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La tercera España o la hora de los moderados

Manuel Madrid Delgado

en Diario Ideal. 8 de marzo de 2008

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Juan Marichal es uno de los últimos herederos de la tradición liberal española. En “El secreto de España” –obra fundamental– estudia la vitalidad y presencia de la España liberal, que es imprescindible para entender la vertebración ética de una idea de España de carácter progresista. Esta España es desconocida para la mayoría de los españoles: el franquismo se apropió de la idea de España y la izquierda –en una traición sin precedentes a su propio pasado– dio por buena esta apropiación. Esto hace que aún hoy siga siendo problemático para muchos ciudadanos ser de izquierdas y reclamarse profundamente españoles. Y ello, pese a que son estos ciudadanos los que expresan la mejor herencia intelectual española. Porque como señala Juan Marichal, desde 1812 hay un río subterráneo –pero muy fecundo– que ha dado lugar a una concepción de España basada en la renovación ética, en el laicismo (que no en el odio a lo cristiano), en el europeismo (pero también en el iberismo). En este ideal cristalizaron en su día los mejores afanes regeneracionistas del país. Y así, es posible identificar en esta “tercera España” nombres como los de la familia Machado, Giner de los Ríos, Unamuno, Azaña, Indalencio Prieto, la Institución Libre de Enseñanza o Fernando de los Ríos. Hombres situados entre la socialdemocracia y el liberalismo, en una confusa frontera ideológica en la que concurren muchos ideales de lo que hoy puede reclamarse como “centro político”. Hombres, sobre todo, dotados de un hondo sentido patriótico, de un profundo y crítico amor a España.

El sistema político español adolece de dos graves anomalías. La primera, la ausencia de un gran partido de centro nacional que pueda ejercer el papel de moderador y bisagra entre PSOE y PP. La desaparición del CDS en 1991 pulverizó las posibilidades de centrar la política española y abrió las puertas al papel dominante –profundamente distorsionador y crispador– que vienen jugando los nacionalismos radicales y minoritarios –PNV, ERC, BNG, una CiU cada día más descentrada– desde 1993. La segunda, es la ausencia de un partido de izquierdas articulado en todo el territorio nacional, con sentido patriótico al estilo del Partido Socialista francés o del Partido Socialdemócrata Alemán. ¿Qué ha generado esto? Pues la aparición de una masa creciente de ciudadanos que se sienten hastiados, bien porque ven como las minorías nacionalistas condicionan los términos generales de la política del país, bien porque sienten que carecen de un partido al que recurrir ante los guiños nacionalistas del PSOE y ante la huida del PP hacia posiciones del populismo más derechista de Europa. Esta masa crítica de ciudadanos, que se siente huérfana políticamente y desorientada, conforma ese voto oculto que cada vez es más difícil detectar y que, elección tras elección, acude a votar desde el absoluto desánimo.

Y en esto, irrumpe en la política española Unión, Progreso y Democracia. UPD es un partido auspiciado o respaldado por intelectuales: Fernando Savater, Álvaro Pombo, Muñoz Molina, Vargas Llosa, Boadella… No es nueva la irrupción de los intelectuales en la vida política española: ya resultaron imprescindibles durante el primer tercio del siglo XX, participando en la política activamente –de manera individual, en la Agrupación al Servicio de la República, en las filas del PSOE o de los partidos republicanos–. En 1927 Ortega señalaba que “España es el único país donde los intelectuales se ocupan de la política inmediata”. Por lo tanto, planteamiento de UPD no es nuevo y lo que hace es devolver a los intelectuales a la ocupación de la política del día a día.

Ahora bien, ¿cuáles son las posibilidades reales de un partido como éste? Simplemente UPD carece de viabilidad en las zonas “rurales” del país, donde los partidos dominantes ejercen un poder omnímodo, pero puede ser una opción con futuro en las zonas urbanas, en las que se concentra esa masa de ciudadanos críticos y desencantados. Estos ciudadanos pueden compartir con el PSOE sus políticas sociales, pero no se sienten identificados con sus flirteos nacionalistas; rechazan las posturas del PP en temas como los matrimonios homosexuales o la investigación con células madre, pero lo ven con más capacidad para oponerse a la escalada nacionalista. Se encuentran, en definitiva, perdidos en ese espacio hasta ahora vacío, indeterminado y situado entre PSOE y PP. Son ciudadanos de clase media ilustrada y sienten la necesidad de reivindicar su condición de españoles sin que ello les suponga tener que romper con un ideal político más bien progresista y laico. Ciudadanos moderados, de centro, muy próximos al ciudadano tipo europeo, son ellos los que el domingo pueden hacer de UPD la gran sorpresa de las elecciones. ¿Circunscripciones en las que esta masa crítica de votantes puede resultar determinante? Sobre todo Madrid y Barcelona. Pero no hay que perder de vista los resultados que puedan tener lugar en algunas capitales de provincia o en ciudades de tipo medio: seguramente esos votos no se traducirán en escaños, pero darán una idea aproximada de la extensión de un sentimiento cívico en que el cansancio parece dispuesto a traducirse en un plan de futuro. Para estos ciudadanos UPD es una opción de normalidad política, pues consideran anormal –y desde el punto de vista europeo lo es– sentirse de izquierdas y no poder reivindicar plenamente su condición nacional española. Desde una concepción más netamente instrumental, UPD puede ser la opción de muchos ciudadanos cansados de que su voto sea mediatizado por los partidos nacionalistas a la hora de conformar mayorías parlamentarias.

UPD no parece una mera aventura ni un mero proyecto de protesta, como pudo ser Ciutadans. Parece que han venido para quedarse. Desde luego sería sano –muy sano– para una democracia viciada por un sistema electoral absolutamente tendencioso que un proyecto como el de UPD pudiera expanderse y consolidarse, ya que eso implicaría una disminución sustancial del poder que vienen ejerciendo las fuerzas nacionalistas. Pero además de esta condición de sana herramienta de centralización y estabilización del sistema, en el partido auspiciado por el filósofo Fernando Savater y ejemplarizado en Rosa Díez es posible encontrar una profunda carga histórica. Porque algunas de las ideas desplegadas por UPD (el fin de los privilegios vascos y navarro, el cierre del modelo autonómico, la sana y necesaria devolución de las competencias educativas y sanitarias al Estado) no hacen, en realidad, sino culminar intelectualmente el proceso revolucionario que el siglo XIX dejó inconcluso en España, de lo que se derivan gran parte de nuestros problemas.

UPD es un crisol en el que confluyen una larga tradición histórica e intelectual española. Su caso supone un apasionante objeto de estudio, en la medida en que resucita una constante de nuestra historia: la presencia del mundo del pensamiento en el ámbito de la política cuando aquél ha considerado que éste alcanza cotas intolerables de degradación. Sólo en la noche del domingo podremos saber si será necesario realizar estudios más complejos sobre el fenómeno UPD y sobre la cristalización de un corpus civil y crítico entre las clases medias liberales y españolistas.