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Revoluciones ajadas

Manuel Madrid Delgado

en Diario Ideal. 16 de mayo de 2008

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En primavera cumplen años las revoluciones: treinta y cuatro la Revolución de los Claveles, cuarenta el Mayo del 68: dos revoluciones ajadas.

En el fondo soy un romántico y me resulta simpática lar revolución portuguesa: los capitanes que conspiran contra la dictadura –casposa, beata, ruin–más antigua de Europa; los tanques que abandonan los cuarteles en la medianoche al son de una canción delicada y triste; los claveles que llenan las bocas de los cañones mientras gentes recién despiertas, alucinadas, ocupan las calles: ¡ah, lírica de la revolución!. El fracaso posterior del socialismo humano y portugués no resta encanto a aquella aventura: Portugal vivió una revolución hermosa, una historia digna de contarse porque es dulce como el habla portuguesa, porque enseña que nunca ganan los buenos y que siempre los arribistas corrompen el sueño trazado por los capitanes que en el mundo han sido.

Mayo del 68, por el contrario, me resulta antipático. Aquello no deja de ser una revolución de niñatos burgueses, que levantan barricadas y queman ruedas porque lo que quieren es echar un polvo sin que nadie los condene al infierno. Y eso está bien, pero lo echan a perder cuando salen con el discurso multicultural y progre, de melenitas al viento y ropajes de marca. Y cuando hablan de justicia y de derechos de los trabajadores, ellos, que se criaron en los barrios ricos de Francia. Peores son los progres españoles, que lo estropean todo cada vez que abren la boca: ahora parece que hubo legión de españoles izquierdosos buscando la playa bajo los adoquines de París. Cuentan esas batallitas para darse lustre, pero nosotros sabemos que donde no estuvieron los progres hispanos es sembrando claveles en las plazas de Lisboa: ellos siguieron el camino refinado de sus amigos de la Sorbona y ahora disfrutan de lustrosas canonjías autonómicas o telefónicas.

En un libro que tengo por ahí, Marx explica que las revoluciones consisten, más o menos, en que los niños bien utilizan a los obreros para ocupar las calles y luego, cuando consiguen lo que quieren, llaman a los generales para que restablezcan el orden, no sea que a la chusma le de por pensar que todos somos iguales. El Mayo francés revoluciona de esa manera: por eso le gusta tanto a los revolucionarios de chalet y buenos coches y bonitas historias de solidaridad, que siempre es un mochuelo que duerme en el olivo del vecino.

En el abril de los capitanes portugueses no hay niñatos que abandonan a los trabajadores: allí perdieron todos y juntamente, los soldados revolucionarios y los trabajadores ilusos que soñaron que es posible la justicia. Y unidos y vencidos se deslizaron –Lisboa abajo, Tajo abajo– hacia las aguas del mar, que es el morir, y allí se hundieron como un galeón venido del Brasil y esto dignifica la Revolución de los Claveles, como a casi todas las derrotas. Mientras, Mayo del 68 es una momia ruidosa que aún llena nuestra vida de estúpidos y correctos discursos, repetidos discursos, hueros discursos.