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La financiación de los Ayuntamientos –Al hilo de una conferencia de Manuel Zafra–

Manuel Madrid Delgado

en Diario Ideal. E. Jaén. 8 de septiembre de 2007

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En los años 90 Manuel Zafra era idolatrado por los estudiantes de Ciencias Políticas de Granada por su merecida fama de buen e independiente profesor. Ahora, ha vuelto a mostrar en los cursos de la UIA en Baeza esas virtudes que lo hicieron adorable a los ojos de los estudiantes: no ha dudado en arremeter con toda su autoridad contra una financiación municipal basada en las subvenciones y que asfixia las exhaustas arcas municipales. Las comunidades autónomas son administraciones lejanas: buena prueba de ello es el sistema que han establecido para financiar a los ayuntamientos. En su cómodo y lejano despacho, a algún consejero autonómico se le puede ocurrir sacar unas subvenciones para un interesante programa de formación en la separación de la pulpa y el hollejo de la uva. Y allá que van los ayuntamientos –fritos por conseguir una peseta– a inventar proyectos mientras esperan la lluvia del maná autonómico (o provincial, o estatal) que les permita respirar económicamente, si quiera por un tiempo. La situación es absurda: una comunidad autónoma reforma su estatuto para asumir más competencias que refuercen su realidad nacional y una vez que las asume, en lugar de prestarlas, se las endosa –vía norma legal– a los ayuntamientos pero sin dotación económica. Seguidamente convocan la subvención de turno, con lo que el procedimiento queda así: una norma autonómica dice que tal competencia tiene que ser prestada por los ayuntamientos; luego, se subvenciona sólo una parte mínima del coste que la competencia genera al ayuntamiento, que debe financiar el resto con sus propios recursos. Este procedimiento agota las finanzas municipales. Pero parece que sólo la autoridad moral de Zafra podía decir esta verdad del barquero en un país acostumbrado a un funcionamiento absurdo de sus administraciones, que en nada beneficia a los ciudadanos y que ahoga a los ayuntamientos.

Urge definir un nuevo marco de competencias en España. Pero, por favor, que esto no suponga transferir más competencias a las comunidades autónomas: ese proceso está agotado y en algunas materias habría que pensar la manera de desandar parte de lo andado. Ahora, hay que pensar en una mejor prestación de los servicios públicos. Y eso sólo se conseguirá potenciando las administraciones cercanas a los problemas de los ciudadanos: las diputaciones provinciales y, sobre todo, los ayuntamientos. Sigue pendiente la descentralización realmente importante: las comunidades autónomas deben transferir a los ayuntamientos competencias que nadie puede prestar mejor que los ayuntamientos, pero tienen que hacerlo con la correspondiente dotación económica, sin más subvenciones.

A un sistema viciado por la centralidad de los partidos políticos le convienen municipios prisioneros de las subvenciones: esto potencia el clientelismo partidista y asegura la docilidad de alcaldes y concejales. Tal vez así se explique el continuo retraso que sufre la imperiosa reforma del sistema de elección de alcaldes y concejales. Las cúpulas de los partidos pueden controlar a sus cargos municipales, obligados por el sistema de conformación de las listas electorales a soportar todo lo que venga desde la administración autonómica. No está tan claro que el día en que se oxigene el mecanismo electoral, un alcalde aguante que una subvención le subvencione sólo una parte de una competencia que le ha encasquetado el gobierno autonómico. Muchos ayuntamientos viven una situación dramática: los alcaldes tiran para adelante como pueden –y asumiendo competencias que no les corresponden– porque temen quedarse fuera de las listas. Y porque saben que un plante competencial de los ayuntamientos paralizaría muchas prestaciones que no corresponden a los municipios. Pero no es ético que sean los ciudadanos los que paguen las consecuencias de un sistema conscientemente viciado.

Manuel Zafra ha lanzado la pelota. Está sobre el tejado de los partidos políticos. Sólo falta que alguien esté dispuesto a escuchar sus demoledoras y certeras palabras. Aunque en esto también es cierto el refrán de que no hay peor ciego que el que no quiere ver ni sordo más sordo que el que se niega a escuchar. Por más que lo que se oiga sea ya un clamor.

Manuel Madrid Delgado

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