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Historia de las calles de Úbeda: Calle de María de Molina (La Rúa) (I)

Juan Ramón Martínez Elvira

en Gavellar. Año VIII, nº 90. Mayo de 1981, pp. 10-12

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Localización

Da comienzo donde termina la calle del Real y desemboca actualmente en una especie de "calvero" común al paseo del Mercado, callejón de Ventaja y calle de Juan Ruiz González (La Cárcel).

Por la derecha, se numera (hasta el 20, aunque también forman parte de su trazado las dos casas que, en sus extremos, se adscriben, respectivamente, a las calles contiguas. Entre los números 18 y 16 hay un muro que sólo cubre planta baja, pero que, curiosamente, aparece coronado por una crestería "goticista" de cuyo origen y significación no sabemos nada.

Por su izquierda, tras comunicarse con la calle del Obispo Toral, acaba en el noble edificio que durante siglos fue sede de la Junta Capitular de la Ciudad. El número de la casa particular que le precede corresponde al 15.

Jurisdicción eclesiástica

La acera de la derecha pertenece a la parroquia de Santa María, mientras que la opuesta entra ya en la demarcación de San Pablo.

El antiguo Ayuntamiento. Su lado sur

La construcción que posee más entidad y carácter de toda la calle —tanto por su arquitectura como por su historia— requiere mayor detenimiento que las demás. Se trata del antiguo Palacio de la Ciudad, el Ayuntamiento Viejo.

De sus dos frentes, el que mira al sur concluye —como ya se ha dicho— al lado izquierdo de la la Rúa.

Posiblemente, la que más llame la atención del que observe atentamente esta fachada sea la incrustación de seis salmeres transversales al plano del muro colocados en las intersecciones de otros tantos arcos. En principio, podría pensarse únicamente en un conato de erección o en un proyecto inacabado... Pero si seguimos escrutando a lo ancho y alto del muro, veremos que por encima de los arcos mencionados hay una serie de sillares colocados en línea que taponan antiguos, huecos donde con seguridad se alojaban las correspondientes cabezas de viga.





Figura 1. Dibujo del autor



Justamente sabre esta línea hay tres vanos: el mayor y central tiene un antepecho y su ,función evidente era la de gran ventanal receptor de luz; los dos laterales, hoy cegados, eran, sin ,duda, sendas puertas que se abrían precisamente a una terraza sentada sabre das mencionadas vigas. Estas apoyaban sabre los arcos de los que hoy quedan sólo los salmeres (fig. 1).

Entre el ventanal y una de las portezuelas existe un gran reloj de sol que lleva la fecha de 1604. Esta cifra nos lleva a dos conclusiones: la primera es que la arcada no puede ser posterior a ese año, ya que toda la obra que carga sobre ella se manifiesta como realizada a un mismo tiempo; pero la segunda es que no existe —aunque Camón Aznar se atenga con lógica a dicho guarismo para datar el edificio (reconstruido o no)— irresoluta dificultad en adecuar el estilo de la obra a un período anterior, lo que podría explicarse si suponemos que el reloj fue grabado sobre el muro con posterioridad.

De todos modos, desechando las conjeturas, hay que dar por cierta la existencia de los soportales que caían a La Rúa si nos remitimos al año de 1849, en el que todavía vemos, según el "aprecio hecho por el perito de obras Juan Millán Casado", que para efectuar las reformas necesarias se requiere "quitar los seis arranques de piedra que caen a la calle Rúa... y ,cerrar con piedras perfectamente cortadas los agujeros de la pared". Puesto que consta que dicha supresión se llevó a cabo (1) y que, sin embargo, los salmeres siguen en su sitio, es claro que hasta esa fecha tales piezas se prolongaban hacia el exterior mediante un determinado numero de dovelas, a cuyo conjunto el maestro de albañilería llamaba impropiamente "arranques".

¿Qué sentido tenía entonces —concedida su existencia— una arquería que, además de ocupar la mitad de la calzada, terminaba en una terraza desde la que sólo podía verse la casi inmediata pared de enfrente y poco más?

Evidentemente, en base a la actual conformación urbana de la zona, ninguna razón impelía a la utilización de tal "avanzadilla visual". Pero sí cobra plena funcionalidad si nos atrevemos a asegurar que frente a ella se extendía un amplio espacio abierto, hoy desaparecido en parte, y que ha sido erróneamente confundido con los paseos del Mercado o de Santa María. Nos referimos, concretamente, a la plaza de Abajo.

Es decir, que la existencia de esta plaza da más coherencia a un edificio que, contra todos los postulados, ha quedado "arrinconado". Efectivamente, la ubicación del palacio del Concejo en relación con la actual distribución de espacio, carece de ordenación urbanística, ya que por su rango municipal, este edificio debía ocupar una posición central y no esquinada. El hecho de que esta construcción se estructurase externamente de manera que la mayor parte de sus volúmenes se convertían en miradores, ya apunta algo sobre el fundamento de nuestra teoría, teoría que desarrollaremos más ampliamente en el capítulo dedicado a la plaza de Abajo.

El peso real

Del acta de reunión del Cabildo Municipal correspondiente al 21 de octubre de 1672, Campos Ruiz, en su trabajo titulado "Las antiguas Casas del Consejo" (2), transcribe de manera poco fiel un párrafo que erróneamente aplica a dicha edificación. El texto de la cita, en su correcta transcripción, habla de que el licenciado don Diego de Espinosa...

"... pide licencia a la ciudad para hacer unos postes en qué recibir el ajumez de las casas de la esquina de la Rúa, que son en las que está el peso Real, por estar amenazando ruina las dichas casas. Y vista por la ciudad, dio licencia el susodicho para que pueda hacer los dichos postes de redondo y no de cuadrado para que no sirvan de estorbo al paso de los portales de dicha calle."

En realidad, no hay dificultad en admitir que el Peso Real estuviese ubicado en los mismos bajos del Ayuntamiento, pero es muy extraño que, de ser así, en el texto citado no se haga referencia directa —como es más lógico— al nombre genérico del edificio. Campos Ruiz, desconociendo quizá que la costumbre era designar en plural cualquier casa, pensó que se trataba de las Casas Consistoriales, sin tener en cuenta que los soportales a los que se alude corrían también a lo largo de toda la acera de San Pablo —como recuerdan nuestros mayores— y puede ser, incluso, que también lo hicieran por la de enfrente.

De ese modo, el edificio donde se realizaban estas tasaciones (desde tiempos atrás el almotacén tenía por misión propia el contraste de pesas y medidas)(3) queda claro que podía estar en cualquiera de las otras cinco esquinas de la calle; calle, por otra parte, inmediata al mercado.

Los nombres que ha recibido

Los nombres de pleno derecho con que se ha llamado a esta calle a lo largo de los tiempos han sido fundamentalmente los dos con que aún se conoce —LA RÚA y MARÍA DE MOLINA— y el de LA SASTRERÍA, que no sabemos si tiene su origen en esta calle o en zona contigua.

Por otra parte, también ha perdido éstos en multitud de ocasiones para tomar de prestado los propios de otras: Real, Armas, plaza de Abajo y Mercado.

Antes de pasar adelante, es preciso hacer una curiosa consideración: al pertenecer la calle simultáneamente a dos parroquias, cada una de sus aceras puede recibir, en los respectivos padrones de su colación, un nombre diferente al de la opuesta, de manera que durante los siglos XVI y XVII rara vez existe coincidencia en la designación.

La Rúa

Esta denominación, segun lo que acabamos de decir, es de uso permanente en los censos de Santa María, sin más excepciones que cuando sus vecinos se inscriben junto con los de la plaza (de abajo, por supuesto, nunca del Mercado) o cuando, muy ocasionalmente, se le llama calle de la Plaza, como en 1661 (calle distinta a la que aparece alguna vez con el sufijo despectivo de callejuela de la Plaza), o toma prestado el de Los Salvajes.

Con una frecuencia notablemente menor se da este nombre de La Rúa a la acera de San Pablo. Tanto es así, que en los diversos padrones del XVI no aparece nunca como tal, lo que viene a destruir el supuesto del cronista Pasquau, el cual aventuraba que la razón de esa denominación bien pudiera estar en la existencia de los desaparecidos soportales del antiguo Ayuntamiento. En todo caso, si el verdadero origen de este nombre estuviese en la presencia de los soportales, es claro que éstos serían los de la demarcación de la Colegial, puesto que su acera se adelanta a la otra en el empleo de dicha denominación.

En el siglo XVII, desde que comienza hasta el 34, sólo una vez se llama Rúa a este lado de la calle. Y cuando, en los años siguientes, desaparece temporalmente este nombre, su vecindario se adscribe al del Real.

El porqué de llamarse así esta calle no podemos responderlo concluyentemente. La teoría más lógica es la que, teniendo en cuenta la etimología de la palabra rúa, la asimila a camino. En este caso, la calle vendría a equipararse con la actual d e Las Gradas, antiguamente conocida como camino de la Plaza (de Arriba). De hecho, acabamos de ver que en alguna ocasión se le llama calle de la Plaza.

Otra teoría —menos demostrable— seria la que tomando el concepto generalizado de rúa (sinónimo de calle) confiere a ésta la categoría de tal por antonomasia. En favor de ello podría hablar su anchura, poco frecuente en aquellos tiempos, y la posibilidad de que estuviese porticada en sus dos líneas. De este modo, habría que presuponerle una modélica infraestructura viaria: empedrado, alcantarillado, acerado, etc.

Finalmente, y como muestra de una de las muchas interpretaciones más o menos serias que se pueden dar, cabría incluso la justificación de este nombre si lo consideramos como una desvirtuación de la palabra ruda (puesto que así aparece efectivamente algunas veces), una de cuyas acepciones se refiere a una especie de helecho que crece entre los muros. Ello supondría que, en una época pretérita y desconocida, esta variedad botánica, brotando de alguna de sus viejas paredes, había ocasionado dicha denominación.

La Sastrería

El nombre de "La Sastrería" lo toma la Rúa para aplicarlo a su margen izquierda o acera del Ayuntamiento. Esta no se conoce con otro nombre en todos los padrones correspondientes al último cuarto del siglo XVI. Y en el siguiente, se utiliza a lo largo de toda la primera treintena. Mil seiscientos treinta y cuatro es el último año que a este lado de la calle se le llama "La Sastrería".

Sabemos que esta denominación se extiende a una zona contigua a La Rúa, hoy desaparecida, y que ya hemos apuntado bajo el apelativo de Plaza de Abajo. Cuando ésta no aparece es porque, generalmente, se ha sustituido por "La Sastrería", nombre posiblemente dado a uno solo de los laterales de dicha plaza, pero que por extensión se aplica a toda ella y a la acera de que tratamos.

Cabe, no obstante, la posibilidad de que fuese al revés, es decir, que desde el lado derecho de la Rúa —en este caso, núcleo original del nombre— se pasase a denominar así el espacio al que esta desembocaba.

La causa por la que de este modo se conociera a este complejo callejero es obvia y no necesita más que una puntualización: en momento alguno se utiliza el plural; o sea, que aún sabiendo —como después veremos en el estudio social— que son numerosos los sastres y demás trabajadores del ramo textil que habitan en el área que responde a esta denominación, es necesario admitir que, al menos en sus principios, !quién sabe cuánto tiempo atrás!, un solo taller, una única sastrería, habría de ser el origen de este nombre. Su exacta localización —como decíamos antes— adjudicaría la posesión denominativa de deredho a la zona urbana donde fuese hallada.

María de Molina

Es éste uno de los abundantes nombres que se aplican en homenaje de gratitud y recuerdo a un hijo preclaro de Úbeda. Pero hay que advertir que en este caso —como en tantos otros— el personaje en cuestión no guarda, que sepamos, alguna particular relación con la calle a la que titula.

Dada la laguna documental que existe en los archivos municipal e histórico de Ubeda con respecto a los censos comprendidos entre 1885 y 1924, sólo podemos precisar que en este último año aparece la antigua Rúa como calle de María de Molina, nombre que continúa ostentando en nuestros días, aunque no todos los ubetenses la conozcan por tal.

Doña María de Molina, de modesta familia, fue llevada a la Corte por los marqueses de Camarasa, donde fue nombrada camarera de la infanta María Teresa, hija de Felipe IV y casada con Luis XIV de Francia, el rey Sol.

Desde su privilegiada posición, dispensó especiales favores al convento de la Concepción (Carmelitas Descalzas), al que "regaló 12.000 pesos, telas muy ricas y un cofrecito de carey para guardar en él al Santísimo Sacramento el día de Jueves Santo". Algún autor le atribuye, incluso, la fundación del actual edificio, donde siguen consagrando su vida a Dios las religiosas de esta Orden.

Pero sin duda, la donación más valiosa de esta dama ubetense fue la efectuada a la parroquia de Santa María (donde había sido bautizada): una custodia procedente del oratorio del rey francés que constaba de 985 diamantes, 165 rubíes, un jacinto y cinco zafiros. "El 3 de mayo de 1672 se daba cuenta al cabildo de la colegial de la carta de don Juan del Corral y Paniagua, del Consejo de Carlos II, en la que comunicaba que la custodia se hallaba en Madrid. Allí la tasó Juan Bautista de Villarroel, platero de oro del rey, en 8.000 ducados de plata, incluyendo las hechuras. El 22 de junio de dicho año se había hecho cargo de la obra don Diego Hermoso Rivilla, que la trasladó a Ubeda" (1). La custodia actual, que es procesionada el día del Corpus, es una réplica más modesta, por supuesto, de aquella, destruida en la última guerra civil.

Tan espléndido regalo fue elegido, entre otras muchas valiosas piezas, que a doña María le dieron a escoger, porque nuestra dama recordaba que la Colegial de Úbeda carecía de custodia.
(Continuará)

Juan Ramón MARTÍNEZ ELVIRA

(1) En primero de septiembre, Pedro Serrano, maestro de edificios, pasa a reconocer la obra (hecho por Juan Montesinos) y da su conformidad, puesto que se ha realizado todo lo previsto, incluido el «quitar los arranques de los arcos».
(2) Revista ((Don Lope de Sosa. Febrero, 1919, pág. 53.
(3) Vicente Lampérez y Romea. Discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, pág. 74. Madrid.