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HAS CRECIDO POCO...

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Jaén. 29 de junio de 1957

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Para Juan Castañeda Hueso, nuevo sacerdote.

Verdaderamente, Juan, desde entonces, has crecido poco. Entonces eras el más pequeñito en estatura de la clase y ahora...; ahora no pareces todavía un cura. Más bien, quien no te conoce te toma por un seminarista en vacaciones; de los filósofos en todo caso; ni siquiera de los teólogos.

Pero estos últimos años han sido el estadio de tu velocísima carrera a través del tiempo. ¿Qué hemos hecho mientras nosotros, los que hace diez o doce años poníamos en tu alma los primeros cimientos de tu sólido edificio espiritual? No hemos hecho nada ni hemos cambiado apenas. Eres tú el que ahora, te has plantado de pronto, delante de nosotros, con tu traje talar, con tus manos ungidas. ¿Han pasado los días en balde? Quizás; pero tú, en ese espacio de tiempo, has verificado en tu alma la máxima transmutación, la más estupenda alquimia; has hecho un presbítero del niño que llevabas dentro. No eras entonces todavía un hombre; pero ahora has rebasado al hombre. Recuerdo cómo, en Málaga, en la colonia escolar, llorabas un verano. ¿Hace once años? Se te había roto tu pequeña linterna. Llorabas inconsolablemente.

¿Qué viento ha soplado en ti? Porque, desde aquel día has sido tú quien ha ido rompiendo cosas... ¡El mundo!; ¿No era el Mundo la mejor cosa –brillante, redonda e intacta- que se ofrecía apetecible a tu adolescencia? No llegaste a hincarle el diente a esa cosa tentadora porque una oculta sabiduría que ya llevabas dentro te hizo encontrar la trampa. Tú, Juan, diste con el resorte descubridor del embuste y el artefacto, tan brillante por de fuera, se te mostró tal cual era. Se te abrió el mundo –rompiste tú su cobertura amable- y te encontraste con la ceniza de que está lleno. Y no lloraste, al mostrársete el mundo roto, como lloraste al encontrar la miseria de tu linterna desbaratada. No lloraste; te fuiste al seminario. Claro que sí: has crecido poquísimo desde entonces. Tu voz es la misma; sigues hablando un poco entrecortado casi con igual timbre. Lo que sucede es que ahora tus palabras llevan clavado en el costado el plomo de Dios. Dios te cazó gloriosamente, Juan Castañeda. Dios te cobró amorosamente porque el Señor –arquero divino- sale de caza cada mañana... ¿Qué sentiste al notarte herido? Brotó sangre; mucha sangre oferente por la herida abierta de tu vocación sacerdotal. Es una herida que no se cierra, que no debe cerrarse nunca. ¡Ay si se cierra! A lo largo de estos años, “desde entonces”, tu herida ha sido una puerta sin descanso. ¡Cuánta teología, cuánta doctrina, cuánta Vida, cuánta Verdad ha traspasado de fuera adentro sus umbrales! Y, ¡cuánta pasioncilla, cuánta mentira, cuánta sangre –sangre enferma-, sangre de humanidad caída, la ha traspasado de dentro a fuera! Hasta lograr –tú lo dijiste el día de tu primera misa con estas o parecidas palabras- expulsarla para que Cristo entrara. Una a una, tus cosas rotas, derrotadas iban brotando por la herida que el Arquero Divino te infligió. Fuiste día a día haciendo sitio a Dios. Ahora Dios te invade y habla su Palabra, a través de tu palabra que todavía conserva el timbre antiguo. Ya Cristo vive en ti, para edificación nuestra.

Yo no he querido elogiarte, Juan Castañeda. ¿Es que acaso tú necesitas del ditirambo de los hombres? Nuestros elogios no saben serlo: surgen ya finchados y torpes, inficionados, contagiados de vanagloria. Pero esto que tú has hecho –que tú vas a seguir haciendo todos los días- de traer a Dios a la Tierra, merecía un pobre comentario mío. Ya ves qué vanidad: como yo fui maestro tuyo un poquito tiempo, creo que me corresponde una partecilla minúscula de tu supremo ensalzamiento.

Porque tu cuerpo –estoy seguro- no crecerá más. Pero, ¡qué metas gloriosas, divinas, va a alcanzar, con la gracia de Dios, tu espíritu!