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San Consumo Bendito

Manuel Madrid Delgado

en Diario Ideal. 14 de febrero de 2008

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Hoy toca lo del estar enamorados. Así lo han decretado los poetas del siglo XXI, que son los dueños del dinero y los negocios: no cabe más lírica en este tiempo que la del vil metal. Ya nos advirtió Quevedo que el oro –o sea: el euro– es amante y amado. Y de aquellos versos hemos venido a parar a esta estúpida celebración de San Valentín, donde importan más los beneficios de cortesingleses y restaurantes que los del corazón. Aunque San Valentín sólo será una fiesta redonda el día que los políticos prometan una beca para que todos y todas podamos costear los gastos de la cena, baile y colonias del 14 de febrero.

Mientras llega la promesa, ya tenemos los escaparates llenos de cenas amorosas, viajes a París, colonias rojas, calzoncillos rojos y bragas rojas, velas rojas, todo rojo, que parece ser el color del amor. También, claro, andan en rojo los números de las economías del españolito que vino al mundo y no guardó Dios, pero esas cuentas no interesan ahora. Que ahora tocan San Valentín y la fiesta electoral, que son dos celebraciones absolutamente aptas para derrochar el poco sentido común que pudiera quedar en nuestra sociedad. Y para mezclar amor y política, no estaría mal que alguien reservara una suite para que, a media noche, Gallardón y Aguirre encargaran un buen champán francés y cena con velita para dos, que está feo que ande todo el país en la acaramelada idiotez del día y ellos ni se miren. Ya que no comparten lista y no podrán compartir el puesto de Rajoy, que al menos compartan hoy el empalagamiento general. Algo es algo.

Juan de Mañara, Lord Byron o Bécquer sintieron el amor como una quemazón y una aventura, como un mapamundi para las potencias de la vida. Todo aquello fue posible en los tiempos épicos de la historia y del amor, que son los tiempos del cólera o los de Calisto y Melibea. Pero vivimos en una permanente edad del pavo y el festejo del amor expresa especialmente este infantilismo del siglo. Ya dijo Lope de Vega –el cura poeta y amante– que del amor nacen “la tristeza, el gozo, la alegría y la desesperación.” Ahora ni la alegría ni el gozo queremos para el amor –de tristezas y desesperaciones ni hablamos–, porque esas felicidades conjugan compromisos y soledades y silencios, que son tres cosas que nos horrorizan. Lejos de nosotros todo lo que convoque el cuerpo y el alma enteros: queremos un amor a flor de piel, de bobaliconas sonrisas y estúpidos regalos, un amor fácil y simple. Un amor que puede limpiarse con una simple ducha, sin dejar llaga ni herida, sin brasas que puedan avivarse, sin rescoldos que no apaga el tiempo. Frente al amor superficial y de supermercado, queda el amor que no necesita colonias u orquestas, porque el amante –cuando nada tiene– ofrece una esquina de su boca, que dijo Ángel González. Está el amor en esa humilde entrega de lo poco que somos, en abandonarnos en la creencia de la otra persona. “Creo en ti. Eres. Me basta.”