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POLVO ILUMINADO

Juan Pasquau Guerrero

en Polvo Iluminado [Gráficas Bellón] . Úbeda, 1948

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Un «sistema de sombras organizadas» ha llamado Carlyle al cuer­po del hombre. Blas Pascal, un poco más objetivo, se consideraba, a sí mismo, «caña pensante» y elucubraba sobre la grandeza y la peque­ñez de esta naturaleza nuestra, anegada romo una gota microscópica en la inmensidad de la Creación y que, sin embargo, es capaz de com­prender al Universo. Miserable es el hombre, pero si sabe conocerse en su misma miseria, ella le redime, le dignifica. Esas partículas de­leznables de polvo que flotan en la habitación, ¿no acaban de transfi­gurarse, ahora que han sido alanceadas por un rayo de sol? El polvo siempre será polvo, nunca será más que polvo; pero cábele ser polvo iluminado, que, pese al boicot que le tiene declarada nuestra carnali­dad, está propicio, en todo momento, a filtrarse por cualquier rendija. Miserable es el hombre, sí. «Memento homo qui pulvis erit...» " «Acuérdate hombre que eres polvo», nos reprocha la liturgia católica del Miércoles de Ceniza. Y, sin embargo, la misma religión declara el dogma de la resurrección de la carne que es algo así como un seguro de inmortalidad que garantiza esta vida completa —alma y cuerpo—, que si se disocia es sólo que se soterra para reaparecer inmarcesible y depurada en el día quieto —sin oleaje de tiempo— de la eternidad. ¿Será entonces cuando se hará realidad aquella jerarquía del Cuerpo sobre la Carne, que trata de instaurar la filosofía sutilísima de Eugenio d'Ors? Aquí abajo, en la Tierra, las oscuras fuerzas del instinto, las animales tendencias misteriosas, dijérase que tienen ocupado militarmente el cuerpo. El cuerpo y la carne se identifican, casi son una misma cosa. ¿No será posible una sensación del Cuerpo purificado de la carne? ¿Po­drá alguna vez deleitarse el hombre en la belleza pura del cuerpo, en una belleza liberada al fin de la tiranía demagógica de los instintos?

No hay nada de nihilismo, claro está, en la ceremonia litúrgica de la imposición de la ceniza. El nihilismo deja al alma en una completa orfandad filosófica. Y la Iglesia, ante todo, es Madre: la Santa Madre Iglesia. La filosofía de la Madre no puede basarse jamás en conjetu­ras. Por eso no fluye, ni cambia, ni torna. Es roca estructurada en so­lidez de dogmas; es atrevido acantilado teológico, invariable, y no hier­ba flotante y versátil, a la deriva en el océano agitado de las opiniones. Y, ¿cómo la Iglesia es Madre, Santa Madre, si no oculta la verdad que entra por el sentido: la verdad de nuestra mentira, la falsedad de es­te engreimiento efímero del polvo? ¿cómo no allegará remedios para la miseria? ¿cómo podrá dejar huérfano a este espíritu, preso del polvo que se reconoce luz, que sabe que es luz envuelta en tinieblas?

Separar las tinieblas de la luz. En el Génesis de la vida espiritual este es, quizá, también, el primer paso. Separar las tinieblas de la luz. Todo, en la vida ascética cuaresmal que comienza ahora, puede redu­cirse a esto. Porque las tinieblas y la luz están juntas. El cuerpo y el espíritu se hacen guerra porque la carne ha sembrado la cizaña. Crecen al par el trigo y la cizaña. Y no hay virtud que no esté jas­peada de imperfecciones.

«Acuérdate hombre que eres polvo» nos dice la Santa Madre Igle­sia. Pero insistamos, cabe un remedio contra la miseria de ser polvo: el de ser alanceado por un rayo de sol. Puede entrar el sol por cual­quier rendija... Y, verdaderamente, «la Gracia se filtra por las pare­des». Polvo somos, mas bienaventurados nosotros si somos polvo redi­mido.