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Úbeda en el recuerdo de Medardo Fraile (IV)

Aurelio Valladares Reguero

en Ibiut. Año VIII, nº 42. Junio de 1989, pp. 18-19

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— La evocación más larga de Bedua que encontramos en la novela tiene lugar con motivo de un paseo de Julián y Gabriela por el parque:

"Y aquella tarde de lujo, como son las tardes en los parques, Gabriela no hablaba de ricos,sino de pobres. De las calles marginales de Bedua que daban a las eras y olían dulce como la harina del algarrobo y tenían siempre entre las piedras briznitas de paja que brillaban más que el oro al sol. De las callejas donde había molinos, que olían todo el año a aceite o, más fuerte aún, a orujo. De los capachos de esparto, los lebrillos de la matanza y las aceitunas, las orzas de pan, el hombre que vendía alhucema para los braseros, el vino agrillo en el vasito chato que calienta al pobre, la albahaca de los patios, los gatos durmiendo al sol o maullando las noches de luna por los tejados, las salamanquesas, las lagartijas, los murciélagos al anochecer, el perrillo de ayuda atado al carro, las tardes de toros en la Feria, con abanicos, mantones de Manila, calesas, olor a puro y charanga, las pisadas cansinas de las caballerías ala puesta del sol, el agua fresquísima de las jarras, los cántaros y los botijos, los estorninos, totovías, golondrinas, vencejos...

ooOoo


Manuel había estado en Bedua cuando tenía año y medio, pero no recordaba lo que estaban contando, no recordaba nada, y quería volver a aquel pueblo de casas sin pisos o con uno solo, a trillar la míes, a ver el aceite en alcuza, en vez de lata o en botella, a beber agua fresca sin abrir un grifo, a merendar tortas de matalauva, a convivir con hormigas, lagartijas, arañas, salamandras, murciélagos, mosquitos, estorninos, vencejos, que no eran peligrosos, porque sólo aspiraban a que los dejaran en paz al sol o al fresco de la noche y hacer su nido y cazar su presa.

Y quería volver a Bedua por ver a la tía Faustina y a doña Leocadia.

— Y a la tía Aurora, y a la tía Pilar, y al tío Juan, y a la Abuela... Todos se alegrarán muchísimo de verte, pero, más que nadie, Faustina... Te quiere mucho ¡mucho! No sabes tú lo que te quiere... Y también la Abuela...

— ¿Y tú?

— ¿Yo...? Yo no me apartaré de tí... Esté donde esté... Lo decía con ahogo, con dificultad, y estuvo un rato en silencio. Y a su memoria vinieron en tropel las imágenes borrosas y los nombres de sus hermanos muertos, Paula, José, Antonia, Guadalupe; sobretodo se acordaba de Antonia, que llegó a cumplir quince años y decían que se parecía mucho a ella. Los demás habían muerto siendo muy niños, Guadalupe antes de tener un año, José y Paula antes de los cuatro... ¿Quién se acordaba de esos pobrecitos? Los que quedaban, buscándose el sustento de cada día, no tenían tiempo de mirar atrás; habían estado luchando de sol a sol, habían crecido en tierra calcinada y entre muertos, como el jaramago... La vida a ella le había sonreído: había pasado veranos en San Sebastián, trabajando; meses en Madrid, trabajando; días en Francia, trabajando; se había casado enamorada de Julián; tenía un hijo; había podido ayudar alguna vez a los suyos; doña Leocadia, ¡como si fuera su madre...!

– ¿Cuándo vamos a ir?

– El año que viene, cuando esté buena..." (pp. 209-210).

Esta evocación continúa más adelante:

"Servir era para ella (Gabriela) lo más alto del mundo y recordaba unas palabras que, siendo jovencilla, oyó decir a un curita viejo, ya muerto, el Padre Cantera, en el púlpito de San Isidoro, donde iba los domingos con doña Leocadia: No ha venido el hijo del Hombre para ser servido, sino para servir..., y la suficiencia con que, después de oírlas, pensaba en algunos ricos, por ejemplo en los señores de su hermana Aurora, que eran marqueses e incapaces de mover un dedo si no se lo movían, y no se parecían en nada a doña Leocadia, capaz ella también de servir con gusto, enseñando en la cocina, en la mesa; el orden de los armarios, cómodas y desvanes; la limpieza; los días y las horas de los distintos servicios; el sitio de cada llave; las salas en invierno y en verano y los mil detalles que establecían un ritmo diario en el quehacer de aquella vivienda inmensa que abarcaba desde la puerta principal hasta un corralillo lejos, muy lejos, más allá de las cuadras, los patios y las cocheras, donde había siempre polluelos picoteando grano..." (pp. 212-213).

– En Bedua, al igual que la madre, vive también Juan, hermano de Gabriela. En una visita a su hermana comenta:

– "¡Poca paciencia tengo para quedarme en un sitio mucho tiempo...! ¡Yo ando siempre de acá para allá...; En los cortijos, de los cortijos a Bedua, en Bedua de casa en casa... ¡Los recoveros llevamos esa vida...!" (p. 216).

– Cuando se ve próximo el final de Gabriela, llegan continuamente cartas desde Bedua:

"Y el cartero traía cartas de Bedua casi a diario con sobres apaisados de color barquillo y letra junta, alargada, enjuta, que tendía a debordarse del pliego y formaba a la derecha, arroyuelos y meandros de sangre azul" (p. 222).

Esta presencia contínua de Úbeda en las páginas de Autobiografía nos revela la honda impresión que dejaron en el alma de Medardo Fraile sus estancias en la ciudad. El cariño maternal de doña Dolores, cuando su madre faltaba ya de este mundo, ha podido ser también una de las claves de los sentimientos tan profundamente humanos que emanan de esta novela.

Quizá ahora se comprenda mejor el motivo que pudo llevar al autor a dar un nombre literario a Úbeda: "Bedua". Él mismo confiesa en la carta transcrita al principio: "Preferí Bedua a Úbeda porque no quería que resultara el libro demasiado localizable y porque, además, Úbeda nunca hubiera sido Úbeda, como Vetusta no es, en realidad, Oviedo, etc.". (Cfr. supra).

Efectivamente, nadie se atravería a dudar de que la obra maestra de Clarín perdería su valor simbólico (referido a la España de finales de la centuria decimonónica), si la redujéramos al marco estricto y concreto de la capital del Principado. Pero resulta extraordinariamente sorprendente que en la novela de Fraile sea únicamente Úbeda la localidad que haya merecido el honor de una denominación literaria.

Hace pocas fechas Úbeda era convertida en "Mágina" por un joven autor local, Antonio Muñoz Molina, en su elogiada y prometedora novela Beatus ille.

Agreguemos otro nombre literario más a la ciudad de los Cerros: "Bedua". Y esta vez por obra y gracia de una de las plumas más sinceras y valiosas de nuestra literatura de los últimos tiempos: Medardo Fraile. ¿Cuántos ubetenses son conocedores de este hecho? Por nuestra parte, quede en estas líneas, al menos, un testimonio de reconocimiento y gratitud.

Aurelio Valladares Reguero