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DE SAN JUAN DE LA CRUZ A TEILHARD DE CHARDIN

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Ideal. 14 de diciembre de 1974 (Pensamiento y opinión)

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Una mañana de este otoño he llevado a Luis Rosales —porque él así lo quiso— al lugar del convento carmelitano de Úbeda donde murió San Juan de la Cruz. Vi su emoción. Él casi la disimulaba pero yo me daba cuenta. Escribió Jorge Guillén que «ningún poeta español inspira una adhesión más unánime que San Juan de la Cruz». Quizá por eso Úbeda, un poco, es lugar de peregrinación para los poetas. Es curioso que el poeta granadino había venido a Úbeda a dar una conferencia sobre el «cante jondo». Fue una charla casi orfebral —frase a frase refulgente y enjoyelada— la suya; en la que el temario servía de pretexto al despliegue de un lenguaje alzado («Lenguaje heroico» llamaba Góngora a la poesía). Cualquier idea, concepto o argumento aguardan para hacerse de verdad egregios al «surge et ambula» del poeta. («Ya tiene luz la rosa y el gozo el río» es un verso de Rosales aplicable a la taumaturgia de la acción lírica sobre las cosas.) El caso es que no pocos asistentes salieron de la conferencia de Rosales con ganas de cante y de cañas de manzanilla, aun entre los más «profanos» en ese aspecto. Por eso yo, que conozco la profunda veta espiritualista de Rosales —de su poesía y del hombre que la hace—, pensé en las vocaciones poéticas que podrían producirse como consecuencia de unos comentarios suyos acerca del fraile que escribió la «Noche oscura» y «La llama» y el «Cántico». Medio se lo dije y Rosales sonrió con esa campechana bonhomía que hace de puente entre su delgada hondura sensitiva y «este mundo». Rosales tiene la habilidad y la gracia de pasar sin violencia alguna de su mundo a «este mundo». No le sucede lo que a Juan Ramón Jiménez, que, por lo que cuentan, resultaba insoportable cuando salía de su torre de marfil. Me contesta Luis Rosales, poco más o menos:


—Bueno, San Juan de la Cruz lo da todo hecho. Además de que él mismo pone la exégesis de cada uno de sus versos, la fuerza de su poesía salta a la vista y es de tal calidad que aun los pasajes que pudieran parecer más oscuros iluminan y hasta encandilan.


Recordé entonces aquella estrofa:


A la aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores
montes, valles, riberas
aguas, aires, ardores
y miedos de las noches veladores.
¿Espera alguien que le expliquen qué quiere decir San Juan de la Cruz con estos versos, para ser «conquistado» por ellos, para entenderlos en su pulsación profunda, en el ritmo dinámico, veloz, de las imágenes? Parece que esa agilidad y que ese viento amoroso —o mejor, místico— que levanta a cada una de las palabras enhebradas en la estrofa hasta hacerlas brillar como ascuas o como gemas, consiguen hacer de la poesía del carmelita una especie de sacramento menor. Los vocables, de por sí corrientes, no dicen aisladamente, uno a uno, nada que no aluda a su significado concreto. Engarzados por el poeta, trasmutan la idea y acosan como lebreles las más limpias y sutiles esencias: suscitan atmósfera. Se ve que el poeta, llevado de su ímpetu interior, crea primero el verso casi como en un «secuestro», en un rapto de la inspiración: puro éxtasis. Y la teoría, la explicación, como apunta Jorge Guillén, viene después. Primero San Juan de Cruz se deja llevar de su vorágine. Le brotan incandescentes las palabras. Y él, luego, a medida de que se van enfriando, va diciendo su sentido en las «declaraciones» correspondientes. Así sucede en el «Cántico», así en «La llama de amor viva», así en la «Noche oscura del alma»...


A propósito de la metodología espiritual que entraña la «Noche oscura», es curioso encontrar en tratados más actuales —por ejemplo, en Teilhard de Chardin que, aparentemente al menos, pertenece a un meridiano espiritual muy distante del carmelita— consideraciones que parecen casi calcadas de la «Noche oscura». En «El medio divino», Teilhard de Chardin escribe: «Dios, para penetrar definitivamente en nosotros, debe ahondarnos, vacilarnos, hacerse un lugar. Para asimilarnos en El debe manipularnos, refundirnos, romper las moléculas de nuestro ser.» ¿No es esta la «técnica» de la «Noche oscura» que va haciendo vacíos en el alma, promulgando renuncias, haciendo lugar, sitio; ahondando hoyos para la plantación del árbol del genuino Amor de Dios, de ese Amor que levanta su fronda y su fragancia en el «ameno huerto deseado» del «Cántico»?
Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada.
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fue violada.
Audacísima estrofa en cuyo simbolismo está como resumida toda la teología de la Redención. Es bueno, sí, encontrar algunas veces en un Teilhard imágenes parecidas a las del carmelita, aunque de una fuerza poética muy inferior o, por menor decir, sin fuerza poética. Por ejemplo, el «Niégate a ti mismo» evangélico, que tan apasionadamente traduce la «Noche», no pasa en Teilhard de Chardin de ser expresado con estas palabras: «factor esencial de vivificación que es en sí una fuerza universal de disminución».


Luis Rosales me decía que San Juan de la Cruz —su poesía— lo da casi todo hecho. ¡Qué cierto es! Si nos pusiéramos a explicar exhaustivamente sus versos, los echaríamos un poquito a perder.