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El Confundecuentos

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Jaén. 5 de marzo de 1976

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En García Serrano leí por vez primera la palabra: confundecuentos. Respecto a los «cuentos», hay quien los cree historia, engañándose para engañarnos; hay quien los mantiene en el límite de lo que son, para divertimento privado o público. Y hay quien, de propósito, los deforma, modifica, ensambla y añade de tal forma que los constituye en eso que en las tertulias y mentideros serían algo así como el cocinero que diese a la pata de cordero sabor a muslo de pollo y olor a costilla de cerdo. Decía don Eugenio d`Ors que, antaño, en ciertos mesones castellanos se ponía en un cartel, para conocimiento del viajero: «Se sirve aceite, pan y lo que cada cual traiga». Bien; pues un «confundecuentos» se caracteriza porque aporta su pretendida razón —que es casi siempre una real mentira— al menaje de uso común. Y se pone a demostrar lo que quiere, importándole poco, en última instancia, que lo crean, porque él a lo que va es a que lo oigan. Y no por otra cosa sino porque, mientras lo oigan, quien habla es él. He ahí la vanidad; yerra en las cuentas y trabuca los cuentos, pone patas arriba la lógica, manipulándola por dentro, «operándola», cortándole la tripa aquí o allí. ¿Para qué? Piensa el vanidoso «confundecuentos», lo que aquel personaje: «Poco me importa que se hable mal de mi, con tal de que se hable de mi».

Parece que Jaspers enseñaba que la filosofía «enseña a confeccionarse a sí mismo». ¡Ah, pues eso es difícil! Se necesita mucho rigor, mucha libertad interior y mucha brújula... Entonces es más sencillo «confeccionar el mundo», opinando de todo, en continua irresponsabilidad. Resulta fácil, cuando se es frívolo y cuando superficialmente se ha hecho uno cargo de cuanto por ahí circula visible y ruidoso, dar un dictamen de «cómo va la vida», a tono con la circunstancia. Cuatro o cinco tópicos con brillo nuevo bastan. ¿Nadie va a poner luego demasiados peros a esa «opinión» hecha con vistas a la galería y al asenso de los más, es decir, «haciendo cosquillas» donde halaga a los más, aunque sea haciendo reír a los sensatos que —claro está— son los menos?

Sí; ciertamente, la sufrida minoría de quienes piensan pensando, en lugar de opinar despensando, siente guasa ante los amasijos del «confundecuentos», pero se abstiene de reír en voz alta porque, quizás, no merece la pena...

Si nos atuviéramos a nosotros mismos, si nos empeñásemos en la tarea de hacernos con paciencia, ¿cómo íbamos a perder el tiempo «arreglando el mundo» con todos esos «materiales de derribo», llevados al barnizador y con trapos traídos del tinte? Bulos, noticias, novedades, cuentos con arreglos de peluquería, hechos invertidos, pasando por el rodillo de las malas lenguas, de las torpes intenciones, de la mordaz crítica. Así circula la calumnia. ¿Qué importa a los calumniadores que Jaspers siga predicando: «Filosofar empalma con el fondo de nuestro ser y transforma nuestra obra interior»?