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UN TEMA: LA CALLE

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 6 de noviembre de 1960

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Esta calle tiene muchas «ocupaciones». No le queda sitio ni tiempo para mostrar su secreto. Nos habla sin parar, pero apenas nos «dice» nada. El encanto de las calles, ¿no es una cosa indefinible? Puede ser algo —algo concreto— y puede no consistir en nada, nada manifiesto. Por supuesto, que en la gran ciudad la calle adopta un tono demasiado funcional. La Civilización, más la Civilización que la Cultura, es eminentemente callejera. Coches, escaparates, anuncios luminosos, peinados menéenles, cines... traen a la calle, clamorosamente, el acento del presente. Asumen la actualidad vigorosa, la actualidad con rostro ultimísimo y perentorio. Aquello de ser habitantes de país civilizado nos hace buscar conexión con el momento. Y por algo existe el hombre de la calle: criatura media que orienta su actividad, y su mentalidad ajusta, con arreglo a la modulación que la vía pública, atestada de actualidad, impone. En la calle, las ideas se coloran de hemoglobina vital. Y claro que hay ideas artríticas que no resisten su contacto. De otra parte, la calle civilizada, la de la gran ciudad, emulsiona en disolvente de frivolidad a las cosas. Al mismo tiempo, empero, puede darles una elasticidad, una tenacidad. Condenar, sin más, el carácter de la calle moderna parece ridículo.

Pero si en ella bulle la actualidad, este hervor produce la sensación, la impresión extraña, de que las calles modernas son de... aluminio. ¿De aluminio? Se cocina entre el tráfago el afán de cada día y ello parece como si tuviese que ser a costa de que la calle fuese de una materia a propósito, lavable, inoxidable. No queda nada, en la espléndida aventura multitudinaria, del suceso de ayer; cada mañana, amanece como intacta, sin estropear, recién planchada, dispuesta al funcionalismo de hoy. Por eso decimos que hay calles sin sitio ni tiempo para el sosegado encanto. Porque el encanto que retiñe sonoridad de bellezas ha de ser un poco inactual: debe tener su punto de oxidación, su pátina. Será plata, pero traída de lejos. O vibrará en aldabeo de cobres solemnes, pero antiguos. Las calles que van siempre de estreno —me decía una vez no sé quién— están vendiendo su alma por un puñado de cemento. Exageraba, erraba en el tiro; no obstante, apuntaba bien. Las calles de moda tienen ese pero: carecen de personalidad. Funcionan a la perfección, pero esterilizan emociones. Con como esos brillantes burócratas que no tienen vida particular.

Y salió la emoción. Y, ¿qué vamos a hacer con la emoción en un mundo urgente, sin disponibilidades para la emoción propia? Porque ya tener emoción «de propiedad» es un lujo. La emoción casi se arrienda por horas de servicio. Ahí está el cine, señor; se paga una localidad y la emoción prefabricada irrumpe presurosa. («Palabra que no he vivido nunca un amor con la intensidad con que he vivido el amor de esta película», exclamaba la ingenua a la salida de una sala de espectáculos. Y le replicaron: «Es, señorita, que la vida dela vida, al contrario que la vida de la película, es pobre pero honrada».)

Pero esto ya es divagar. Siguiendo con el tema, ¿de qué depende, entonces, el encanto o la gracia de las calles? Quizá de que las dejen reposar, de que se las jubile. Triste, ¿verdad? Una calle desdeñada, preterida, olvidada —aunque sea calle de gran ciudad— da siempre, cuando se la deja quieta, su nota emocional, su perfume lírico. Cuando empieza a dejar de servir es cuando comienza a enamorar. Huyen de ella los transeúntes y acude en tropel la poesía. También, claro, concurre el moho. Por eso la libélula ensoñada sincroniza muchas veces con la araña. Y paralelizan la herrumbre y el musgo, el abandono y la melancolía. La poesía no pasa de ser una fermentación. Y esto es lo que la hace limítrofe de la gusanera. (Hay que saber distinguir la poesía —rara, exquisita y de dudosa vecindad— como las setas.)

En el barrio apartado de la capital, y mejor en el pueblo, o en la «pequeña vieja ciudad», es donde las calles viven su vida secreta, en serena intimidad consigo mismas. El detalle de unos simples balcones adornados de macetas, tiene ya en estas calles su fisonomía. ¡Qué será cuando ostentan blasones, casonas, arcadas, ventanales de forja! Entonces el encanto sube de grado. Entonces ya basta una nube, o un rayo de sol, o una galvanoplastia de luna para que el efecto acariciador se produzca. Si está el «gran monumento» —el templo o el palacio—, bien; pero no es preciso. La belleza suele trabajar con materiales sencillos. Y, si se apura, el templo, el palacio o el castillo dan una sensación de «pasado oficial», de ostensible pasado que subvenciona el presente. No constituyen el mejor encanto de la calleja. Porque en ella no se buscan «méritos». Su sugerencia es distinta: responde a la necesidad de «otro aire» para el alma —la nuestra— abrochada, confinada en sus cuatro paredes. En estas calles añejas del pueblo o de la «pequeña vieja ciudad», «toda incomodidad tiene su asiento». Pero ahí está: «El Espíritu sopla donde quiere». También el espíritu con minúscula. Por lo visto, el espíritu no está del todo a favor de las calles de... aluminio. Está por las de cobre. Cobre viejo. Aunque en ellas el vetusto lustre ancestral tenga que soportar la roña de mil antiguallas parásitas.

¡Qué mal «funciona» esta otra calle! Pero es tan bella... Uno sabe que no está civilizada —¡vaya aceras, vaya pavimento, vaya quebranto de muros, vaya...!—. Uno sabe que no está civilizada, pero, a poco que aventure uno la andadura por su formato, se da cuenta de que ella es compatible con la Cultura y... hasta necesaria para la Cultura. Y esta calle está ociosa, está libre de ocupaciones. Y no habla... pero ¡dice tanto!