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Juan Pasquau Guerrero

en Revista Vbeda. Año 8. Núm. 92, septiembre/octubre de 1957

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Alguna vez, como reacción al entusiasmo un poco bobo de las gentes hacia la velocidad —porque, en síntesis, la civilización nuestra no ha hecho otra cosa que incrementar velocidades, cuando su misión debiera haber consistido, parece, en incrementar objetivos— alguna vez, digo, como «protesta» particular hacia el «caen las marcas» que cada día aparece, con recuadro, en los periódicos, he estado tentado de hacer, por mi cuenta y riesgo, el elogio de la lentitud. Porque hace falta que la gente se de cuenta de que toda la gama campeonística tan en boga que acapara la admiración universal y que abarca desde la proeza del último cohete ideado por la balística hasta la «hazaña» del bebedor de cerveza contra reloj —diez botellas, diez en cinco minutos—, no supone ningún bien. Ni siquiera en última instancia, supone ningún progreso del hombre como tal. A todos esos «beatos» de la velocidad habría que preguntarles en qué emplean las horas o los minutos en que dejan de «correr». Uno cree, y tiene sus motivos para ello, que los que más aprisa caminan son, generalmente, los que menos cosas tienen en que ocuparse. Y de la misma manera que el campeón ciclista, en la aventura inocente de un «tour» fracasa en un sentido filosófico al triunfar en el sentido deportivo porque su victoria se reduce a regresar al punto de donde partió —y para ese viaje no se necesitan alforjas— y siendo su objetivo único llegar a la meta, elige el método paradójico de alejarse de ella, de la misma manera, la Civilización en todas sus pruebas de velocidad no hace otra cosa que dar vueltas sin finalidad conocida. Más velocidad en las vueltas cada día; pero ¿por qué?, ¿para qué?, ¿hacia dónde?. He aquí la cuestión... En el fondo siempre un propósito inconfesado de embriaguez. (¿Hay —digámoslo entre paréntesis— algo más idiota que la «rabia» del chofer que acelera la marcha, no porque tenga prisa, sino porque no le «adelante» el que viene zumbando detrás? Pues el mundo, hoy por hoy, anda en estas cosas... Y yo no sé por qué, pero me parecería bastante imprudente decir que «también entre velocidades anda el Señor». Él, lento y seguro Creador. Pastor Bueno que apacienta milenios...)

Pero, ¡adónde hemos ido a parar! El elogio de la lentitud que quede para otra ocasión. Hoy sólo queríamos glosar una de sus manifestaciones. La del correo antañón y amable. Es cierto que el correo, contagiado por el ambiente, también ha ido ganando velocidad y que una carta cualquiera rara vez emplea ahora más de dos fechas, dentro de un mismo país, hasta llegar a su punto de destino. Hay un orgullo muy explicable en el Cuerpo de Correos a causa de la prontitud de sus funciones... De todas formas el Correo tiene, comparado con otros servicios públicos más nerviosos, un ancestral prestigio de buena paciencia. Todavía el Correo pone más interés en la eficacia y en el esmero que en la rapidez. Todavía una carta es algo más sólido que un telegrama o que una conferencia telefónica. Y todavía el correo admite «paquetes» que nadie admitiría. He aquí, a este propósito, una noticia estupenda que copiamos de la prensa diaria:

«Londres, 10: Ronald Roden del Condado de Leiscesterhide, se ha mandado a sí mismo un caballo vivo por paquete postal para demostrar el buen funcionamiento de los correos ingleses. El caballo llevaba al cuello una etiqueta con la dirección del destinatario y en la grupa sellos por valor de seis chelines.»

No hace tanto tiempo había caballos para el correo. Ahora hay correo para los caballos. Henos ante un progreso auténtico en el que sin embargo, para nada juega la velocidad. Anotémoslo por lo confortador e insólito.

MIGUEL H. URIBE