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DIARIO NAVIDEÑO DE UN PADRE DE FAMILIA

Juan Pasquau Guerrero

en Revista Vbeda. Año 4, núm. 48, diciembre de 1953

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22 de Diciembre.

Todos los años igual, Señor. Se va el «gordo» a otras manos que no son las mías. Es fatal; siempre, cuando llega el 22 de Diciembre, tengo que decir lo mismo: «No me ha tocado la lotería». Me aburre hoy leer el periódico... Siempre igual: los niños del Colegio de San Ildefonso vocearon el primer premio a las tantas de la mañana; la mayor participación de los quince millones –trece por lo menos– le correspondieron a un anónimo señor capitalista; los otros dos están «repartidísimos» entre gente modesta... Y luego, las «fotos» de una bella señorita interviuvada imbécilmente porque llevaba cinco pesetas en el número premiado, y la de un grupo de empleados de yo no sé qué oficina que, entre todos, llevaban un décimo. ¡Qué fatalidad! Siempre toca el «gordo» en una oficina; ¿por qué no ha tocado aún en la mía?... Y luego la «lista» de la pedrea. Y yo comprobando, en la lista, el no premio de mis numeritos, apuntados uno debajo de otro, en el papel. ¡Ni eso!... Claro; me ha tocado el reintegro en el número del barbero: en el que solamente llevaba yo una peseta. Exactamente todo como el año anterior.

¡Qué horror! Ayer a estas horas, todos los españoles éramos capitalistas en ciernes. Ahora... la realidad, en un momento, ha hecho el vacío en nuestras ilusiones. Idiotas y mil veces idiotas los que nos hacemos ilusiones.

...Y ahora, acaban de llamar en la puerta. Como si lo viera: es la cuentecita del sastre. Claro; al sastre tampoco le ha tocado la lotería.

24 de Diciembre.

El hogar es más hogar con la Navidad, ya lo sé; y la Navidad es más Navidad por la «paga extraordinaria». Lo cierto es que, en Nochebuena, es casi un pecado el no estar contento. Y la Navidad, ¡ay!, nos brinda una consideración muy terminante para estar alegres: la de pensar que hay muchos con menos dinero que uno. Así somos de crueles, aún en los días que queremos ser buenos.

Pero yo no he nacido para filósofo. No quiero seguir «considerando» por ese camino. Yo soy un cristiano padre de familia que celebra con sus hijos el Nacimiento de Cristo. Así, de lo íntimo del alma, surge una ternura. Luego, echamos vino y turrón a esa ternura, a ese estado de ánimo, condimentamos esa ternura con buenos manjares y... durante una hora, durante dos, tres horas, nos convencemos de que la vida es buena.

No sé si la Navidad es... para los niños. Hasta cierta hora de la noche, puede que sí. Puede que sí, mientras tocan la zambomba, mientras se toman su parte de turrón de Jijona. De todas formas termina mal la cosa para ellos. Porque ni se beben la segunda copa de anís, porque papá se lo prohíbe, ni van con el resto de la familia a la «Misa del Gallo». (Ellos, los chiquillos, tienen un maravilloso, fantástico, concepto de la «Misa del Gallo».) Y, claro, aproximadamente, la Nochebuena termina para los chiquillos como una noche cualquiera: terminan por irse llorando a la cama...

En cuanto a mí, no sé como terminaré la Nochebuena. La Nochebuena es un día para gastar mucho: se parece en eso la Nochebuena a todos los días del año. Pero, verdaderamente, la Nochebuena –lo que se dice la Nochebuena– va a empezar dentro de un rato, ahora que ya ha anochecido. Y dentro de dos horitas yo me reiré de mí mismo: me reiré del hecho de haber invertido un cuarto de hora escribiendo sobre la Nochebuena. (Y bien sabe Dios que me he puesto a escribir para... no hacer la cuenta de los gastos de la Nochebuena. Es un homenaje que la he hecho, ¿verdad?)

28 de Diciembre.

Es una triste gracia... Si uno cae en la trampa de la inocentada, es un incauto, un «inocente». Y si no cae, un antipático. Es un timo blanco el de los Inocentes. Un timo moral y... apto para menores. Pero lo peor es que tenga uno que reír la gracia, a la fuerza, al sobrinito que acaba de «rasparnos» cinco duros. Y acariciarlo, encima. Y contarle luego a su mamá la «ocurrencia». Para que la mamá y la tita juntas se rían de lo incauto que es uno... (Sí, hombre, sí; tengo unas ganas de que pasen las Navidades...)

31 de Diciembre.

Otra tenemos. Mucho «Año Nuevo, vida nueva» y todo lo que ustedes quieran, pero la verdad es que la Nochevieja no es sino la segunda vuelta de la Nochebuena. Y no viene sino para asesinar a los pocos duros que se libraron de la «remolina» primera, en el rincón más oscuro de la cartera...

¿Vida nueva? ¡Bah! Uno, con los años, ha aprendido a ser un poco escéptico sobre esto de la renovación. Se renueva el tiempo y se renuevan los gastos; pero, ¿el hombre? Cuando yo tenía de quince a veinte años, creía, siempre, por «Año Nuevo», que en adelante iba a ser otro... Los cinco días primeros de cada año, madrugaba más, me proponía estudiar más y vencía mi timidez para con las muchachas. Pero pasado el seis de enero, volvía a la comodidad de mi pereza y de mis rutinas... Luego, de los veinte a los veinticinco, siempre al llegar el Año Nuevo, me proponía fumar sólo diez pitillos diarios y casarme el año entrante... El seis de enero quebraba la promesa, claro, por eso de los Reyes; y, bueno, ¿para qué seguir? Ahora tengo cuarenta y cinco años y cinco chiquillos. Todos los años al llegar Año Nuevo, me propongo «ordenar mi economía». Ya se sabe, poco más o menos, la utopía que supone eso de «ordenar» la economía: supone –cosa maravillosa– seguir con los mismos gastos de siempre, con los mismos ingresos de siempre y... empezar a tener bastante dinero sin embargo. Hay muchos que creen que este milagro de «economía doméstica». Yo creía en él hasta el Año Nuevo pasado.

¿Año Nuevo, vida nueva? ¡Qué va! Año Nuevo, gasto nuevo y sueldo viejo. Eso es.

5 de Enero.

¿Es cierto que terminan mañana las pascuas? ¡Qué respiro, hombre! Lo malo es que queda el «trago» de los Reyes. Ahí está mi Manolín que pide a los Reyes un tren eléctrico; y mi Pepillo que ambiciona una bicicleta; y mi Rafaelín que no se conformará si los Magos no le «echan» un meccano; y mi Periquito que... Lo he leído claro; no es un engaño. Lo he leído en las cartas respectivas que o mismo he ido a poner en el buzón con ellos. ¡Qué sudores de muerte en... el mes de Enero! ¿No podrían los señores Reyes de Oriente aplazar su viajecito? ¡Qué puntualitos son, caramba! ¿No podían darse su vueltecita, allá por el mes de mayo o algo así?

Yo le he dicho a Manolín: «Mira, Manolín, los trenes están pasados de moda. Ahora se impone la Aviación, ¿sabes? Yo creo que irás más con los tiempos pidiendo aquel aeroplanito del escaparate»... Yo he dicho a Pepillo: «Mira, Pepillo, por pedir una bicicleta a los Reyes cuando yo era me pequeño, me atropelló un coche el mismo día de Reyes y tuve que estar en la cama un mes “encayolado”». Y he dicho a Rafaelín, por decirle algo desesperado ya: «Mira, Rafaelín, la técnica fracasará a lo largo y a lo ancho del mundo. Fracasará la técnica y se impondrá el espíritu. Fracasarán los peritos mecánicos y se impondrán los peritos aparejadores... Fracasarán los juguetes de meccano y triunfarán los juegos de arquitectura de madera. Son más “clásicos”, ¿sabes?»

Pero, ¡cá! En las cartitas que yo he echado con mis hijos al correo, ellos lo dicen bien claro: un tren eléctrico, una bicicleta, un meccano... ¿Es verdad que pasado mañana termina todo esto de «Felices pascuas y próspero Año Nuevo»?

Por la transcripción, Anselmo de Esponera.