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EL MIEDO EN UN TUBO

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Jaén. 4 de marzo de 1971

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¿Qué es el miedo? ¿Por qué tenemos miedo? El cobarde es casi un profesional del miedo; pero la verdad es que su experiencia a todos alcanza. Y ya se sabe que la misma valentía, a veces, no s sino una variante del miedo: miedo impávido que, al paralizar, tensa; y que, al contraerse, dispara.

Pero hemos creído siempre que el miedo es algo así como una orfandad del ánimo, desguarnecido de seguridades. Más que una cosa ¿no es una ausencia, precisamente, de cosas protectoras tangibles? Falta el dinero; miedo a la pobreza. Falta la salud, miedo a la enfermedad. Falta el paraguas, miedo a la lluvia. Como decía San Agustín del mal, que él definía como ausencia del bien, sin concederle entidad sustancial alguna, el miedo -siempre parece haberse estimado así- no tiene contorno y figura. Es que, huidos o borrados los perfiles de las verdades, usos y costumbres que habitualmente nos rodean, desamparados de lo conocido, de lo cotidiano, nos sumimos, sin quererlo, en un mundo mercurial de fantasmas, donde la lógica pierde su línea y la sensación su color. Siempre el miedo es como un hacerse de noche en el espíritu. Pero la noche, realmente, tampoco es una cosa. La noche es otra nada; es decir, no pasa de ser una ausencia. Sin embargo, se suceden las noches inexorablemente y puntualmente. En el hombre, de manera inevitable, tienen que alternarse presencias y ausencias, luces y oscuridades. Con la noche hay que contar siempre. ¿Con el miedo también? Creo que sí. ¿Y cual es la primera providencia frente al miedo? Procurarse una (luz) linterna.. Caminar con una linterna es como decir: “No temo a la oscuridad, vengan tinieblas a mí.” Más humilde, más sincero sería decir: “Tengo miedo a la oscuridad y por eso he adquirido una linterna.

Bueno; pero no. Esto de que el miedo no es una cosa localizable, que se pueda sopesar; esto de que el miedo sea puro vacío, ha sido desmentido. Un científico de Houston, George Ungar -acabo de leerlo en un periódico- ha “aislado” el miedo, como se aísla un virus cualquiera. Y, por si fuera poco, lo ha metido en un tubo, en un tubo de ensayo. Y además, le ha dado un nombre. Por lo visto el miedo es un género con diferentes especies. La especie de miedo que el profesor Ungar ha localizado se llama “escotofobina”. Es un producto químico –asegura el sabio- que representa el miedo a la oscuridad. Se ha extraído de cerebros de ratas entrenadas “mediante tratamientos por shocks eléctricos para que invirtieran su reacción normal y huyeran de la oscuridad”. Inyectado después el producto en otras ratas cualesquiera -sabido es que estos animales prefieren la oscuridad- adquieren pánico a los lugares oscuros.

¡Es una lástima que el profesor Ungar, puesto a “cosificar” los miedos; a descubrirlos, conquistarlos y dominarlos, no haya extendido todavía sus investigaciones más allá del miedo a la oscuridad! Es poco la “escotofobina”. Cuando el doctor Ungar meta también en un tubo el miedo a la muerte, el miedo a la pobreza, el miedo a perder el amor de Pepita y el miedo a los chinos de Mao..., la Humanidad habrá dado, verdaderamente, un paso de gigante.¡Ahí sería nada! Poder desproveer de fantasmas al cerebro de la noche a la mañana. Desinfectar de temores el espíritu. Que pueda ser tan fácil eliminar a la hora de acostarse los temores del ánimo, como fue fácil ya hace unos años eliminar las chinches de las camas. La factibilidad de ir al médico y decirle:
-Desearía que me extirpara Ud. este molesto pánico...

Uno describiría un pequeño miedo cualquiera; el doctor nos inyectaría un producto, obtenido de Dios sabe qué cerebros de antílopes o de leones, y mientras, uno, complacido, iría desechando su temor.

-Ya sé, ya, que se trata de un miedo pequeño. Pero podía haber ido creciendo, creciendo, y...