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DE SAN MIGUEL A SAN FRANCISCO (La feria... vista por la espalda)

Juan Pasquau Guerrero

en Revista Vbeda. Año 5, Núm. 57, septiembre de 1954

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De San Miguel a San Francisco, pasa que Úbeda se come «la porra» —que diría un castizo churrero— del verano. Se alarga la masa estival a lo largo de septiembre y, ahora, en este ensanche de la feria, colonizado por la alegría, intenta plantar la euforia sus mejores tiendas de campaña.

San Miguel —tan Arcángel— es, sin embargo, un santo casi campesino. El calendario agrícola está muy vinculado a nuestro santo patrono. La fecha de su festividad es bastante estratégica. Es algo así como una colina desde la que los labradores avizoran la bondad o maldad del año que se avecina. La paremiología —siempre muy astuta— hace de las suyas cuando llega San Miguel: una bandada de refranes pardos acude cada año, como por ensalmo, a San Miguel. Las ciudades agrícolas, tal Úbeda, que están a un paso del campo —las demás, aunque estén a un paso también, no lo saben— bailan siempre al son que le marcan las cosechas. Por eso, cuando llega San Miguel, los viejos —más o menos papi honrados— ponen, mientras no se demuestre lo contrario, a «hogaño» que da asco. Porque invariablemente, para un labrador, «cualquier cosecha pasada, fue mejor».

Pero bueno; aunque los síntomas del olivo sean medianejos, y aunque se le hayan puesto sus «reparos» a las viñas de la Villa Abajo, y aunque no llueva, Señor, ¡aunque no llueva!, salen el veintiocho de septiembre los Gigantes y Cabezudos y los chiquillos, algo recelosos, los pobres, porque ya los apuntó su mamá en la escuela de D. Manuel, en la de D. Cristóbal o en la de los «jesuístas», se olvidan de la pedagogía que les espera y se dan al jolgorio reinante que les envuelve. Uno, cuando era un chiquillo, también siguió el paso, el veintiocho de Septiembre, a la comitiva de Gigantes, junto a la banda de D. Emilio, y deseó fervientemente —¡ay los deseos fallidos!— tocar algún día el bajo o el bombo...

Después de los Gigantes —preparada la iluminación que bandea el viento de la feria— todo está preparado para que el dinero se gaste. Organización perfecta. La feria es así, aunque la cosecha de «hogaño» —¿hay que quejarse también «hogaño»?— sea... así.

* * *

A pesar de todo, la gente de Úbeda es perezosa también para divertirse. Cuando se instaló el «real de la feria» en la Explanada, mucha gente se quedaba agustísimo cuando decía:

—Sí, sí; pero «subir hasta la Explanada»...

Por las mañanas la gente remolonea en la Plaza, derrotista, diciendo en cuanto ve una nube inocente allá por el fondo del horizonte que se divisa desde el Rastro:

—Vaya «aguarrón» que va a caer.

Y se excusa de sacar la entrada de los toros o del fútbol.

Menos mal que el día de la corrida salen las muchachas poniendo banderitas de la Cruz Roja, y viene mucha gente de Linares. Es como un sacudimiento a nuestra inercia tan tradicional como la que más... La gente que remolonea en la Plaza se decide por la noche a «subir hasta la Explanada» con el laudable propósito de poder criticar luego a la iluminación.

* * *

Ciertamente, esta pasividad no es general. Y tampoco está muy seguro uno de si tal inercia de algunos ubetenses ante las fiestas es un servicio o una virtud. ¡Quién sabe! Pero, por hache o por be, cuando llega el último día de feria —el día de San Francisco— la gente se desquita y la Explanada está que no se puede dar un paso. Es un día muy «papi» el de San Francisco. ¡Un día es un día, hombre! Y, además, el castillo de fuegos artificiales no cuesta nada verlo. Y no es tan caro el circo como lo pintan. Y... ese vientecillo presagia agua. En la noche de San Francisco, Úbeda se vuelva, ¡caramba! Aunque al día siguiente vuelva a ser... «hogaño».

* * *

La feria, no obstante, no se va de un tirón... Siempre, pasado San Francisco, persiste durante una semana, durante dos semanas, algún circo, barracón o «teatro americano» en la Explanada, luchando desaforadamente contra el fresco otoñal y la desidia ambiente. La barraca queda arrinconadita con sus lonas, cuando todo el tinglado de la feria fue desmontado. Queda pertinaz y terca, lanzando su altavoz chirriante al viento como una bandera de resistencia. Hay que admirar a este reducto numantino de la feria al que no basta a arredrar la metralla de las primeras lluvias. Debiera el Ayuntamiento crear una medalla de honor como premio al heroísmo de este barracón superviviente que todos los años boga entre el silencio de las aguas calmas de la ciudad, después que ha naufragado la feria.

ANSELMO DE ESPONERA