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La feria que todavía no ha sido

Nicolás Berlanga Martínez

en Pregones de feria. Úbeda, 28 de septiembre de 2010

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Permítanme, queridos amigos, de entrada plasmar en tres instantáneas a vista de pájaro el continente humano de nuestras calles durante los próximos días de feria. Ahí van: “vecinos, paisanos, conciudadanos”.

La primera, la palabra “vecinos”, lleva consigo como todo el mundo sabe la proximidad de habitación, la cercanía de residencia: en nuestras calles, en nuestros barrios. Los vecinos se mezclan con la naturalidad del contacto diario, de la empatía cotidiana. El concepto de “vecindad”, que regulaba nuestras relaciones cuando su número representaba un grupo abarcable de personas, ha sido ahora desbordado por una realidad más numerosa y por tanto, constatemos, que una parte significativa de nuestros vecinos actuales no han nacido en Úbeda.

Ser “paisano”, la segunda, es otra cosa. Constituye una marca indeleble de nacimiento y engloba a los nacidos en Úbeda con independencia de si continuamos o no viviendo de manera permanente en nuestro pueblo. Ser paisano tiene la ligera importancia de lo obvio mientras permanecemos por nuestras calles y plazas, y sin embargo, en el exterior multiplica su valor y con la distancia obtiene una carga de solidaridad cuasi irracional, cuando por azar o a propósito nos encontramos en algún lugar fuera de Úbeda.

Por último -la tercera instantánea- “conciudadano” es un concepto más reciente ya que suma a los deberes y derechos de vecinos y paisanos la fuerza de un mismo proyecto de ciudad.

Si dijéramos que la feria de san Miguel reúne a los vecinos de Úbeda, o a nuestros paisanos, nos resignaríamos a que entre los resquicios de estas dos definiciones se escabulleran las otras realidades que constituyen la Úbeda de 2010. Dejaríamos de lado la imperiosa necesidad de compartir una visión de convivencia, de utilizar la feria de san Miguel para insuflar energía a nuestro presente como ciudad en busca de un mejor porvenir.

Como pregonero de las Ferias y Fiestas de san Miguel de 2010, quiero empezar a desplegar mi texto con una llamada de invitación a todos: los del centro y los barrios, los de Úbeda y los de fuera, los emigrantes y los inmigrantes; y deseo hacer hincapié en el proyecto de ciudad compuesto por ciudadanos, por “conciudadanos”, que deciden hacer un alto una vez al año para celebrar unas fiestas que sienten propias; que aúnan pasado y futuro; que integran niños, jóvenes, adultos y ancianos; que pretenden dar cobijo a medianos y a pudientes; que representan finadamente el espejo de mestizaje, tolerancia y respeto de una ciudad habitable y acogedora en los albores del siglo XXI.

A eso vamos.

Estimado señor alcalde de Úbeda, queridos amigos Marcelino y Camelia.

Admirados concejales y funcionarios del Ayuntamiento, miembros de asociaciones de la sociedad civil, queridos vecinos, queridos paisanos, queridos conciudadanos de Úbeda, amigos:

Antes de nada, parece de obligada educación agradecer el privilegio otorgado de poder ocupar esta tribuna para pregonar las ferias y fiestas de san Miguel de 2010. Dadas las vicisitudes personales ya recorridas y las experiencias vitales atesoradas, bastante de ellas en común con algunos de los presentes, conocen de sobra nuestros regidores y pueden imaginarse ustedes que este pregonero que les dirige la palabra hoy no es persona dada a grandes algarabías, trastabilla en las sevillanas, le sobresale en carácter cierta seriedad educada en años tempranos de academias y cuarteles, es viajado y por tanto escéptico a los entusiasmos de masas y a veces puede resultar pesado con sus ideas preñadas de raciocinios intrincados e influencias formativas contradictorias.

En fin, me temo no ser la opción más indicada para ocupar la palestra esta noche.

Debe ser que la reciente y extensa nómina de pregones y pregoneros de nuestra ciudad alcanza ya su límite y por tanto no queda más remedio que tirar de quien no parece mas apto. En cualquier caso, vaya de antemano mi agradecimiento al señor alcalde y sus concejales; y mi aviso a todos ustedes.

No quiero tampoco pasar por alto en esta introducción la dedicatoria de este pregón a mis padres, Mariana y Manuel. Ellos han representado durante muchos años mi cordón umbilical con mis vecinos de la calle Fuente Risas y alrededores. Han animado siempre mi presencia y la de mi extensa familia en nuestra ciudad hasta conseguir una fidelidad a prueba de las mayores distancias. Encauzan también con habilidad el fluir placentero de comunicación entre los hermanos, mis admirados hermanos; en fin, disfrutan más que yo –y más que si fueran ellos mismos- el que su hijo ocupe esta distinguida tribuna esta noche. Permítanme, pues, que estas ideas en voz alta -que ellos quizás no compartan- vayan por ellos.

Quisiera agradecer igualmente a todas esas caras familiares, antiguos profesores de mi más alta estima, compañeros de infancia a los que me unen lazos estrechos, colegas y conocidos de madurez con los que se comparten ideas, proyectos y pasiones; amigos todos, respetados con la sinceridad del desinterés. Gracias por estar aquí conmigo esta noche.

Me imagino que muchos de ustedes han venido siguiendo la estela conocida y la franca simpatía del presentador Pepe Sevilla, paciente maestro de niños y fiel amigo junto a Maribel. Su amabilidad personal y su alegría transmisible son harto conocidas. Al pedirle esta presentación, sabía de su tirón para ayudarme a llenar esta plaza. Gracias, Pepe, por tus palabras, por tu afinidad y por tu confianza.
…………
Miren ustedes, el pregonero de antaño era un “mandado”; un paisano mas bien de la parte baja de la nómina municipal. El pregonero anunciaba, anticipaba, presentaba, informaba, citaba… pero básicamente transmitía lo que le habían ordenado.

Resulta que este noble oficio se muestra ahora reconvertido en figura de etiqueta y salón de actos que en vez de reproducir lo que otros han decretado da rienda suelta a sus propias ideas y reflexiones.

Parece habitual en estas circunstancias, para pregonar la feria de san Miguel, utilizar los recuerdos personales, las vivencias que toman el inexorable rumbo de la infancia y la adolescencia, las aguas calmas de otros tiempos y otras glorias.

Sin embargo, en mi opinión, el “patriotismo de la infancia” –en general- y el “patriotismo local” –en particular-, tienen muchas connotaciones. Se arriesga uno a veces a utilizarlos de manera oportunista, como una excusa para imponer una definición muy cuadriculada de la humanidad cercana y de uno mismo, para hacer creer que una manera determinada de vivir es la única posible.

Además los recuerdos de un ubetense que frisa el medio siglo están obligatoriamente cargados de fantasmas y desaparecidos, son un reino de vivos y muertos, de edificios que posiblemente ya no existan o conocidos que sentados en el quicio de sus casas quizás ya no estén allí para saludarme.

Tengo un agradecimiento sincero a la manera como crecí y a las personas cercanas que forjaron mi personalidad. Por consecuencia, no les descubro nada nuevo si les confieso que la inercia de caminar por las calles de nuestra ciudad acelera esa sensación íntima y emocionalmente contradictoria de sentirme parte de este entorno humano y urbano llamado Úbeda. Y esto raramente me ha ocurrido en alguna de las muchas ciudades donde he vivido o que he visitado.

Esta Úbeda de la que podría hablarles – y es aquí donde quiero dirigirlos, queridos y pacientes amigos- resultaría demasiado propia y al andar por ella quizás ustedes no se reconocerían.

Por tanto tomo otros derroteros, emprendo un rumbo diferente para abrir la puerta de la feria de 2010.

Espero que me perdonen la heterodoxia.

Reconozcamos que entre los muchos cambios de los últimos años, los seres humanos en estos principios de siglo XXI somos seres más viajeros que nunca. La globalización, el intercambio, la transferencia de cultura, costumbres o convenciones de un sitio a otro son inevitables en nuestros días. Así alguien ha dicho de forma muy gráfica y con cierta ironía que la educación más importante del presente es aprender todas las lenguas posibles y saber hacer la maleta en media hora.

Yo desde hace muchos años paso la mayor parte del tiempo fuera de este entorno donde crecí y al que estoy acostumbrado. Esta lejanía no evita sin embargo que repetidas veces mi relación con el mundo exterior adopte la forma de una dialéctica entre lo extranjero y Úbeda. Esto a veces significa una colisión y la mayor de las veces una simbiosis, un mestizaje, bendito mestizaje. En definitiva, para hablarles esta noche no puedo abandonar la piel del ubetense nómada que se ha ido desarrollando con los años y compartir con ustedes esta mirada viajera para iluminar el pregón de feria de 2010.

Valga como muestra que para estar aquí esta noche vengo de lejos, del centro de África, de un país llamado Camerún, que muchos de ustedes conocerán por su fútbol desenfadado y vistoso. Por cierto, contra el fatalismo de las noticias sobre África, espero perciban que he aliñado mis palabras con cierto aroma del inconformismo de las gentes africanas, de su estremecedora capacidad de supervivencia, de su nada resignada manera de vivir y divertirse.

Es este equipaje vital el que corrobora que no esté entre mis virtudes la de perderme en la tristeza del paso del tiempo que va implícita en la mirada al pasado.

En definitiva, un pregón preñado de nostalgia no es lo mío. Por tanto, espero no defraudarles si centro estas palabras en el análisis de nuestro presente para así sugerir ideas sobre la feria y fiestas de san Miguel de Úbeda del futuro: una especie de “pluscuampresente de futuro” –perdónenme la sutileza gramatical- o ese título que quisiera quedara como referencia de este pregón de 2010: “la feria que todavía no ha sido”.
……………..
La Úbeda actual, los ciudadanos que se dirigirán –o no- pasado mañana al ferial o que participaran en las múltiples actividades durante la próxima semana componen un rompecabezas de miles de individuos. Y reconstruirlo, lograr que encajen los ángulos de sus múltiples retazos es mi propósito esta noche cual intrépido pregonero.

Por lo pronto reconozcamos la variedad de nuestras gentes. La geografía física y humana de nuestra ciudad no cesa de evolucionar. La Úbeda de hoy ya no pertenece a ese núcleo duro del centro histórico alrededor de la plaza y sus aledaños, más bien se descubre en sus barrios, algunos de cuyos nombres nos podrán ser desconocidos: la atalaya, san Pedro, el barrio de la guita, la puerta del sol, las canteras, la alameda, el comendador, las vaguadas, el parque norte.

Y las reglas sociales, la ciudad antaño agrícola, comercial, funcionarial, no delimita con exactitud la realidad de nuestro presente: la Úbeda de hoy ha limado las diferencias sociales y ha realizado silenciosamente su proceso de desamortización para otorgar la tierra cada vez más a las manos de quienes la trabajan.

Nuestros jóvenes no son ya aquellos cortados por patrones de misa y mesa camilla si no que se identifican en dioses e ídolos más de acuerdo con sus compatriotas generacionales, de aquí y de allá, reales o virtuales, que con sus vecinos.

Esa Úbeda son muchas Úbedas, como cada hombre –como cada uno de nosotros- es muchos hombres.

La feria además no puede ser solamente sumatorio de ocios y consumo, porque de ser así, más valdría dirigirnos hacia alguno de los parques temáticos cercanos. Tampoco un interludio en los estudios o en el trabajo, ya que otros existen en nuestro calendario, desde las cercanas vacaciones de verano hasta las de navidad que pronto se nos pondrán al alcance de la mano.

¿Por qué entonces unas ferias en el siglo XXI cuándo si algo no nos falta son oportunidades para la diversión, las competiciones deportivas o lugares de encuentro para los intercambios comerciales?

La respuesta es que existen muy pocas ocasiones durante el año en las que los ubetenses se agolpan, se mezclan, se juntan de esta manera tan desestructurada y sin embargo uniforme; quizás la semana santa, quizás la feria. Pero en la semana santa hay autoridad, hay iglesia. Mientras en la feria es más fácil someter nuestra cotidianeidad a la corrección de la ironía.

Esa suma heterogénea de vecinos que pasean hacia el León atraídos por el imán del ferial, que descienden el Real en busca de espectáculos callejeros, que deambulan por atracciones y casetas sin las distinciones o los muros sociales inapreciables del devenir diario resalta la importancia de las fiestas de san Miguel como valor social. Un nuevo espacio público, un ágora de encuentro se ofrece a nuestros vecinos, visitantes y dirigentes para hacer ciudad durante la semana de la feria. Esto, que quizás siempre ha sido así, adquiere mucha más importancia en 2010 cuando vivimos bajo el influjo de los deseos y las verdades virtuales y donde la economía representa la tensión por la que fluyen la mayoría de nuestros anhelos y desdichas, la realidad pagana que diseña la bondad superior de nuestros hijos, de nuestro trabajo, de las hipotecas, de las vacaciones o el recibo de las nuevas compras.

Observemos con algo más de atención y fijémonos en las dos razones mayores que dan solución de continuidad, sentido y forma a la feria de san Miguel, sobre todo desde los tiempos no muy lejanos en que ciertos valores como pueblo predominan sobre los intereses de sus élites.

La primera es que son unas fiestas esencialmente municipales y por tanto exigen una mesurada pedagogía social en favor de valores ciudadanos, como la educación cívica frente al consumo individualista, el respeto al medio ambiente frente al derroche destructivo, la preservación del patrimonio, el respeto a los mayores y la fantasía de la infancia; y en tiempos de crisis, cierto criterio de igualdad en la oferta de entretenimiento y en los recursos financieros empleados.

La feria de san Miguel en este final de septiembre representa una magnífica, una impagable oportunidad de profesar en favor del sentido y el bien común. Sus grandes alas acogedoras como la fiesta pública, civil por excelencia de nuestro pueblo, ejercen la mejor de sus posibilidades para que la buena convivencia juegue sus mejores cartas. Por ejemplo propondría que las de 2010 fueran sensibles al ahorro energético, a la gestión cuidadosa de los desechos, a una exquisita presentación de nuestras calles, rotondas y plazas. La feria, así, se convierte en laboratorio de prioridades donde se experimentan opciones de gestión equilibrada y comportamientos sociales que van a imponerse durante el resto del año.

Y como fiestas municipales, es aquí donde el ayuntamiento, nuestros representantes y funcionarios, cargan con la nueva responsabilidad de diseñar políticas para que la suma resulte en una ciudad agradable, educada y respetuosa.

La segunda razón que da sentido a la pervivencia de la feria de san Miguel, en cierta forma consecuencia de la anterior, es que también deben ser integradoras socialmente, acogedoras para los del centro y los barrios, los de Úbeda y los de fuera, los emigrantes y los inmigrantes.

En este espectro de gentes de barrio y del centro, de ubetenses de cuna o adopción, de residentes o visitantes, ahora se suma la inmigración, fenómeno nuevo para nosotros y que está ligado a nuestro reciente progreso económico.

La feria, de nuevo, ofrece sus mejores galas para la integración de todos estos grupos humanos, incluida la reciente inmigración que puebla nuestros bares en verano, nuestros olivares en invierno, el cuidado de nuestros ancianos, nuestros supermercados durante los fines de semana.

Queridos paisanos: según el último censo municipal, 903 vecinos de Úbeda nacieron fuera de las fronteras de la Unión Europea: en Marruecos, Colombia, Argelia, Rusia, Bolivia, China, Ecuador, Mali, y así hasta un largo etcétera de 39 nacionalidades diferentes.

Reconozcamos que en su mayoría ocupan aquellas tareas que nosotros ya no queremos ocupar: recogen a veces ateridos de frío nuestras cosechas de aceituna, aceptan los turnos de trabajo que otros desechamos, mantienen abiertos aquellos servicios que requieren horarios destemplados u ofrecen rentabilidades menos atractivas. Las mismas ansias de supervivencia, esa aspiración legítima de todo ser humano de una vida mejor, la afanosa búsqueda de un porvenir para sus hijos que buscaron nuestros antiguos emigrantes hacia Europa son las que guían a los inmigrantes que pasean ahora por nuestras calles con tranquilidad.

Les pediría, amigos, que en nuestras apreciaciones y en nuestras reflexiones al hablar de la inmigración tengamos en cuenta que muchos de ellos –sobre todo muchas de “ellas”- saltaron desde entornos rurales humildes al extremo opuesto de nuestras sociedades occidentales liberales. Y ese cambio drástico, esa transición vertiginosa, las arrincona, las recluye silenciosas socialmente.

Nosotros también guardamos memoria de saltos culturales acelerados, de “bikinis” en épocas de velos negros, de la superstición del divorcio o del destape con boina. Por tanto, no las tratemos como fantasmas.

Qué estas ferias municipales no paguen con incomprensión a esos vecinos de Úbeda que conviven con dos culturas superpuestas, que navegan –a veces en sus propias casas- contra tradiciones desfasadas. Por favor, no demos altavoz a aquellos que quieren hacernos creer que su presencia entre nosotros es solamente un problema de seguridad. Ante todo, comprensión y generosidad. Y estimadas autoridades: no cejen en su empeño de hacer pedagogía social.

Si me dejan proponer –y me imagino que el pregonero cierta bula tiene para ello- yo en estos tiempos erigiría el día del “inmigrante” durante la semana de la feria; y les daría voz propia en su organización y exposición. Lejos nos quedan los días dedicados a nuestros “emigrantes” cargados de nostalgias y reencuentros. Afortunadamente no hacen falta ya dada la fluidez de nuestros desplazamientos y contactos. Invirtamos la moneda, demos cancha a esos que transitan ahora por nuestras calles, las más de las veces de manera soterrada e invisible. Ayudémosles en su integración abriéndoles puertas de participación durante las fiestas municipales.
…………
Razones poderosas hay en nuestros días para volver la mirada a la economía, la de nuestras casas sobrecogidas por la crisis y la de nuestro ayuntamiento con crónica invalidez de recursos que ni siquiera en momentos de boom inmobiliario pudo atesorar reservas.

Y hablando de crisis, diversión y alegría, me atrevo a compartir con ustedes uno de mis más íntimos tesoros fruto de mi bagaje de ausencia, de esas experiencias vitales en varios países y culturas de las que le hablaba en mi introducción. Pues bien, ese convencimiento personal me dice que la felicidad del ser humano no depende del nivel de vida ni de la renta per cápita. Afortunadamente habría que decir, porque si no, nuestro mundo estaría abocado al desastre.

¡Qué les voy a decir! Cuando éramos pobres, no hace mucho tiempo por cierto, cuando estábamos apartados del resto del mundo, cuando viajábamos menos, la feria también desprendía aromas de felicidad durante esa semana soñada de principios de otoño.

Si aceptamos que la felicidad de los seres humanos no discurre en paralelo con su poder adquisitivo, con su capacidad de consumo, entonces es erróneo animar a nuestros hijos a gastar más en la creencia que van a disfrutar más y a ser más dichosos durante los días de la feria. No olvidemos que los niños serán los artistas principales de los próximos días, desde que los gigantes y cabezudos se echen a la calle hasta que desaparezca esa última caseta que queda tenaz tras el día de san Francisco. Estaríamos yendo por el camino equivocado si privilegiáramos la cantidad sobre la calidad, el seguidismo sobre la imaginación, la dejadez sobre la educación cívica.

La cuestión en 2010 por tanto para nuestra concejalía de festejos no parece centrarse en rellenar un programa de fiestas siguiendo las líneas de años anteriores si no priorizar aquellas actividades donde los ubetenses se animen a participar. Muestras conocidas hay de ferias y fiestas donde la austeridad del dispendio no limita en modo alguno las posibilidades de la diversión y el entretenimiento. En tiempos de crisis esta llamada a la imaginación y a la participación ciudadana se convierte en recurrente y necesaria.

Más aún cuando de la feria se trata, si estas actividades sirven para engrandecer un entorno municipal que nos pertenece, un legado histórico cuya preservación crea unanimidad, un sentimiento de pueblo que trasciende el individualismo de las torres de papel y el consumismo como menor denominador común.

Y al hablar de participación, no resisto la tentación de introducir una reflexión en voz alta sobre la calidad de la política de nuestro pueblo.

Somos una comunidad con enraizadas ideas sobre cuál debe ser el devenir de nuestra ciudad. Representamos en carácter esa aleación tan ubetense a medio camino entre lo andaluz y lo manchego, donde se juntan esos figurantes dichosos del teatro de la vida que son el aceite de oliva y el vino, donde la altivez por el relumbrón de nuestra historia no evita cierta ignorancia para apreciarla.

Sin embargo, somos deficitarios en la participación política; pocos de nuestros ciudadanos, no siempre los mejores, muestran la valentía o la disponibilidad de dar el paso al frente y postularse candidatos a concejales de Úbeda. Diría más, la política municipal goza de mala prensa estos días y normalmente se le diagnostica salud delicada en círculos, tertulias y conciliábulos. Una primera y repetida acusación se centra en los partidos políticos y su cuasi monopolio de iniciativas y candidaturas. En mi opinión, la culpa debe ser compartida. Alguien debería preguntarse por qué en una ciudad donde conviven tantas asociaciones, cofradías, grupos, cooperativas, hermandades, por qué este activismo ciudadano no se transfiere –de la forma que sea- a la gestión municipal. ¿No será que nos puede todavía la desidia del debate, los miedos del “guerra civilismo”, las acusaciones del qué dirán? Me permitiría recordar –si esto puede ayudar a los indecisos- que conducir el destino de nuestra ciudad –eso llamado “política municipal”- es menos “política” y más “municipal”, menos de diatribas partidistas y más de pueblo, gane quien gane, gobierne quien gobierne.
Termino ya para que la feria pueda empezar.

Al finalizar este pregón, recuerdos y personas desaparecidas se quedan en el manantial de la memoria. Hablando de feria, cinturas que nunca se estrecharon o ilusiones que dejaron rescoldos nunca apagados mudaron hacia el respeto a lo diferente y así, el vértigo de las atracciones trasladó la mitología del viajero hacia el descubrimiento de otras culturas y países.

El resultado es que aquel niño inquieto que se paraba a escuchar en los coches de choque aquella canción de Atahualpa Yupanqui, cuya letra nunca comprendió entonces, que decía “Porque no engraso los ejes, me llaman “abandonao”. Si a mí me gusta que suenen, ¿“pa” que los quiero “engrasaos?”, o que osaba publicar prematuramente un artículo en el especial de feria del diario Ideal gracias a la gentileza del recordado Federico Adam, ese niño ha tenido hoy el honor de exponerles sus reflexiones sobre la feria de su pueblo.

Queridos paisanos: vivimos para progresar. Como mencioné anteriormente, el problema no es vivir de una manera determinada sino creer que es la única posible.

Reivindico, pues, unas fiestas de mestizaje y colorido, donde la imaginación pueda al dispendio, las casetas abran sus puertas de par en par a todos los visitantes, el alcohol no ahogue la creatividad y el acercamiento a niños y mayores, y la cultura tenga su espacio propio y privilegiado.

Una ciudad viva en sus gentes a pesar de los jirones de la economía, fluida en sus relaciones sociales, acogedora en sus hábitos y vecindarios. En definitiva, una comunidad de ciudadanos participativa, con instituciones públicas que aligeren las tensiones sociales y tejan en favor de un destino en común.

Esta noche, este humilde pregonero, venido de lejos pero que nunca se ha ido, busca animar a una vida más amable, a unas fiestas que no impongan nada a nadie más que las dulces mentiras dictadas por la piedad y el goce de vivir.

Queridos amigos: las palabras de este pregón de la feria de san Miguel no nos salvarán de la crisis ni de las promesas incumplidas de la vida. Pero al creer en una Úbeda más unida y con sentido de justicia, gobierne quien gobierne; una Úbeda acogedora y agradecida como si fuera posible la felicidad. Al dejar que la ironía, el sentido común -y el bien común- nos desvíen de las buenas costumbres y hagan desfallecer siquiera temporalmente las frustraciones cotidianas, comportándonos como si algo esencial de nuestra vida estuviera en juego durante los próximos días, lograremos misteriosamente ser más dichosos durante la feria que ya empieza. Muchas gracias.