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GENTE PARA TODO

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Ideal. 21 de enero de 1973

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Se cuenta de «Guerrita» que dijo a un aristócrata: «Usted, tal vez sea duque, pero yo soy torero». Y Rafael Gómez «El Gallo», como ocasionalmente asistiese a una tertulia de café dirigida por Ortega y Gasset, dícese que preguntó a un amigo: «Y ese señor, ¿qué es?». «Ese señor es Ortega y Gasset; es filósofo», se le contestó. Y, entonces, el torero exclama: «Hay que ver, ¡hay gente para todo!».

Es la suerte. Que cada uno tenga su alma y, además, su almario. Además es hasta divertido que siendo el mundo el mismo para todos y teniendo cada uno los ojos igual y debajo de la frente, resulte luego que la visión varía según la persona. Cada sujeto viviente es una especie de transformador. Usted pasa junto a un olivar y, como es un economista, calcula su rentabilidad a la vista de la mayor o menor abundancia de su fruto o de la menor o mayor veteranía de su añoso tronco. Pero, vamos a ver, ¿es usted más objetivo que el poeta que pasa después y en lugar de medir la producción aceitera del árbol de Minerva se pone a medir los versos par el poemita que le inspira? La realidad tiene muchas vertientes. Y cada sujeto se fija en la que ve mejor, en la que más cerca tiene o en la que le conviene más. ¿Por qué el hombre práctico va a ser más objetivo o más realista que el soñador? Es distinta la realidad del dinero a la realidad de un entusiasmo, de una emoción o de una ilusioncita por pequeña que sea; pero realidades son todas y no por distintas se excluyen. Y, si es estupendo por algún motivo ser duque, ¿cómo no va a serlo ser torero, filósofo, profesor de matemáticas o albañil? Cualquiera hace su elección de estado, profesión u oficio. Lo que quiere decir que cualquiera acomete la realidad por una esquina. Pero al decidirnos por una esquina, es que hemos eliminado las restantes. Elegimos para transformar, o digerir, una parte. Y, ¿cómo transformamos? Pues... sujetando. Sujetar es meter el objeto en el sujeto. Keyserling se enfadaba contra los fanáticos de la objetividad. ¿Cómo vamos a ser objetivos —exclamaba— si somos sujetos y no objetos? Por cierto que Keyserling, oponía la subjetividad del modo de ser meridional al prurito objetivista, cosificador, del mundo anglosajón. Veía venir la avalancha tecnicista y se llevaba las manos a la cabeza. Y se las estrujaba en busca de un remedio.

Albert Camus, que logró grandes cosas, entre ellas la de ser un excelente novelista, no consiguió creer en Dios. Pero creer en Dios es fácil. Probablemente basta una pequeña iniciativa por nuestra parte: es suficiente salir a su encuentro, dar un par de pasos para verle venir y... seguirle. Aunque Camus rehusó ese par de pasos, su lógica le dictó estas palabras: «El único artista realista sería Dios. Al hombre no le es posible reproducir la realidad sin practicar en ella una elección». En efecto, sólo Dios dispone de todas las perspectivas y por eso nuestros realismos son de «vista parcial», de fragmento, de detalle. Nadie ve, simultáneamente, toda la Catedral: tiene que mirarla poco a poco, y sucesivamente. Tampoco ha visto nadie la naranja entera. Ni la cara completa de su interlocutor (y por eso Picasso, exasperado de ansias realistas, pintaba de frente los perfiles y los frentes de perfil. Y desnuda cuando viste y viste cuando desnuda).

Todo esto de la convivencia, de la tolerancia, de la comprensión, obedece a la necesidad de que completemos nuestros particulares puntos de vista con los del vecino. Hay gente para todo, precisamente porque todo necesita de gente. Y de gente diferente; es decir, de hombres que aporten su variante. En el vasto Cosmos, la auténtica novedad fue la vida, porque fue ella quien trajo la variedad. Pero, ya en la variedad, la genuina excelencia es la humanidad. Y lo es por el hecho de que cada hombre trae al mundo una diferencia chica o grande con respecto a sus semejantes. Que es lo mismo que decir que cada hombre es un mundo, o sea, una persona. Luego, se impone la estupenda paradoja de que, precisamente por ser distintos, es necesario que nos entendamos, que nos penetremos y nos encajemos: que seamos conscientes de que nuestra calidad de mundos vistos al envés, no nos quita nuestra limitación de suplementos. Porque suplementos somos vistos de través. ¡Ah! Si el amor es un imperativo, si urge que nos queramos es porque nuestra mejor excelencia —ser personas— puede convertirse en nuestro peor peligro: ser puros egoísmos andantes y pensantes.

Muy bien. Colaboración, concurrencia de criterios, comprensión, mucha comprensión. Así puede moverse, y alentar, y respirar, esa aparente entelequia llamada amor. Pero llega Schopenhauer y se plantea el problema de los insensatos. ¿Qué hacemos con los imbéciles? ¿También hemos de darles su parte de razón? Y, ¿cuál es su porciúncula de verdad? Lo peor que tiene el imbécil es su impenetrabilidad. Si es impenetrable, parece imposible influir en él. Entonces, Schopenhauer, da su receta: «No puedo cambiarle, voy, pues, a utilizarle». Lo cual viene a decir que ni al tonto hay que desecharle como chatarra.

...Y aquí no termina el cuento porque de tontos, como de gustos, no hay nada escrito. Somos poliédricos, polifacéticos. ¿Quién no es tonto por alguna de sus caras? ¿Quién no es necio por algún costado? ¿Hay alguno? Que tire la primera piedra.