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La provincia de Jaén en la novela picaresca (I)

Aurelio Valladares Reguero

en Ibiut. Año VI, nº 30. Junio de 1987, p. 24

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La presencia de la provincia de Jaén en la novela picaresca española del siglo de Oro no debe ser considerada, en modo alguno, como un dato sorprendente, sino como el resultado lógico de unas circunstancias geográfico-históricas concretas. Habría que recordar, aun a sabiendas de que incidimos en el tópico, su peculiar situación, que ha hecho de ella ser durante siglos lugar de paso (aunque no el único entre la Meseta y el resto de Andalucía). Y si a esto agregamos las especiales características de la novela picaresca, cuyos protagonistas tienen como base de su vida el deambular de un sitio a otro buscando mejorar su estado, comprenderemos inmediatamente la coincidencia apuntada.

Pero nuestra provincia no sólo fue escenario de aventuras picarescas, sino también patria de algún representante de esta particular forma de vivir, exponente revelador de la decadencia española. Jaén, al igual que el resto de España, sufrió en sus carnes un progresivo deterioro económico que constituyó el caldo de cultivo para la proliferación de maleantes, truhanes, bandoleros, pícaros y demás gente de esta ralea.

En este trabajo vamos a efectuar un breve recorrido por algunas de las más conocidas obras del género picaresco –parcela genuina de nuestra literatura áurea–, para observar los dos aspectos antes señalados.

1. La provincia de Jaén: escenario de andanzas picarescas

La primera etapa de esta ruta literaria va a depararnos la presencia del bandolerismo, fenómeno que asoló durante mucho tiempo gran parte de la geografía jiennense.

Es verdad que los pícaros causaban destrozos allí por donde pasaban. Pero no es menos cierto que ellos también sufrían las consecuencias de las acciones de otros individuos que les hacían la competencia, como es el caso de los bandoleros de Sierra Morena, auténtica pesadilla para los viajeros que se veían obligados a cruzar esta zona. Las estribaciones montañosas que separan a Andalucía de la Meseta estaban por esta época infestadas de forajidos y maleantes, cuya imagen pendía como espada de Damocles en el ánimo de los transeúntes. Y en este sentido, pues, a nadie puede extrañar que en el proyecto ilustrado de la colonización de Sierra Morena, llevada a cabo por el superintendente Olavide en la segunda mitad del siglo XVIII, figúrase entre sus objetivos paliar, en la medida de lo posible, el mencionado peligro. Dos novelas picarescas nos van a mostrar en toda su crudeza la acción de los bandoleros de Sierra Morena.

Una de ellas es La niña de los embustes, Teresa de Manzanares (1632) de Alonso de Castillo Solórzano. La protagonista nos cuenta en el capítulo VIII cómo en un viaje de Madrid a Córdoba es asaltada, junto a otros acompañantes, por ocho bandoleros, que despojan a los viajeros de sus pertenencias y de los que ella se librará, aprovechando un aireado altercado entre los asaltantes, que se la disputan, para huir y refugiarse en una ermita cercana.

Algo similar encontramos en la Vida de don Gregorio Guadaña, que forma parte de El siglo pitagórico (1647) de Antonio Enríquez Gómez. En este caso el protagonista viaja de Sevilla a Madrid y pernocta en una venta de Sierra Morena (cap. VI). Después de narrarnos la cena, con algún que otro incidente, dentro del más puro estilo picaresco –en el que se aprecia claramente la huella de Quevedo–, y cuando se han ido ya a dormir los viajeros, son sorprendidos por treinta bandoleros, que los despojan de sus ropas y objetos y los atan a unos árboles, circunstancia agravada además por una tormenta. Afortunadamente, al amanecer, acierta a pasar por allí un zagal, que les libra de sus ataduras, con lo que pueden proseguir el camino hacia la Torre de Juan Abad (Ciudad Real).

De los detalles de este segundo relato parece deducirse que el lugar de los hechos estaba relativamente cercano a la citada población manchega, pero no demasiado, ya que en este caso, no se hubiera arriesgado a pasar allí la noche. Lo más lógico es pensar que la venta se encontraba en las estribaciones jiennenses de la Sierra y que el camino seguido por los viajeros era el que recorría las poblaciones de Linares, Arquillos, Navas de San Juan, Santisteban del Puerto, Castellar de Santisteban y Chiclana. Es justamente el itinerario (esta vez en sentido inverso) de Santa Teresa de Jesús cuando vino a fundar el convento de Beas de Segura, antes de desviarse hacia esta localidad, y que luego retomaría en su viaje hacia Sevilla.
(Continuará)

Aurelio Valladares Reguero