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La hora de Ibiut

Manuel Madrid Delgado

en Conferencias. Presentación de los Índices de Ibiut el 21 de diciembre de 2007

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No sé dónde leí que un día, un viejo maestro, suspirarando hondamente dijo a sus discípulos que lo malo de este mundo es que los seres humanos se resisten a crecer. Uno de los discípulos le preguntó en qué momento puede decirse de una persona que ha crecido, a lo que el maestro respondió que alguien ha crecido realmente el día que no hace falta mentirle acerca de nada en absoluto. Si esto es cierto, Ibiut es algo que ya nació crecido, porque ha sido una publicación ejemplar que nunca ha tenido que mentirse a sí misma sobre nada, y que nunca le ha mentido a nadie sobre ella. Este ejercicio de coherencia, sostenido desde 1981, es suficiente para acreditar no sólo su madurez sino su grandeza.

Cuando en diciembre de 1981 Ramón Molina Navarrete sacó a la calle el primer número de Ibiut, este que hoy les habla era un niño que llevaba apenas tres meses en los párvulos de los jesuitas, con muchos berrinches y barraqueras acumuladas, sin que, por cierto, se haya generado en mí ningún trauma de esos con los que ahora la LOGSE idiotiza a nuestros niños y adolescentes que, eso sí, no tendrán problemas para tener móviles en los colegios porque la Sra. Ministra de Educación considera que eso es un derecho. Fíjense si era yo joven en 1981, que seguro que cuando Diego [de la Cruz Martínez López] tenga que responder a estas palabras no le vendrá a la mente la imagen de un sesudo conferenciante sino la del chiquillo que con nueve o diez años empezó a ir a la Biblioteca a por libros y al que más de una vez ha tenido que expulsar, siendo zangalitrón, por no guardar el silencio debido en tan sagrado lugar. Mi vida ha corrido casi paralela a la de la revista, y por eso carezco de perspectiva para verla en toda su dimensión. Otros, tenedlo por cierto ambos Ramones, lo habrían echo mejor que yo esta presentación y desde luego con más conocimiento de causa.

Porque el caso es que cuando mi amigo Ramón Beltrán me endosó la responsabilidad de presentar los Índices de Ibiut lo primero que pensé fue en muchos de los nombres que aparecen en ese importantísimo catálogo. ¿No tenía más méritos que yo para esta tarea Juan Ramón Martínez Elvira? ¿O Aurelio Valladares? ¿O José Biedma? ¿O Juan Antonio Soria? ¿O Ginés Torres? ¿O Antonio Espadas, a quien debemos algunas de las más bellas portadas de la revista? Miraba los índices una y otra vez, miraba el listado de autores de arriba abajo y por todos lados me aparecían nombres que yo, honestamente, consideraba más apropiados para esta tarea. Primero, porque conocieron Ibiut desde su primer número. Segundo, porque muchos de ellos tienen una relación de amistad con Ramón Molina Navarrete y lo conocen infinitamente mejor que yo. Tercero, porque acumulan (de eso estoy seguro) más méritos que yo ante los ojos de la revista y (eso no lo duden ustedes) más capacidad oratoria y menos pudor.

Pero por ser ambos Ramones (Beltrán Almazán y Molina Navarrete) personas a las que aprecio y de las que creo podemos aprender todos (en el caso de Ramón Beltrán doy fe de cuánto puede aprenderse a su lado) entendí que no podía negarme a esto que, a más de duro trance, es un honor. Porque no puedo negarles que hoy me siento honrado al ser yo el que presente los Índices de Ibiut, que no es sino una extraordinaria oportunidad para reflexionar en voz alta sobre qué sea eso de la cultura.

Hoy, en este acto, confluyen las que pueden ser las dos trayectorias más fecundas en el ámbito cultural de nuestra ciudad: la de la Asociación Alfredo Cazabán Laguna y la de la revista Ibiut.

La Asociación ha amparado el trabajo sordo, monótono y puedo garantizarles que aburridísimo de ir repasando número por número la revista para realizar un exhaustivo índice de títulos y autores. Más de 2200 artículos, más de 500 autores. Y no se piensen que ha sido sólo elaborar esta relación: previamente se habían escaneado todas las revistas y hoy se pueden disfrutar en la página web de la Asociación Alfredo Cazabán. Una web, que por cierto, es un verdadero monumento cultural por el que esta ciudad tendrá que estar largamente agradecida a los hombres que en su elaboración han colaborado y sobre todos ellos a Ramón Beltrán.

Volviendo al tema de los Índices, cabe decir que estos resultaban imprescindibles para poder moverse con soltura en los ciento cuarenta y seis números de Ibiut colgados en Internet. Son estos Índices los que, independientemente de su puro valor documental, nos ofrecen una herramienta impagable para poder rastrear aquello que nos interese en Ibiut: un artículo, un autor, un tema, la semblanza de alguien que se fue...

Hasta aquí, y no pueden ustedes calcular cuánto es esto, el mérito puesto por los hombres de la Asociación Alfredo Cazabán, por Ramón Beltrán y por Diego de la Cruz Martínez, que han sido los autores de este titánico trabajo.

Porque luego, por el otro lado del camino, viene a confluir Ibiut, que es la pasión, la obra, el legado, de un hombre imprescindible para la cultura ubetense: Ramón Molina Navarrete.

Antes de Ibiut ha habido otras publicaciones ejemplares en Úbeda. Ahí sigue vivo el mito creado por la revista Vbeda, dirigida por Juan Pasquau y amparada por el Ayuntamiento, verdadera leyenda dentro del mundo de las publicaciones ubetenses por ser quien fue su director, maestro de escritores. Ahí estuvo Gavellar, coetánea de Ibiut durante muchos años, que finalmente no pudo resistir los embates del tiempo y de la economía y las flaquezas del ánimo y acabó desapareciendo, para deshonra de una ciudad que se reclama capital cultural. Todas han ido pasando, dejando su poso en el fondo del alma ubetense. Y hoy permanece sólo Ibiut.

Estoy convencido de que Ibiut es el proyecto cultural más importante que se ha desplegado en nuestra ciudad desde la llegada de la democracia. Y esto es mucho mérito. Seguramente más que el que es capaz de reconocer una ciudad que ha asistido impasible (y desde el chascarrillo de la barra de bar) a la destrucción de Santa María o al expolio de San Bartolomé y que, por desgracia, asistirá a la ruina total de San Lorenzo o Santo Domingo o del palacio de los Orozco, en la plaza de San Pedro. Somos, no podemos seguir ocultándonoslo, una ciudad indolente. Por eso el mérito de Ibiut es mucho mayor: para una publicación como ésta no es lo mismo nacer y resistir en una ciudad con un potente tejido cultural que en una como Úbeda en la que –baste el ejemplo– su biblioteca municipal, pieza fundamental de la cultura, viene padeciendo endémicamente un abandono clamoroso.

Creo que nuestra ciudad está, parafraseando a Juan Pasquau, borracha de lo que tiene, lo que le hace perder la conciencia de lo que es. Porque Úbeda, quiérase o no, no es un espectáculo ni una mercancía turística ni un escaparate. Ni un parque temático, que es en lo que acabará convertida si nadie pone remedio. Hay en Úbeda valores infinitamente más profundos que nos tienen que hacer reflexionar sobre su valor como ciudad de la cultura y para la cultura, que puede ser muchas cosas pero que difícilmente es lo que las autoridades del mundo posmoderno nos quieren hacer pasar por cultura. Por desgracia, la tecnificación del mundo le está ganando la batalla a la cultura: los hombres de hoy acumulamos muchos conocimientos pero difícilmente sabemos nada, porque miramos la superficie de las cosas no la profundidad de los espíritus. Y la cultura es hechura de los espíritus: habiendo perdido eso, nos hemos perdido a nosotros mismos, y hoy somos huérfanos de las ideas y del pensamiento.

Para que una comunidad humana tenga conciencia de su ser, las palabras, la literatura, la poesía, el pensamiento, son imprescindibles. Porque las palabras explican el mundo y le dan sentido, porque el hombre es un animal hecho de palabras: no sabemos si los cangrejos saben resolver ecuaciones de segundo grado, pero por ahora estamos seguros de que ninguno ha escrito las aventuras de un cangrejo Don Quijote. El ser humano es el único animal que piensa en palabras, que se entiende en palabras, que comprende el mundo desde las palabras con las que nombra el amanecer y la tristeza del ocaso, el llanto del que nace y las lágrimas de la muerte, la humedad del amor y el temporal del olvido. Todo está en las palabras y si no se cuida la literatura no hay cultura, porque la literatura explica la cultura y le da sentido, porque la literatura es un espejo que pasa por el camino de la vida, porque en la literatura está la vida.

Y eso es lo que hace de Ibiut el más importante proyecto cultural del último cuarto de siglo en Úbeda: las generaciones del mañana tendrán que volver a Ibiut, como el que busca un tesoro largamente codiciado, para comprender que pensábamos los hombres y mujeres de la Úbeda que hoy es, para saber qué ocurría, para saber qué se sentía. Ibiut es, también, el testigo más importante de la historia de Úbeda desde la llegada de la democracia.

Pero Ibiut, con tener mucho de testimonio, no es sólo eso. Porque si así fuera, Ibiut podría pasar por revista de cotilleos o publicación periódica de anécdotas para una historia de Úbeda. Ibiut no es eso. O, al menos, no es sólo un recopilatorio de anécdotas y personajes. Por cierto, ¿si no hubiera existido Ibiut quién sabría dentro de cien años nada de ese hombre bueno que es Pepe El Loro? ¿O quién tendría noticias de Lagunillas o de la Paquera? Sí, Ibiut es ahí testimonio, qué duda cabe. Pero es algo más, algo trascendente, algo que se mira hacia dentro para crecer.

En 1959 Adorno criticaba una nueva forma de cultura, nacida para rellenar –simplemente rellenar– el creciente tiempo libre que iba quedando en las sociedades occidentales. Era el primer aviso sobre el riesgo que suponía una cultura industrializada o, más concretamente, una industria de la cultura, lo que en sí mismo puede ser una contradicción, porque la industria es mecánica y repetición y la cultura es voluntad creadora y espíritu que crece. Luego, Guy Debord acuñó el término de “sociedad del espectáculo” para referirse a esta en la que nosotros vivimos: una sociedad en la que todo puede mostrarse (buen ejemplo de esto son las televisiones), en la que todo puede venderse y en la que todo se considera como una simple mercancía de divertimento. Un espectáculo para pasar el rato, para rellenar el aburrimiento. Un espectáculo para no tener tiempo de encontrarnos con nosotros mismos, porque nos da miedo la profundidad en la que somos. Y habiéndole impuesto los industriales de la cultura la obligación de tener que divertirnos, la cultura degeneró en mero espectáculo, que puede traducirse en estúpida obra de teatro, en concierto de postín y lujo o en premio planeta de vacuidades y estupideces, tanto vale. La cultura se ha convertido en una mercancía, en un producto de escaparate que da brillo y esplendor… aunque dentro no haya nada que la llene y detrás no haya nada que la sostenga.

Pero la cultura no es eso. Es cierto que la cultura no tiene que ser algo aburrido, ni mucho menos. Es cierto que una de las virtudes de la cultura es que “nos hace pasar el rato”, sólo que llenándolo de contenido. Quien se haya leído El Quijote sabrá de lo que hablo, porque puede haberse reído a carcajadas mientras que eso insondable que nos hace personas se remueve y cosquillea en los hontanares del corazón. Pero la cultura puede “entretener” sin tener que pagar el precio de la superficialidad. La prueba del algodón que tiene que pasar un supuesto “producto cultural” es la de su capacidad para hacer germinar en nosotros un tallo desconocido de nuestro espíritu. El libro, el cuadro, el teatro, la música, que llegan, caen como semilla en pedregal y luego, lógicamente, desaparecen, no son cultura. El libro, el cuadro, el teatro, la música, cuando llegan y arraigan y nos hacen más yo, y nos hacen crecer y nos hacen madurar y no nos mienten acerca de nada, entonces son cultura. Podemos habernos leído un libro en un par de madrugadas y no olvidar nunca su mensaje: prueben a leer la trilogía de Primo Levi sobre Auschwitz.

Esto es así de fácil. O así de difícil, porque la cultura es algo complejo, es algo trabajoso, es algo laborioso, es algo de lento crecimiento, como los árboles que tanto aborrecemos en esta ciudad. Por eso, nos engañan cuando para hacer que la cultura llegue a las mayorías lo que se hace es rebajar el valor y el contenido de lo cultural: todas las personas tienen que llegar a la cultura, todas tienen derecho a emocionarse ante El Descendimiento de Van der Weyden o leyendo a Irène Némirovsky, y para eso lo que hay que hacer es elevar el nivel cultural de las personas no idiotizarlas. También es virtud de Ibiut el haber tratado siempre a sus lectores como personas inteligentes, algo que, desgraciadamente, no puede predicarse de otros muchos que se dedican a “crear cultura”. Urge que las personas reivindiquemos nuestra condición específica de seres pensantes, porque si no lo hacemos, corremos el riesgo de quedar reducidos a la mera condición de productos sin alma de una era sin esperanza. ¿Es demasiado tarde para esta reivindicación del pensamiento? ¿No hemos acumulado demasiados productos, demasiadas cosas que nos impiden encontrarnos con nosotros mismos, que es la base del pensamiento? ¿No hemos claudicado con demasiada facilidad de nuestra responsabilidad de ser, abandonándonos al afán de tener? No creo que en este mundo nuestro queden muchas oportunidades para la esperanza; pero aún así, es imprescindible salir a los caminos del siglo a buscar la humanidad que hemos perdido: tenemos más máquinas, más supermercados, mejores coches, grandes inventos… pero no nos conocemos, no sabemos quiénes somos. Y no lo sabemos porque nos han convencido de que la soledad es mala, de que el sosiego del alma y el mirarnos dentro es malo. Quien no mira en la dirección de su interior no se conoce y eso es lo que está pasando con el hombre del siglo XXI, que es un perfecto desconocido para él mismo.

Para volver a humanizarnos tenemos que reivindicar, frente al imperio de la tecnología, la humilde voz de la cultura. Pero de una cultura en la que esté presente todo eso que, precisamente, encontramos en Ibiut: reposo como el buen vino, dificultad, entrega, sacrificio... y capacidad para hacernos pensar y crecer, que es la más urgente tarea de nuestro tiempo. Ibiut es culturalmente ejemplar porque ha mezclado la investigación histórica y la elevación poética con la pura reflexión ética o filosófica. Y eso le ha hecho crecer, crecerse. Y eso nos ha hecho crecer con ella. Ibiut es como esa persona con la que no queremos pasar un rato de placer sino que deseamos que cuente los días junto a nosotros: esta revista no ha sido de lo que llega y se va sino de lo que se queda y crece, contando días junto a nosotros y haciendo que crezcan no nuestra cuenta corriente o el disco duro de nuestro ordenador sino el fondo de nuestra humanidad. De ahí su mérito, que es el de Ramón Molina Navarrete, de ahí su valor como realidad cultural.

Bueno, se preguntará alguien, ¿y sin tan alto es el mérito de esta revista, cómo es que ha resistido en una ciudad tan difícil e ingrata como Úbeda? ¿Cómo y por qué ha sido posible este proyecto continuado durante veintiséis años?

En primer lugar puede uno pensar que ha sido obra milagrosa. Sabiendo que durante muchos años Ramón ha representado el papel de Cristo en Maranatha pudiera ser que tuviera cierto enchufe con las alturas: así podría explicarse la permanencia de su revista. Pero no: para Jesús debió ser fácil convertir el agua en vino; y casi sin trabajo los panes y los peces que pasaron por sus manos se vieron multiplicados. Pero Ibiut no es fácil como un milagro, Ibiut no es sencilla. Más de ciento cincuenta números de una revista, por muy modesta que sea, son resultado de muchas horas de desvelo, de muchos favores pedidos y concedidos, de mucho trabajo que Ramón Molina ha realizado incluso cuando estaba enfermo, con el convencimiento de que, tras tanto tiempo andado, no se podía faltar a la cita con los suscriptores. Si me apuran, Ibiut ha subsistido por la cabezonería de un hombre: Ramón Molina Navarrete, que se ha negado a rendirse ante la falta de apoyo oficial y ante muchas puertas que habrá visto cerrarse durante todos estos años, de un hombre que habrá rezado más de una madrugada para que, ultimado un número, la dichosa informática no jugase las malas pasadas que suele jugar en los momentos importantes, dichoso invento del diablo.

Ibiut no es obra de un milagro, aunque sea un don que hoy, gracias a la imagen física unificada que nos ofrecen estos Índices, comenzamos a apreciar en toda su magnitud. Si fuese un milagro alguien podría decir: bah, carece de valor, ha sido fácil, eso está chupado, eso lo hace cualquiera. Y no, Ibiut no lo hace cualquiera porque es resultado del trabajo de un hombre, Ramón Molina Navarrete. Y para hacerla hay que tener su amor a la palabra, su amor a Úbeda, su amor a la cultura... y su capacidad para pasar horas y horas delante de la pantalla del ordenador.

Pero Ibiut no habría sido posible sin que en ella concurriera el amor de sus suscriptores y de las empresas que la han patrocinado desde el primer día de todos aquellos que en ella hemos escrito alguna vez, de los que para ella han dibujado o pintado. ¿Ven? Al final sale algo bien y todos queremos tener arte y parte en el negocio, y como Ibiut es algo que ha resultado bien, todos queremos que se nos reconozca nuestra parte en el asunto, aunque sólo hayamos escrito un puñado de torpes artículos. De todos modos, creo que sólo Ramón Molina sabe cuánto de justicia tiene este reconocimiento, porque él, más que nadie, está agradecido a las empresas que se anuncian en su revista, a los que alguna vez hemos escrito allí y a los que nos suscribimos a ella un día con el convencimiento de que, así, hacíamos cultura de verdad.

Al final, entre Ramón Molina, los que escribimos en Ibiut, Liderfil e Hipermueble y los suscriptores hemos hecho de esta revista algo de lo que pueden predicarse todas las virtudes de la verdadera cultura.

Porque Ibiut es una revista independiente: depende de sus suscriptores, pero no de la sopa boba de lo público, a la que tan acostumbradas están otras obras culturales que no paran de darse autobombo. Depender sólo y exclusivamente de sus suscriptores (y de un par de empresas) le permite dos cosas imprescindibles para todo proyecto que quiera presumir de cultural: primera, tener una ideología que la sustenta; segunda, concederse el lujo de dar cabida en sus páginas a opiniones de todas las ideologías. Puede que la independencia de Ibiut, su insobornable independencia, haya sido la mejor garantía de su permanencia.

Ibiut es, también, una revista con ideas. No hace falta ocultarlo: Ibiut, como alter ego de Ramón Molina, es una revista inspirada por los principios del humanismo católico. No podía ser de otra manera: Ramón es un creyente convencido y esa convicción suya se contagia a las páginas de su revista. Es bueno que una revista tenga “ideas”, y es bueno que las ponga de manifiesto. Ahora se lleva ocultar o esconder las ideas, para pregonar un falso centrismo o una imposible neutralidad. Pero la cultura ni puede mirar al centro político, que no es sino un vacío relleno con la vorágine del utilitarismo económico, ni puede ser neutral. La cultura, toda acción cultural, tiene que tener mensaje: o la cultura dice algo o es un cascarón huero que se desmorona con sólo tocarlo. Porque la cultura (ya nos lo advirtió ese hombre grande que fue Albert Camus) tiene que ayudarnos no a crear un mundo nuevo sino a sostener éste en el que vivimos, un mundo en ruinas en el que, nos guste o no, no queda esperanza porque han borrado de nuestros mapas los caminos que llevaban al futuro.

Si Ibiut es algo sólido es porque tiene algo que decir y lo dice, sin complejos, sin agachar la cabeza, sin mirar hacia otro lado. Podrá estarse de acuerdo o no con la concepción que inspira el proyecto cultural que Ibiut es, pero es innegable su valor moral y su coraje ético. Y así, completa Ibiut una trilogía imprescindible para discernir la verdadera cultura de la pseudocultura protegida por el ideario consumista: la cultura, para ser tal, debe ser independiente frente a los poderes públicos y frente a los poderes económicos, tan independiente que las más de las veces tendrá que denunciar el complejo sistema de colonización ética que imponen ambas instancias. Independencia, sí, pero también convicción y coraje ético, si es que la independencia no es resultado precisamente del tener convicciones y el coraje de ponerlas sobre el tapete de la historia.

Y luego, claro, la cultura tiene que estar aderezada con el don de la tolerancia. Un ministro nazi decía que cuando oía la palabra cultura echaba mano a la pistola. La intolerancia es el mayor enemigo de la cultura: allá donde se alzan los dogmas se muere la cultura. Más aún que el servilismo, más aún que la falta de valor y de coraje, la intolerancia agosta la delicada vibración espiritual en que la cultura existe. El servil de lo público o del sistema consumista puede trazar obras en las que encontrar algún contenido valioso para la cultura. El temeroso también puede alumbrar cierta cultura. Pero el intolerante no podrá hacerlo nunca: porque la intolerancia atenta contra las raíces mismas del hecho cultural, que supone apertura del corazón y del entendimiento. Crecer hacia dentro es abrirse hacia fuera, y para ello hay que ser capaces de mirar los ojos de los demás y pensar en sus razones y sus sentimientos. El creador de cultura, a la fuerza, tiene que ser una persona tolerante. Más o menos tolerante, pero necesariamente tiene que tener cierta capacidad para entender las razones del otro, para comprender que puede que en este mundo todo sea vano, para sugerirle a las profundidades de su alma que tal vez la verdad sea algo que tiene que ser buscado en comunidad de espíritus y no desde las atalayas inexpugnables de las verdades absolutas. El tolerante es, en gran medida, un desengañado, que el desengaño es una manera extraña de practicar la bondad: ¿recordáis el rostro de Cervantes? ¿o el de Velázquez? ¿o el de Machado? ¿o el de Delibes ¿No son los rostros de hombres que están de vuelta de casi todo? Sí, pero pese a ello siguen amarrados a algunas ideas fundadoras de la bondad, como es la de creer que por mucho que valga un hombre nunca tendrá valor más grande que el de ser hombre.

Si tuviera que ponerle un rostro a Ibiut le pondría el de uno de esos grandes hombres. Porque antes de volver al desengaño de un mundo postizo, ya practicó Ibiut la tolerancia: nació tolerante. Desde su convicción cristiana, ha dado cabida en sus miles de páginas, en los miles de artículos acumulados durante estos años, a todas las ideas: quien ha tenido algo interesante que decir ha podido decirlo en Ibiut.

Ahora, puede que Ibiut esté de vuelta de muchas cosas: si pensó que iba a ser acogida como un revulsivo de la cultura en Úbeda, ya ha desandado ese camino, porque aquí se premia más la cultura de artificio, que se eleva, estalla y desaparece en la noche sin dejar huella. Si nació con la esperanza de que iba a ser apoyada por el Ayuntamiento, ya se ha desencantado. Aunque tal vez el mayor mérito de Ibiut haya sido precisamente ese: que para sobrevivir no ha necesitado nunca la ayuda municipal ni de otras administraciones. Así, ha podido decir siempre lo que ha querido y cuando ha querido sin que ningún alcalde, ningún concejal ni ningún jefe de prensa haya podido recortar, podar, limitar, prohibir la publicación de artículos.

Termino ya. Creo que hoy es un día importante para Ramón Molina, que por primera vez ve reconocido públicamente el mérito, el valor de Ibiut. Creo que hoy es un día importante para la cultura de Úbeda: porque, ya lo dije antes, esta tarde se dan la mano Ibiut y la Asociación Alfredo Cazabán. Tenemos que animarlos a que sigan remando en esta dirección común. Sin duda, les estaremos agradecidos todos los que amamos la literatura. Y les estarán agradecidos los ubetenses de mañana.

Vivimos un tiempo que no ofrece muchas oportunidades a la esperanza. En su última novela Cormac McCarthy nos presenta un mundo devastado tras una catástrofe nuclear, en el que un padre y su hijo pequeño buscan un lugar en que poder ser felices, en el que poder comer y beber agua limpia, y caminan entre cenizas y ruinas camino del mar. Nuestro tiempo es ese tiempo de angustia, ese tiempo de incertidumbre. Pero tenemos que recorrer las carreteras de la historia y buscar. Y aunque nos sintamos, o nos sepamos, derrotados no podemos renunciar al gesto cálido de la humanidad. Busquemos, desde la desesperanza, aquello que nos haga mejores y un poco felices. Días como hoy, revistas como Ibiut y trabajos como el de Ramón Molina, Ramón Beltrán y Diego de la Cruz Martínez sirven para ello. No dejemos escapar las escasas oportunidades que el siglo nos va a ofrecer para que nuestro yo crezca: estamos solos en esto de la vida, pero Ibiut nos acompaña, y consuela nuestras soledades desde hace veintiséis años. Sabemos que es un soplo la vida, que veinte años no es nada y que lo nuestro es pasar haciendo caminos sobre la mar. Pero viendo los Índices de Ibiut hemos comprobado que, a veces, es posible arar hondo sobre la espuma marina de la historia. A todos los que han hecho posible esa cosecha, pese al tiempo y sus vendavales, muchas gracias.

Manuel Madrid Delgado

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