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Tita Cervera y los desiertos

Ramón Beltrán Almazán

en Semanario Ubeda Información. 1 de diciembre de 2007

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Ha pasado año y medio y doña Carmen Cervera, la baronesa, vuelve a ocupar páginas destacadas en toda la prensa nacional.






Aferrada al Museo Thyssen, su cerrada defensa de la floresta del Paseo de Prado ha conseguido que 670 árboles sobrevivan en esta zona de tránsito de Madrid, pero no se ha detenido ahí. Como acertadamente señalara Úbeda Información en el mes de mayo del año pasado, los árboles no eran la causa del conflicto sino la excusa.

El litigio, recordemos, se plantea esencialmente al determinar por dónde debe discurrir el abundante tráfico de la zona, si junto al Thyssen o junto al Prado. Reducir un tercio de la calzada, augura la baronesa, no soluciona el dilema pues aumentará la densidad de los vehículos e incrementará su velocidad. Reconducir esta autopista encubierta ante la fachada del Museo Thyssen es lo que Carmen Cervera considera incompatible con la conservación de su importantísima colección de pintura. Por eso salvar unos cientos de árboles no basta. Como hace dieciocho meses, nos esperan días de calculadas puestas en escena y de escaramuzas de opereta.

Pero toda esta tramoya, mediática y festiva, rosa y caballeresca, romántica y acerada, no impedirá que fuera del alcance de los focos, donde las cámaras no ven ni los micrófonos oyen, se siga librando una enconada disputa por la supervivencia del patrimonio histórico ante el imparable acoso de un urbanismo dispuesto a transformar sin más las ciudades, con el tráfico como fluido que todo lo llena.








El caso de Úbeda no es distinto al de Madrid, aunque no concentre tantas miradas ni sus obras públicas tengan dimensiones faraónicas. La única diferencia real es que aquí no pasa nada.

Antonio Almagro lamentaba, desde las páginas de este periódico, que en Úbeda no hubiera nadie, como Tita Cervera, que se opusiera públicamente a una reordenación del tráfico en el casco histórico que ponía en peligro la Plaza Vázquez de Molina, a cambio apenas de defender los supuestos valores del tramo urbanísticamente más degradado de la calle Real, muy adecuado para instalar terrazas de verano. Desde aquel soleado mayo hasta hoy, lo único que ha pasado por la plaza de Santa María, Patrimonio de la Humanidad, han sido los cientos o miles de camiones de gran tonelaje que se han encargado de desterrar la excavación del gigantesco solar de lo que será el aparcamiento subterránero que se está construyendo a las espaldas de la calle Montiel y los incontables coches que cada día la atraviesan. Y también pasarán, como ahora mismo están pasando, los camiones que transportan al vertedero los escombros de lo que fuera colegio de las Carmelitas.

Pero volviendo a la polémica generada en Madrid, un elemento nuevo me interesa.






Antes eran los cuadros y los árboles los que estaban en peligro con el proyecto de Siza. Ahora, salvados los árboles, una amenaza nueva se cierne sobre el museo: lo estéril del espacio generado por las obras. Para Tita Cervera "será un desierto". Con esta afirmación aflora un aspecto humano que antes a nadie importaba. No es cierto que la arquitectura racionalista de nuestro tiempo sólo sea capaz de generar espacios urbanos adecuados para que los ancianos sufran de insolación y se descalabren los chiquillos, aunque hay ejemplos. Doña Carmen nos señala uno de ellos y nos recuerda que toda reordenación debe conseguir un espacio habitable.

El caso de Úbeda, tan distante de Madrid, se plantea también en los mismos términos. No importa que nadie lo denuncie. Al potenciar la circulación rodada en el recinto intramuros, al organizar el espacio público para multiplicar los aparcamientos (véase la plaza Primero de Mayo), al tolerar el aparcamiento incontrolado (véase todo lo demás), también se pone en peligro el casco histórico. A los visitantes les resultará inhóspito, a los vecinos inhabitable. Pronto será un desierto de autobuses, terrazas, oficinas y bares.

Las vibraciones del tráfico del Paseo del Prado sin duda serán perniciosas para los cuadros de una pinacoteca. Los muros de Santa María de los Reales Alcázares, del Pósito, de El Salvador, de los Honrados Viejos y del palacio de Vázquez de Molina se hunden un poco más cada vez que un vehículo circula por sus inmediaciones. Y toda la maquinaria pesada, los cientos de camiones y los miles de turismos que acceden al casco histórico tienen forzosamente que cruzar por esta plaza aunque los cimientos de nuestra historia y nuestro patrimonio a su paso tiemblen, se retuerzan y no descansen ya bajo tierra.

Ramón Beltrán Almazán