrid, C.S.I.C.,1965, p.491, n.° 7.176.
(3) Libros de caballerías, B.A.E., T. 40, Madrid, Atlas, 1963, pp. LIII-LIV.