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La epidemia de la peste de 1681 en Úbeda (I)

Luis Juan Gómez

en Gavellar. Año V, nº 60-61. 1978, pp. 15-16

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En líneas generales el siglo XVII está considerado como un siglo de crisis profunda a todos dos niveles, con !hondas repercusiones en toda la Península Ibérica, si bien sus características y posteriores consecuencias no fueron semejantes en todas las regiones.

Podemos afirmar que fue un período de estancamiento económico, cuando no de regresión. Las causas habría que buscarlas en la incidencia conjunta de los tres principales males de ese tiempo: la guerra, el hambre y la peste. La guerra fue una constante de los últimos reyes de la Casa de Austria, motivada por las exigencias de la política exterior e interior, en las que se jugaban, por una parte, el mantenimiento de la integridad de un Imperio de enormes dimensiones, y, por otra, la aplicación de una política centralista a todas las regiones periféricas con la esperada reacción contraria de quienes hasta esa fecha habían gozado de una serie de ventajas principalmente en el plano fiscal. Así, da porción de presupuestos que el Estado tenía que invertir en el mantenimiento de sus ejércitos superaba con creces sus propias posibilidades y tenla que recurrir frecuentemente al crédito con altos intereses de banqueros extranjeros.

Este primer factor (la guerra) guarda una lógica relación con el segundo (el hambre), por cuanto suponía un continuo desarraigo de personas jóvenes, las más aptas para el trabajo agrícola, que coincidía con unas condiciones meteorológicas adversas —por sequías, inundaciones o plagas de langosta se perdieron las cosechas en Andalucía en más de treinta años del siglo XVII— provocando una disminución notable de la productividad.

El último factor (la peste) vino a colmar das desgracias de una población depauperada y enormemente cargada por contribuciones fiscales. La epidemia atacó a la población española en tres oleadas distintas: la primera de ellas penetró por las provincias vascas, la segunda por el Levante y la tercera —la que afectó a nuestra Ciudad— por Andalucía, con un gran costo en vidas humanas.

Observando la tendencia irregular de la curva de mortalidad a lo largo del siglo XVII puede apreciarse una acentuación de ésta en la década de dos 40 y principalmente en la de los 80. El año de 1681 supone un salto brusco en el índice de mortalidad en relación con los años precedentes. Así pues, tomando por ejemplo el registro de defunciones de la iglesia de San Millán, vemos que en los dos años que preceden al indicado hay 21 y 14 defunciones respectivamente, y que en los dos posteriores hay 18 y 19. En cambio, en 1681 —año de la epidemia— se registran las muertes de 66 personas. Más llamativo es aún el alto de 1684, en el que encontramos 85 defunciones, pero la inexistencia en el Archivo Municipal de dos libros referentes a las reuniones del Cabildo de ese año nos mantiene en la duda, aunque no sería muy arriesgado aventurar que se tratara de una segunda acometida de la epidemia, dada su especial forma de desplazarse por la región andaluza.

Por la documentación de la época se desprende la constante obsesión de das autoridades y los vecinos de Úbeda de evitar que tan terrible mal penetrara en la ciudad. Hay constancia de ello ya en 1602 en una carta de don Alonso Gómez de la Torre, en la que dice: «.. por la divina misericordia de Dios Nuestro Señor esta ciudad está sana de mal de peste y de otro mal contaxioso y está cercada y se guarda de las partes y lugares donde se entiende la ay...». Efectivamente, se estableció un servicio de vigilancia permanente de las puertas de la ciudad paralelamente a la existencia de una Junta de la Salud del Ayuntamiento.

¿Quiénes eran los guardianes de las puertas? En momentos difíciles parece ser que actuó toda la población por las relaciones detalladas de vecinos, tanto seglares como eclesiásticos que, organizados por calles, debían de acudir a prestar el servicio, pero fue una tarea específicamente de la nobleza.

Lo rutinario de la misión y las incomodidades que comportaba a los que la cumplían durante muchos años, motivó una serie de reivindicaciones. En 1637 los guardas de las puertas escribían al alcalde y tras indicarle que han asistido de día y de noche en las puertas, manteniéndolas abiertas, solicitan «...que no se puedan desaminar papeles ni dejar entrar a forasteros sino fuere de día...». También don Diego de Fonseca y don Juan Clemente de Ohirinos Narváez, caballeros veinticuatros (1) de la ciudad piden que se fije un horario para abrir y cerrar las puertas. Por fin se consigue de las autoridades que desde las siete de la tarde y hasta el alba las puertas permanecieran cerradas, impidiéndose el acceso a cualquiera que durante la noche llegara a Úbeda.

En 1648 se desata la epidemia en Valencia, Orihuela y Elche. Al año siguiente, en una carta, el Ayuntamiento de Andújar informa al de Úbeda que se ha declarado la peste en Córdoba y Bujalance. El mal prende en toda Andalucía y en menos de un año ya lo sufren Écija, Almodóvar del Río, Priego, Cazalla, Ornachos, Puebla de los Infantes... Córdoba, por su densidad de población, era un foco infeccioso de gran magnitud y así, en poco tiempo se hallan contagiadas numerosísimas villas y ciudades de la campiña.

Las medidas preventivas que adoptaban las poblaciones próximas a lugares contagiados se regían por instrucciones emanadas de la Corona y generalmente respaldadas por disposiciones de las autoridades locales, pero siempre consistían en una drástica suspensión del comercio y del tráfico de personas. La psicosis que creaba una alarma de este tipo llevaba a extremar al máximo las medidas de seguridad. En este sentido se produjeron en Úbeda algunos casos interesantes. Destaca lo ocurrido a don Luis de Baena, caballero veinticuatro, que a su regreso de Castro del Río en compañía de su criado, Luis de Medina, se encontró con la prohibición de entrar en Úbeda. En un oficio del 4 de julio de 1649 los miembros de la Junta de la Salud decían «...que se le quemara toda la ropa que ubieran traido y se les haga notorio a los caballeros que asisten en las puertes no les permitan entrar al dicho Luis de Baena ni que ninguna persona salga a hablar con ellos...». Se les ordenó que «...guarden quarentena en el sitio y ermita de Santa Quiteria... y se les apercibe con multa de 50.000 maravedises en caso de quebrantar la cuarentena o desplazarse del lugar que les había sido indicado.»

Es de suponer que los interesados movieron todos dos resortes que les fue posible para poner fin a tan incómoda situación. Esto explica la carta de Andrés Martín Galeote, de Castro del Río, al Cabildo de Úbeda, en la que, tras indicar que la citada villa está libre de contagio, dice refiriéndose a don Luis de Baena «...a quien doy fe que conozco, que es de buen cuerpo, poca barba, de 22 años, a el qual e visto en esta dicha villa de Baena y ciudad de Úbeda...». A continuación hace detallada relación de los objetos que llevaba consigo.

Aún hay más información sobre don Luis de Baena en una declaración jurada que hizo el vecino de Úbeda Lorenzo Ruiz, aclarando la sospecha de que se encontrara una mujer con él y su criado: «...que, estaban solos, sentados junto a una fuente y que no a sabido ni entendido que tenga en su compañia a muger ninguna».

También hay una autorización para que se trasladen de la ermita de Santa Quiteria a la Casa Monsalve «...para que con más comodidad se pueda curar la enfermedad que declaran los médicos que padece y se des notifique a los susodichos que si la dicha enfermedad... se pueda temer riesgo de contaxio lo hagan saber a la Junta para que se ponga el remedio conveniente, so pena de quinientos ducados para los gastos de la diputación».

La importancia del problema y los riesgos que comportaba hicieron que las autoridades pusieran especial celo en el cumplimiento estricto de lo dispuesto para prevenirse del contagio. Es sumamente elocuente un documento fechado el 5 de marzo de 1650 en el que se dice: «...el alcalde y los caballeros veintiquatros de la diputación de la Junta de la Salud desta ciudad dijeron tener noticia de que Andrés Rubio, vecino della, que vive en la calle de la Fuente las Risas, con poco temor de Dios y de su conciencia y con riesgo y peligro de la salud desta república y contrariando las órdenes de Su Magestad ha entrado en esta ciudad ocultamente una carga de ropa...». La carga de ropa la traía oculta en la cabalgadura y dijo venir de Vélez y Granada. Se le abrió proceso y se pidió para él un castigo ejemplar.

Luis JUAN GÓMEZ

(1) Recibían el nombre de «veinticuatros» Los regidores de las ciudades andaluzas aunque superaran el primitivo número 24.