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La provincia de Jaén en la novela picaresca (y III)

Aurelio Valladares Reguero

en Ibiut. Año VI, nº 32. Octubre de 1987, pp. 22-23

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UN PÍCARO DE TORREPEROGIL: PERIPECIAS EN ÚBEDA.

Nos fijamos ahora en otra novela, que, aunque en opinión de la crítica especializada se aparta de algunos de los rasgos más característicos, sin embargo, esto no impide que sea considerada como una de las más importantes del género. Nos referimos concretamente a la Vida del escudero Marcos de Obregón (1618) de Vicente Espinel.

La obra está dividida en tres partes, llamadas "relaciones"", que a su vez se subdividen en varios capítulos, llamados "descansos". En la primera "relación" el viejo escudero, estando de ensalmador en el asilo madrileño de Santa Catalina de los Donados, evoca un pasado reciente: su estancia con un médico, el doctor Sagredo. Por traslado de residencia de su amo, se queda solo y, tras una serie de aventuras, encuentra a un ermitaño, a quien cuenta toda su vida, pero ya desde el principio, relato que continúa en las "relaciones" segunda y tercera.

En el "descanso" XV de la "relación" 3ª. vemos al protagonista en camino de Castilla a Andalucía, acompañado del oidor Hernando de Villaseñor, a quien se ha encontrado en el "descanso" anterior.

Este resulta ser paisano suyo, ya que dice ser de Cañete la Real, mientras que el escudero es de Ronda. Atraviesan Sierra Morena y, después de encontrarse a un sacerdote (comienzo del "descanso" XV), se topan con un muchacho. Le hacen diversas preguntas, pero éste responde con evasivas llenas de gran ingenio, lo que demuestra que es ya una persona curtida por los reveses de la vida. Llegan a una venta para pernoctar y aquí, tras nuevas preguntas, el muchacho se decide por fin a contar su vida. Confiesa ser de la Torre Pero Gil, donde comenzó sus travesuras, para luego irse a Úbeda y de allí a Córdoba. Después de referirles sus peripecias, se van todos a dormir. A la mañana siguiente (comienzo del "descanso" XVI) el protagonista de la novela y su acompañante prosiguen el camino hacia Córdoba, después de que el oidor da unos dineros al pícaro y hace algunas consideraciones morales sobre la vida de este tipo de jóvenes como el que acaban de conocer.

Creemos que mejor que nuestras palabras y comentarios es ceder el turno al novelista, de cuya obra seleccionamos dos fragmentos relativos al caso que nos ocupa.

Topamos un muchacho medio rapado, que por andar no tanto como las cabalgaduras, en alcanzándole preguntóle el oidor: "¿Adónde vas, mozo?" El respondió: A la vejez". Oidor: "No digo sino ¿qué camino llevas?" Muchacho: "El camino me lleva a mi que yo no a él". Oidor: "¿De qué tierra eres?" Muchacho: "De Santa María de todo el mundo". Oidor: "No te digo sino ¿en qué tierra naciste?" Muchacho: "Yo no nací en ninguna tierra, sino en un pajar". Oidor: "Bien juegas del vocablo". Muchacho: "Pues siempre pierdo, por bien que juego".

* * *

Dijéronse muy graciosas cosas el muchacho y el mozo de mulas, con que se pasó un buen rato. El oidor preguntó al muchacho: "Di, por tu vida, ¿de dónde eres?" "Yo, señor -respondió-, soy andaluz de junto a Úbeda, de un pueblo que se llama la Torre Pero Gil, inclinado a travesuras; y como por ser pequeño el pueblo no podía ejecutarlas, hurté a mi padre cuatro reales, y fuime a Úbeda, donde mirando las casas de Cobos estaban jugando turrón, y con la codicia de comerlo, púseme a jugar los cuatro reales, y habiéndolos perdido sin probar el turrón, arriméme a un poste de aquellos soportales, que están allí cerca, y estúveme hasta que ya era de noche desconsoladísimo; llegó un viejo; preguntóme: "¿Qué haces aquí, gentilhombre?". Respondí: "Tengo este poste para que no se caiga; ¿por qué lo pregunta? "Porque si no tenéis -dijo- dónde dormir, allí hay un banco de un tundidor y os podéis acostar en aquella borra". "Y esa borra -dije yo- ¿podrá borrar mis borrones y desdichas?" "¿Pues tan temprano os quejáis dellas?" -dijo el buen hombre-. "¿No quiere que me queje -respondí yo- si desde que salí de casa de mi padre todo ha sido infelicidades?" "¿De dónde sois?" -preguntó-. "De muchas leguas de aquí" -respondí yo-. "Mirad, hijo -dijo-; para los hombres se hicieron los trabajos, y quien no tiene ánimo para resistillos en ellos perece; que comenzando tan temprano a sentillos se os hará más fáciles cuando seáis hombre: los que se andan hobachones, no tienen experiencia de cosas y así nunca estiman el bien: que el trabajo habilita a un hombre y le hace capaz para todas las cosas: yo salí de casa de mis padres de vuestra edad y por mi virtud he llegado a tener un oficio muy honrado de almotacén desta ciudad". "Bien adelante ha pasado -dije yo-; no se deshaga dél; pero quien no tiene blanca, ¿cómo podrá pasar tan adelante?" "Si sois de tantas leguas —dijo— como decís, no es maravilla haber gastado y pasado trabajos. ¿Dónde es vuestra tierra?" "En la Torre Pero Gil" —repondí yo—. Rióse y dijele: "!Parécele que para contar trabajos es poco tiempo? Así como salí que fue de noche, me colé en una viña donde metí tanta uva llena de rocío, que si no buscara por dónde salir reventara y no pudiera llegar a Úbeda, y ya que llegué con este trabajo, me sucedió jugar cuatro reales que traía y quedarme sin dineros y con hambre y mucha sed, sin posada y cama". "Pues id —dijo— allí y la hallaréis".

"Fui, y acomodando la borra, tendíme sobre ella; parece que descansé un poco, y a media noche fue tan grande la mudanza de la serenidad en borrasca y viento, que pensé no llegar a la mañana, porque el aire furioso entraba en el banco haciendo polvo de la borra para los ojos y charco de agua para todo el cuerpo; y, sobre todo, los cochinos que andaban paseándose y buscando la vida por aquellas calles, acudieron a los bancos de los tundidores a repararse de la tempestad, y pensando que estaba solo el mío, entraron gruñendo una docena dellos, hocicando en la borra que aínas me borraron toda la cara; pero sufrílos y halaguélos por el abrigo que me causaban y, aunque con ofensa de las dos ventanas, llegué a la mañana no muy limpio ni oloroso, pero con algunos palos, porque el mozo del tundidor antes de amanecer llegó a echar los cochinos con una varilla de fresno de tres dedos de gordo, y pensando que daba en ellos pegaba también en mis espaldas, con que se me quitó el sueño y la pereza.

"Pasé mi trabajo, aunque él no se me pasó, porque siempre iba de mal en peor, que adondequiera que iba, o me buscaba el mal o yo lo buscaba a él; que los muchachos mal inclinados, en tanto son buenos, en cuanto la fuerza les hace que no sean malos. Fuime de Úbeda a Córdoba, donde topé un fraile mozo que iba a estudiar a Alcalá, y diciéndome si querría acompañadle, le dije que de muy buena gana, porque comía y bebía muy bien de la limosna que por los pueblos y ventas le daban".

(La novela picaresca española; edic. de Ángel Valbuena Prat; T.I; Madrid, Aguilar, 1974, pp. 1330 y 1331-1332).


Aurelio Valladares Reguero