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Úbeda en el recuerdo de Medardo Fraile

Aurelio Valladares Reguero

en Ibiut. Año VIII, nº 39. Diciembre de 1988, pp. 18-19

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1. Noticia de un encuentro

Hace unos meses llegaba a mis manos Autobiografía (1) de Medardo Fraile, primera incursión en la novela de uno de los más reconocidos especialistas en la narrativa breve española de los últimos tiempos.

En esta ocasión el autor parece haber querido dilatar el espacio y tiempo narrativos de sus cuentos para evocar el pasado de su niñez, desarrollada en el Madrid de finales de la década de los 20, por el que desfilan personajes y ambientes que rodearon esta etapa crucial de su vida.

Ahora bien, aunque Madrid constituye el eje espacial del relato, aparecen a lo largo de la obra continuas referencias a otros lugares, vistos desde la óptica de los personajes con los que ha pretendido trazar su cuadro rememorativo. Y es en este punto donde nos asaltaba la primera sorpresa, ya que entre las ciudades y pueblos mencionados, todos ellos identificables, nos encontramos con uno, "Bedua", que difiere en esto de los demás.

Tenía yo algún conocimiento vago de una posible relación de Medardo Fraile con la ciudad de Úbeda, lo que inmediatamente me llevó a la sospecha de que la tal "Bedua" no era sino un anagrama que, con un ligero cambio en el orden de las letras, daba el nombre de nuestra ciudad.

Ante esta situación se me ocurrió dirigirme personalmente al autor, con el objeto de confirmar lo que parecía algo más que una simple suposición. La propia editorial me facilitó su dirección de Glasgow, en cuya Universidad es actualmente profesor, y allí le envié una carta, a la que rápidamente, en un gesto de amabilidad, contestó.

Dado que ambas cartas constituyen el punto de partida de las consideraciones que se siguen en este artículo, me voy a permitir reproducirlas.

Úbeda, 21 de mayo de 1987
Estimado Sr. Fraile:

Acabo de leer su novela Autobiografía y me han llamado la atención algunos aspectos sobre los que quisiera preguntarle.

Como explicación de mis motivos, le diré que desde hace cinco años soy catedrático de Lengua y Literatura Española en el Instituto de Bachillerato "San Juan de la Cruz" de Úbeda y que he dedicado una parte importante de este tiempo al estudio de la literatura relacionada con esta ciudad jiennense.

Soy consciente de lo ingrato que puede resultar a un creador de ficciones literarias el someterse a este tipo de indagaciones que muchas veces practicamos con las obras de los que nos dedicamos a la crítica literaria. No obstante, confío en que, dada su condición de profesor, entienda mis preocupaciones. Por ello, me dirigí a la editorial de la obra mencionada y gentilmente me han facilitado su dirección, lo que me permite enviarle la presente carta.

Y ya, sin más dilación, le presento mis preguntas. La "Bedua" que repetidas veces se menciona en la novela, ¿es un anagrama de Úbeda? ¿Ha vivido Vd. en Úbeda? ¿Le une algún lazo familiar a esta ciudad? ¿Por qué en este caso (a diferencia de otros) ha preferido no utilizar el nombre exacto de la población? Conozco algunas de sus narraciones cortas, tan elogiadas por la crítica, pero ignoro si en alguna otra está presente también Úbeda. ¿Puede aportarme algo sobre este particular?

Si tuviera a bien contestarme a estas preguntas o agregar otros detalles sobre su relación con la ciudad de Úbeda, se lo agradecería enormemente. En cualquier caso, disculpe mi atrevimiento.

Reiterándole mi gratitud por la atención que pueda dispensarme, le saluda atentamente

Aurelio Valladares Reguero


Esta vez el correo, a pesar de la distancia, debió de funcionar con una celeridad encomiable, ya que muy pocos días después me llegaba la carta de contestación.

Glasgow, 30 de mayo de 1987
Estimado amigo:

Sí, Bedua es Úbeda.

Mi madre, Manuela Ruiz Cobo, era de Úbeda y fue doncella, desde casi una niña hasta que se casó, de doña Dolores Vázquez Briz, muy querida en Úbeda y conocida por todos como doña Lola o tía Lola. Su casa era una grande que formaba esquina entre la calle de Minas y la calle de la Victoria (Minas, 3, creo que era) (2). Esta casa está medio en ruinas por dentro, aunque en parte habitable, pero las fachadas, descuidadas, sucias, siguen allí. Ahora pertenece a los hijos del antiguo administrador, Antonio Martos, fallecido, y de su mujer, Pura López.

Yo nací en Madrid y, al morir mi madre (tenía yo cinco años), doña Lola me llevó a su casa de Úbeda muchas temporadas y me quiso, en realidad (mucho), como a un hijo o un nieto. Ella murió en mi casa, en Madrid (Españoleto, 9), poco después de terminar la Guerra. Fue una mujer humanísima, llena de ternura y sabiduría, que contaba cosas con gracia y era, además, elegante, de gran clase y extraordinaria ama de casa (de ella aprendieron algunas "chiquillas" ubetenses). Mi amistad, casi "de familia", sigue con sus sobrinos-nietos (que ahora están en París, Madrid y Sevilla).

Preferí Bedua a Úbeda porque no quería que resultara el libro demasiado localizable y porque, además, Úbeda nunca hubiera sido Úbeda, como Vetusta no es, en realidad, Oviedo, etc.

Hay por lo menos un recuerdo de Úbeda en El caramelo de limón, de mi segundo libro, A la luz cambian las cosas (1959). Dos párrafos que dicen así:

"Una mañana larga en aquel pueblo y las comidas abrasando el aire que, aromado de guisos, calienta la tierra y las losas y los granos de trigo de las grietas. Jabón. Misa. Carteles. Perfume de mujeres en la acera, humo de hombres en la esquina, que echan un vaho de tristeza a los niños. Pantalón corto con la raya tiesa como un lápiz, muy tirante de atrás, y el zapato de fiesta mordiendo el talón como un perrillo chico. Raya. Pelo mojado que soltaba su gota por el Realejo de San Juan". (pp. 149-150).

"Recuerdo, en aquel tiempo, los días de toros. Quizá hubiese toros aquel día y fueran ellos la causa de la visita. Íbamos a casa de mi abuela, en el camino de la plaza, a ver pasar la gente. La calle, una hora antes de la corrida, olía a sangre, a cigarro puro, a sudor y a estiércol de caballo. Me gustaba irme a la galería que daba al patio, donde planchaban las mujeres siempre, porque, estando allí, las voces de mi madre llamándome tardaban en llegar. ¿No era mi madre para mí demasiado mayor? Se oía gritar a mi padre abajo, más tarde, describiendo a Armillita como rehiletero, repasando el volapié de Cayetano o los últimos oros de Juan Belmonte. Y la tarde iba cayendo, y se iba la última golondrina y venía el primer murciélago, y los alambres del patio, despacio, muy despacio, se iban quedando fríos..." (pp. 151-152).

Le envío como prueba de afecto, un libro casi imposible de encontrar, que fue Premio de la Crítica en 1965: Cuentos de Verdad.

Quizá charlemos algún día.

Muy cordiales saludos,

Medardo Fraile

(Continuará)

Aurelio Valladares Reguero
(1) Madrid, Prensa y Ediciones Iberoamericanas, 1986. Es el n.° 3 de la colección "Los libros de doña Berta". Para los lectores ubetenses haré observar que es la misma colección en la que poco después, con el N.° 8, aparecería la selección de artículos periodísticos del tantas veces recordado Juan Pasquau, bajo el titulo de A la busca del hombre perdido.
(2)Parece tratarse de la casa que actualmente figura con el n.° 5.