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Vivir es viajar, o una sombra tras el cristal

Rafael Bellón Zurita

en Ibiut. Año X, nº 51. Diciembre de 1990, pp. 12-13

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A Medardo Fraile, en recuerdo de su visita a Úbeda

Sobre el mar de olivos la ciudad de Bétula parecía volar. Al caer la tarde, todavía en el autobús y campo arriba, mientras las primeras luces se encendían a lo lejos para mezclarse débiles, casi violetas, con el azul del cielo y la borrosa niebla del invierno, don Abel Campos tuvo por un momento la impresión de que las torres y cúpulas que por fin veía otra vez después de tantos años se movían, casi bailaban, levitando sobre las casas que estaban al pie de sus campanarios y encima de las murallas viejas y los adarves de la redonda de miradores que rodeaban la ciudad.

Bétula, la antigua fortaleza en sitio de las guerras fronterizas, a la que don Abel se acercaba despacio como viajero y en la que quería encontrar de nuevo los sitios y amigos de la infancia, que recordaba feliz en la memoria hasta que vinieron los duros tiempos de posguerra, la difícil época de escritor de cuentos y artículos de periódicos, ensayos y obras de teatro en la capital, y llegó la hora, quizás también la trampa, de marcharse a trabajar de profesor universitario a un país extranjero, de altos rubios y de idioma blanco, donde se casó y vive con su familia desde hace décadas, aunque todavía note a veces cierta nostalgia de la patria chica que ahora tenía delante y a la que estaba a punto de llegar con la extraña sensación que da la larga distancia y la prolongada ausencia.

Tras el cristal, silencioso, don Abel observa con atención el panorama huidizo del olivar desfilando ante sus ojos. Y su mirada es absorta, como perdida. En su rostro el tiempo ha bordado algunas arrugas que son como surcos en la corteza de la piel, que llevan fechas de amor y granos de alegría, pero también pobres ríos que van a parar al negro mar de la muerte o al oscuro lago del olvido. Y piensa que vivir es viajar, y que la mejor manera de viajar es sentir. Para viajar basta con existir. Ir de día en día como de estación a estación, en el tren de nuestro cuerpo o de nuestro destino, asomados a las calles y a las plazas, a los gestos y a los rostros, siempre
iguales y siempre diferentes como, al final, lo son todos los paisajes. La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.

Don Abel Campos volvía a Bétula invitado a dar una conferencia en el club cultural "Nitianza", comprometido también para leer algunos de sus relatos breves a los estudiantes de Bachillerato, dispuesto a contemplar los bellos edificios y palacios manieristas, orgullo de la ciudad y animado a visitar a los viejos amigos con los que tanto quería recordar. Pero pronto comprobaría que casi nada era lo mismo que antes, y hasta su secreto deseo de ver a los conocidos resultaba difícil de cumplir, porque unos no vivían donde entonces, otros estaban enfermos, ilocalizables los demás.

Después de hablar largo y tendido con los dos que habíamos ido a esperarle, se despidió amablemente a la entrada del hotel. Tras descansar un poco, salió solo con la intención de poder observar a la gente del pueblo y pasear con tranquilidad por las callejas y plazoletas de la ciudad. Y comenzó a andar, queriendo percibir aquella sinfonía de olores que le traía la imagen de la niñez, cuando recreaba las tardes de toros en la feria, con el humo de puro por la calle Nueva, y las navidades, con aromas de morcilla y mantecados de almendra, y la semana santa, entre la cera, el incienso y las flores de la primavera. Sin embargo, aunque siempre haya un ascua de veras en su incendio de teatro, el único efluvio deletéreo que Bétula ofrecía a su olfato esta noche era el de la gasolina quemada de los coches, acompañada por el ruido ronco de sus motores y el tufo de la basura amontonada en las aceras.

La desilusión fue aún mayor al ver grandes semáforos verdes, horribles bloques de pisos y feas avenidas con farolas de falsa plata, hasta que encaminó sus pasos hacia la parte antigua, hacia los barrios renacentistas. Entonces, a pesar de todo, creyó encontrar durante un buen rato el tiempo perdido que buscaba y el pasado con el que se quería identificar. Incluso hubo un instante, al día siguiente, mientras leía un cuento a los estudiantes, en que pareció saborear aquel caramelo de limón que unió en el gusto de su boca la vida gris de unos vecinos de Madrid con el mundo idealizado de su infancia en Bétula. Pero la realidad de ahora era bastante más grosera y menos literaria. Los alumnos jóvenes borran pronto la pizarra, y los mayores ni leen, ni escuchan ni piensan cuando hablan, como quedó claro por desgracia después de la conferencia pronunciada ante unas cuantas personas la segunda noche de su estancia.

Seguramente lo que dijo don Abel Campos al terminar el coloquio, respondiendo a una pregunta sobre la opinión que le merecía el estado en que había encontrado a Bétula, fue: "Incluso hasta en nuestra ciudad, todo lo que pasa por la calle se mueve, o viceversa". Aunque no está comprobado, quizás su intención fue formular un postulado filosófico de valor real, casi científico, para el que como autor tenía decidido ya un título no exento de ironía: "Primera ley de la vida betulense". Esta teoría sería tan irrebatible como la demostración matemática de que la suma de los ángulos de un triángulo equivale a dos rectos, o como la experiencia empírica del teorema de Arquímedes que había aprendido de memoria en su juventud. Sin embargo, en su enunciado lingüístico se acercó más a las proposiciones universales de los silogismos tomistas, al estilo de "todo hombre es mortal" o "todo lo tocable es bailable", afirmaciones éstas que si bien por un lado resultan algo extrañas al pensamiento de don Abel, tan escéptico, por otra parte siempre presentan dificultades de última hora, puesto que en rigor nadie las ha podido hasta la fecha verificar.
No obstante, la referencia en la definición a nuestra querida y bizarra localidad de Bétula, asombro de Mahoma para un romance medieval, introdujo una compleja variante formal, quizás también instruida o deseada por don Abel, que así pensó hacer por fin justicia a la tierra de sus amores, tratando de despojarla de sus tan discutibles como tradicionales aires de solemnidad mística y guerrera para dotarla de un mayor y nuevo sentido poético y, a la vez, mágico, tan necesario, a su juicio para intentar mejorarla.

Por eso duele más todavía que una inteligencia como la de don Abel Campos haya sido víctima de la incomprensión ignorante y de la confusión general, al poner en circulación el aserto sus propios paisanos, aunque ya modificado o, al menos, vacilante en su texto, pues al salir de la charla y comentarla en el bar de la esquina, mientras tomaban unas copas, algunos discutieron si el literal había dicho: "Hasta incluso por nuestra ciudad se mueve todo lo que pasa en la calle viceversa", o bien este otro "Incluso hasta por nuestra calle viceversa pasa todo lo que se mueve en la ciudad", aunque terceros en discordia sostuvieron que las palabras exactas habían sido éstas: "Incluso hasta en todo lo que se mueve o viceversa por la calle, nuestra ciudad pasa". Y al no haber acuerdo, ni nadie presente capacitado para su oportuna interpretación, se impuso como preferida y garantizada por varios testimonios la versión más exacta entre los betulenses: "En nuestra ciudad pasa por la calle Viceversa todo el que se mueve, hasta incluso", frase esta última tan injustamente atribuida a quien nos imaginó, al aire de su vuelo y después de mirarnos, entrando más adentro en la espesura, despegando del suelo y bailando juntos entre la niebla.


Rafael Bellón Zurita