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NAVIDAD

Juan Pasquau Guerrero

en Revista Vbeda. Año 1, núm. 12, diciembre de 1950

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La vida es un deseo; un deseo de volver a empezar... Por eso Dios ha hecho que se renueve el tiempo y que cada mañana la naturaleza, limpia de fiebres, despliegue la epifanía radiosa de su triunfo. Y por eso la conmemoración nueva cada año de la Navidad.

El tiempo lo va gastando todo. Probablemente a la Humanidad también. Esta humanidad achacosa, opaca, vacilante... esta vida deshilachada, esta fe descolorida... ¿Ha sido el tiempo que ha macerado una a una las ilusiones? ¿O han sido los hombres...? Lo cierto es que todo se vuelve un querer huir hacia atrás, a despecho del tiempo proa siempre al futuro incierto. ¿No será posible el «borrón y cuenta nueva»? ¿No podrá estrenar la historia un nuevo libro de caja? ¿Y si fuese posible tender un puente a la Pureza, salvados todos los lodazales?...

Si al mundo le fuese posible volver a empezar... Ahora, en la «radio» han enmudecido las músicas negroides y han sonado los villancicos. Ahora en la primera página de los periódicos ha vuelto el cuadro con el Portal de Belén, y se ha quedado para después la «foto» del nuevo modelo de lanzallamas.... Ahora la nieve ha replegado a los hombres en el hogar; ahora los niños han recibido de la Navidad su pequeña ración de Ensueño y han escrito su carta a Melchor, Gaspar y Baltasar... Ahora otra vez ha vuelto a las almas la sospecha blanca y azul. ¿Y si ser buenos fuese mejor? El Gran Teatro del Mundo, hastiado de decoraciones barrocas, sucio de chafarrinones violentos, evoca los telones lisos de la Ingenuidad.

¡Volver a empezar! ¡Liberarse del lastre pesado de los siglos! ¡Desnudar el alma de sapiencias diabólicas y recobrar la veste alba del amor! Fregar el espíritu hasta limpiarle sus manchas de grasa, hasta borrarle los odios; cepillarle la mugre de los pecados a la Historia. Hacer que el sol vuelva a reverberar en los cristales limpios; devolver la transparencia a las cosas; derruir las murallas del recelo, enjalbegar de franca cordialidad los paredones de la astucia. Arrancar las cizañas malevolentes y sembrar a voleo la Esperanza... Todo esto que sería volver a empezar quisieran los hombres cuando llega la Navidad, cuando las campanas, en la noche, dialogan pureza con las estrellas, cuando los chiquillos ven, por unos momentos, que su mundo es verdad...

Sin embargo la Navidad es triste. Porque gime detrás de una felicidad de cartón-piedra, la realidad del Odio. Hay un resto de decoro en los hombres y cuando se celebra la conmemoración del Nacimiento del Rey de la Paz, los hombres ponen un biombo delante de sus miserias y tapan con una alegría sintética, con una alegría de urgencia, los desconchones tremendos de sus conciencias... Y hasta por un resto de pudor, dan una limosna y lanzan un puñadito de caridad menuda... como si la tremenda fosa de la injusticia pudiese desaparecer arrojándola puñaditos de arena.

La Navidad es cada año una invitación del Señor. La Humanidad se descubre, oye el mensaje de Cristo y luego... la Humanidad no termina de decidirse a volver a empezar. Y sigue su camino.

Este artículo da un poco de frío, ya lo sé. Pero, ¿por qué ese tópico de la literatura confortable en la conmemoración del Nacimiento –rodeado de frío– del Señor?