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MIRAR EL TIEMPO

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 28 de octubre de 1961

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Aquí, «Castilla la Vieja». ¡Qué título de nobleza! Vieja. La vejez tanto realza a veces que resulta extraño que, a veces también, la vejez humille tanto. Realmente no ha habido nunca acuerdo sobre si ella es o no un bien. Ni lo habrá porque nos es ajena. La vejez subsiste y los hombres... nos morimos. No nos es dado saberla, conocerla de verdad. Llegar a viejos no pasa de ser una ilusión. ¿Cómo mediremos con los setenta o con los ochenta años del anciano que quizás seremos algún día, la edad de la Historia? La vejez está, nada más, en el monumento o en el paisaje, en el retablo de la Colegiata o en la hoz del río. Por eso la sensibilidad —hecha a lo cotidiano, a lo de ayer o a lo de pasado mañana— se nos embriaga un poquito al contacto del campo o de la Catedral. Se nos embriaga de diferente manera —porque hay muchos vinos, distintos, de vejez—, pero siempre con un enardecimiento sutil.

De cualquier forma, la proximidad de lo viejo anima a nuestra alma, clausurada de suyo, a salir a la puerta. Para ver tiempo, eso es. Porque fuera de lo reducidísimo de nuestra actualidad no nos cabe orearnos, ventilarnos, sino con el tiempo pasado. El futuro no sirve, ya que ni adivinarlo podemos... Y ver tiempo es como ver mundo; es cambiar, un poco, de ambiente.

Aquí, en Castilla la Vieja, está, sobre todo, el tiempo. Un estar permanente rebasando, coronando el ser efímero de cada jornada. Tiempo desplegado en inmensa perspectiva: cañamazo de innúmeros, ostentosos, pliegues bordados por los siglos. Tiempo cogido a lazo en las iglesias, en los blasones, en las murallas, en los palacios, en los castillos. Está como jadeante, añorando ausencias, efigiado en la piedra; cazado, moribundo, nunca muerto, en los rincones.

Pero es en el campo de Castilla donde el pasado insinúa, en serena libertad, su mejor melancolía. Si en la ciudad la vejez sólo se muestra en los grumos monumentales, en el campo todo se dilata de antigüedad natural y, por tanto, menos retórica, más vital. Por ser más natural es más cierta. Y conste que escribimos ahora del campo castellano —más tierra que árbol, más fuerza que sonrisa—, cuya desnudez apenas disimulan primaveras. Hasta el punto de que miramos la llanura ensimismada y más que espacio vemos tiempo. Tiempo que llega de todos los confines en oleaje casi místico, que nos constriñe, que nos aprieta, que invade. Sí; el alma presa del ayer y de pasado mañana sale a ver tiempo a la llanura. Campo, campo, campo... Tiempo, tiempo, tiempo.

Esas ovejas, ese pastor de la Mancha traen tiempo también en su andadura. Vienen de lejos, aunque apenas hayan recorrido una legua. Llegan envueltas de vejez, de polvo milenario, de limo heroico. Tienen una estampa inactual. Y es que el paisaje de Castilla —tan sin accidentes— está como vacío para que lo ocupe el tiempo. En la campiña (campiña: femenino de campo, paraje en que la amenidad predomina sobre la hondura), el espacio se hace monte, árbol, río. Aquí, en cambio, huelga en ociosidad, y todo se le vuelve memoria... Por eso pertenece más que otro alguno al Romancero. No puede «acordarse» del Cid la huerta valenciana como lo recuerda el paisaje de Castilla. No puede porque está mucho más... atareada. Los mismos santos deben de saberlo. Hay sitio de sobra en Castilla para remembrar a Teresa y a Juan de la Cruz. Mientras que, sin salir de España, los santos de la periferia peninsular apenas ocupan su lugar en el espacio, por mucho lugar que en las almas ocupen.

Aquí hay sitio sobrado para el tiempo. Por eso es Castilla «la Vieja». ¡Qué título! La vejez, ¿es buena? Nadie podrá saberlo. Nadie lo sabe. La vejez se queda en la Catedral y en el campo, y... nosotros nos morimos.