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¡UNA ROMERÍA TAN GRANDE PARA UNA VIRGEN «CHIQUITILLA»!

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Jaén. 20 de mayo de 1948

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Habían aparecido ya las primeras estrellas, y sobre el azul tibio de prima noche, ensoñado de luna, se quebraban los cohetes en tecnicolor. ¡La Virgen de Guadalupe llegaba al Hospital!

Sí. La Virgen de Guadalupe llegaba al Hospital de Santiago. Se repetía la tradición. Se reiteraban los viejos motivos del entusiasmo, del fervor, de la devoción popular. Y eso a pesar de que este año teníamos novedades... Al tronco añoso, ancestral, se enroscaba la hiedra joven. Era la primavera misma, enmarcando la historia; lo vital, injertando su savia en lo venerable; lo juvenil poniendo su color y su calor sobre el avellanado simbolismo de las cosas viejas.

Yo se que la devoción religiosa no puede morir. Pero hay algo en el fervor popular —humano, al par que divino— hay algo en la tradición y en las costumbres, por viejas, por arraigadas que parezcan, que las somete a la inexorable regla: las tradiciones también se gastan, también se mueren si a tiempo no acertamos a renovarlas, si con nuestra propia iniciativa no imprimimos dinamismo nuevo al movimiento uniformemente retardado de las remotas empresas. Porque no hay que considerar siempre el pasado con esa especie de veneración jansenista que impide, por inaccesible, cualquier acercamiento o contacto con el presente. La tradición, si no opta por convertirse en definitiva caducidad, debe aceptar la colaboración que la modernidad puede brindarle. El pasado, por paradójico que parezca también debe ponerse al día.

He aquí, pues, que al tradicional traslado de nuestra Patrona, la Santísima Virgen de Guadalupe, desde su Santuario del Gavellar a Úbeda, se le ha confeccionado, por así decirlo, una modalidad, un traje nuevo. La verdad es que el traje antiguo —el de «la bota no lleva gota, el del pepino no lleva vino»— le estaba ya a la tradición muy viejo y no conviene consagrar lo viejo por el solo hecho de que es antiguo... Ahora, repito, la típica costumbre, ha estrenado un estilo: el estilo de romería.

...Y ¡qué romería! Así, de buenas a primera, cuando todo podía ser temor ante la improvisación, ante la espontaneidad, ante la falta de preparación, el instinto artístico de los ubetenses ha dado en el clavo sin dar antes ninguna vez en la herradura. Todo, verdaderamente, ha resultado perfecto. Era la primera vez y parecía ya cosa de siempre. La delicadeza y el buen gusto, el sentido estético y la más pura gracia andaluza, —andalucismo, sí— de esta Úbeda ecléctica que sabe, como gran señora que es, estar a todo, han impreso, a las primeras de cambio, imperecedero carácter a este magno alarde ubetense que muy pronto podría colocar a nuestra romería a la cabeza de las andaluzas.

En presencia del Gobernador Civil de la provincia, llegada ya la comitiva al Hospital de Santiago ante la tribuna situada al efecto, tenía lugar el vistoso desfile final de las treinta y tantas carretas iluminadas. Yo pensaba, un poco emocionado, en la alta calidad aristocrática de esta ciudad, dúctil en todo momento a cualquier influencia espiritual, propicia siempre a toda sugerencia lírica. Y un hombre del pueblo, mientras, a mi lado, exclamaba encandilado por la esplendidez que se ofrecía a sus ojos:

—«¡Una romería tan grande, para una Virgen tan pequeña..!»

Eso; eso. Allí estaba la urnita de la Virgen. Allí estaba la Virgencita pequeña, pequeña, en honor de la cual Úbeda entera se agiganta. Todo el entusiasmo popular convergía en aquel irradiante centro maravilloso. Era un derroche de gracia, de finura, en prueba de amor a su Reina. ¡Ah, esta Úbeda que tiene fama de sobria, de austera! Al fin y al cabo, como fondo de tanta galanura, estaba el monumental edificio de Santiago, imponente y escueto, ratificando con su prestigio histórico y artístico, la alegría de esta estampa de color. Castilla, en una palabra, dando el visto bueno a Andalucía. Y, como señal de esta aquiescencia, las torres vigías del soberbio edificio —tantas veces castigadas por el viento— se iluminaban a la luz de los potentes reflectores y las bombillas de color ponían una nota verbenera en el surtidor, en el trazado de la airosa arquería renacentista. ¡Un día, el Hospital, la casa del dolor, añoraba remembranzas de pasodoble! Era para celebrar la visita de la Virgencita pequeña que, unos momentos después de la llegada, recorría, una a una, en emotiva peregrinación, las camas de los enfermos, portada por nuestro alcalde y primeras autoridades. Porque es lo cierto que todo el esplendor externo, toda la pompa profana no era sino la aparente cobertura de un cálido hervor de anhelos y plegarias...

¿Enhorabuena a quien? Naturalmente, en primer lugar, a nuestro don Pedro Sola que tan decidida, tan fervorosa, tan ahincadamente sabe organizar y ambientar estas estupendas manifestaciones en que lo popular, rechazando el maridaje de lo populachero, se aúna con lo espiritual y estético. Enhorabuena a ese genuino director artístico, alma y luz de estas cosas, que se llama Juan de Dios Peñas. Enhorabuena al comercio, a la industria , a los gremios, a las entidades agrícolas y a los particulares que tan generosa, y tan jubilosamente han puesto a contribución su depurado gusto y devoción para con la Virgen de Guadalupe. Enhorabuena, en fin, especialísima, a la directiva y digno presidente de la cofradía, don Sebastián Hurtado, cuyas ilusiones y proyectos culminan en tan francas realizaciones.

Úbeda tiene ya su romería, su espléndida romería. Que sea por muchos años.