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LA ERA DE LAS NOTICIAS

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 18 de junio de 1968

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El invento del telégrafo puso en marcha la Era de las Noticias. La noticia funciona como alcaloide de nuestra época técnica. Pero ¿qué es, realmente, una noticia? ¡Vaya pregunta! Un intermediario. Un intermediario que, como todos, encarece —en el mejor sentido de la palabra si se quiere— los productos: en este caso, los sucesos. Porque antes los hechos valían lo mismo que ahora, pero costaban menos; es decir, no tenían tanto aprecio, tanta importancia declarada: carecían de marchamo. Y ni se importaban ni se exportaban, claro. El caso es que desde que los hechos son materia prima para la noticia, enseñan una apariencia mayor, ya que llegan peraltados y dignificados por el brillo publicitario. Además, vienen vivitos y coleando. Así, ¿quién no se hace cada día de noticias nuevas y quién sin ellas vive a gusto? La dificultad está en que no hay atención, no hay miradas bastantes, no hay oídos suficientes para la sobreabundante oferta informativa. En nuestra «sociedad de consumo» las noticias son indispensables, pero resultan excesivas y, además, en conjunto, carísimas por el tiempo y el dispendio cerebral que les dedicamos. He aquí una nueva «problemática» en este tiempo de problemáticas...

Durante las guerras napoleónicas —por no irnos demasiado lejos— ocurrían hechos muy trascendentes. No obstante, la mayoría de los contemporáneos tardaron en enterarse, por lo menos, dos meses de la batalla de las Pirámides. Los llamados medios de comunicación social estaban en mantillas y, por tanto, la información quedaba para la Historia y no era distribuida «al detall» en las noticias. La gente no gastaba sus nervios y aguardaba tranquila. Lo contrario que ahora, cuando nos impacientamos hasta saber no ya el resultado de una batalla, sino el último tanteo de la quiniela o el primer clasificado en el festival de la canción. ¿Es que vale más un cantante que Napoleón y más un gol que... Leonardo da Vinci? No, sino que entonces, en 1798 o en el Renacimiento , no había «noticias» o no estaban programadas; no existían intermediarios. No disponía la Italia del quinientos de periódicos que trajeran titulares a toda plana que dijesen: «Eh, señores, vivamos en una Era nueva: ha llegado el Humanismo», o «¡Atención! Se ha pintado “La Gioconda”». (¿Es que de la llegada del Humanismo se enteraron los humanistas?) En cambio hoy, ya lo ven ustedes: todo el mundo conoce en los anejos de Vitigudino el porcentaje de votos obtenidos en las últimas elecciones presidenciales de Francia por Gaston Defferre. Pero, ¡qué digo!; un simple grano en la mejilla del señor X, de profesión torero, es quizá causa suficiente para inundar el planeta de sonoridades y de letra impresa.

Muchos llaman a esto la vibrante actualidad. Pero, ¿van las noticias siguiendo a los sucesos, o los sucesos en busca de las noticias? Lo más curioso es que este «boom» noticiable está consiguiendo que no nos enteremos íntegramente de nada. Es natural, porque son tantas las novedades que no pueden detenerse y se desplazan en seguida para dejar sitio a las que, urgentemente, empujar detrás gritando fuerte. Llegan veloces, pero se van más aprisa aún. Pasan, pero no posan. Cuando lo bueno sería que cada suceso posase calmosamente ante nosotros y así pudiésemos observar bien sus facciones hasta decir: «Me gusta, no me gusta, esto es justo, me parece que esto es auténtico, estimo que aquí hay un error...» Pero no es posible. Y si nuestro juicio ante cualquier suceso tiene que ser incompleto, y como tal errado, ¿cómo vamos a distinguir entonces las voces de los ecos? (Y si alguien, durante cinco minutos, ha visto pasar veinte o treinta muchachas más o menos bonitas, ¿podrá decir de qué color eran los ojos de la tercera que pasó?)

Cualquier hecho precisa de un espacio vital y, por decirlo así, de un tiempo para la contemplación. Me pregunto si un Newton atareado, envuelto en noticias, nacido en pleno siglo veinte, hubiera sido capaz de inducir del hecho de la manzana caída sobre su frente la ley de gravitación. Pienso si la multitud de sucesos apretados e importantes de la primera página del diario o de la primera emisión del telediario le dejarían tranquilidad para irse a la sombra del árbol. Y si su cerebro estaría lo suficientemente libre para poder dedicar cinco minutos a un único suceso. No se puede erigir una categoría sirviéndose de cien anécdotas simultáneas y diferentes. Es deteniéndose en las cosas una a una cuando nos hallamos en condición de arrebatarles su secreto. Aunque las cosas sean tan elementales como una manzana madura que se desprende de la rama...

—¿Viste que chopo tan espléndido?

—Mira; agárrate bien al volante y déjate de bobadas.

Efectivamente, la velocidad nos permite ver casi todos los álamos de la carretera, por con la exigencia, casi bajo el peligro de muerte, de no mirar ninguno.