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JUAN MARIA, UN ALUMNO DIFÍCIL PARA EL MAESTRO NOVATO

Juan Pasquau Guerrero

en Escuela y Taller. Diciembre de 1946

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Cuando, con intención de pertenecer a su Institución, hablé por vez primera, en el año 1941, con el Padre Villoslada, éste me dijo: “En mis Escuelas, hay que trabajar; lo que exijo, principalmente a mis maestros, es que trabajen mucho”.

Ingresé en la fundación del Padre Villoslada una mañana de Enero en la que llovía “a cántaros”. El primer día de clase me resultó, lo confieso, bastante penoso. No acertaba mi poca práctica a imponerse, y, por otra parte, no se decidían los chiquillos a hacerme caso... Recuerdo que el pillastre de Juan María, hoy tan formal, -y cualquier maestro o alumno de las Escuelas de Ubeda sabe quién es Juan María- me dio bastante tormento aquella mañana.

Cuando me dispuse a explicar no sé que lección sobre las plantas, ellos, los muchachos, principiaron con la mayor naturalidad del mundo a hablar de sus estampas y de sus bolas y de sus trompos, dando pruebas de un desinterés hacia la lección digno de mejor causa. Entonces yo me “desencuaderné” (esta es palabra tuya, amigo Velasco) y empecé increpar a los alumnos. ¿Qué maestro no los ha aborrecido el primer día de ejercer su profesión?

Por la noche, al terminar la jornada, me sentí un poco Herodes; renegué de las Escuelas, del trabajo, de los niños, y hasta...perdón, del Padre Villoslada. Pensé incluso en salirme de la Institución... Tenía aquella noche -en la que, para colmo de males, recuerdo cómo se oía silbar tétricamente al viento- la cabeza hecha un bombo. Y en la imaginación me bullían atormentadamente las cuentas de dividir, la tabla de multiplicar, las provincias de España, el tufo agresivo de Juan María y los gritos de los chaveas, todos con el brazo alzado, diciendo: “un servidor, un servidor, un servidor lo sabe...”

Han pasado seis años desde entonces y ya lo veis; no se me ha vuelto a ocurrir lo de salirme de la Institución, como aquella aciaga noche... Naturalmente, en las Escuelas del Padre Villoslada se trabaja, vaya si se trabaja. Pero claro, esto es lo bueno. Aspirar a no trabajar, o a trabajar menos, ¿es acaso lícito?

No sé si los niños, durante estos seis años, habrán aprendido todas las cosas que yo he intentado enseñarles. De todas formas, yo sí he aprendido bastante en las Escuelas. Los niños van a que el maestro los eduque, pero, ¿no sucede muchas veces que el maestro también se educa al contacto con los chiquillos?

En las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia, por lo menos , yo he afinado, he educado mi vocación de maestro que era entonces una vocación balbuciente, casi sin sentido; era una vocación amorfa. (Y esta es , ahora, palabra tuya, amigo Isaac).
* *
Así pues, gracias a Dios, no me salí de las Escuelas aquél día primero , cuando tan tentado estuve de hacerlo por culpa de un alumno que se llamaba Juan María...