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ACEITUNEROS

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 21 de diciembre de 1962

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Los aceituneros se reclutan de entre todos los oficios. No hace falta ser del campo para ser aceitunero. Van a la recolección, estimuladas por el jornal relativamente alto, gentes que el resto del año trabajan en otros menesteres: albañiles que provisionalmente dejan el andamio por el olivar, artesanos de todas las clases, peones de esos que siempre aguardaron en las plazas de los pueblos andaluces al amo o al «encargado» que les contrate, obreros que están «a lo que salga». Y como las mujeres intervienen en la recolección, las criadas también se van estos días al olivar, si no es que en la casa en que sirven se las recompensan con un sobresueldo especial. Dura poco la faena —a veces un mes escaso—, pero muchas familias de economía modestísima encuentran en ella la ocasión de un «remiendo». Gracias a la aceituna, la Navidad es fiesta en muchos hogares y la provisión de juguetes de los Reyes Magos es mayor...

Pero, además, están los pequeños propietarios, que no son en Andalucía tan escasos como se cree. Hay un contingente bastante elevado de pequeños propietarios en cada pueblo de la provincia de Jaén. En algunas comarcas se les llama «papihonrados». Explotan directamente sus cuerdas de tierra y ahora, en diciembre, hacen hueco en sus ocupaciones para dedicarse a cosecheros. Por eso entre los aceituneros hay carpinteros, zapateros, capacheros, alfareros, guardias municipales y hasta oficinistas modestos.

Es la «batalla de la aceituna». O, si se quiere, la «operación aceite». Batidas en regla al olivar. Muy de mañana los aceituneros, formando «cuadrillas» abandonan el pueblo o la ciudad, jubilosamente, casi con aire de romería. En los cortijos y en las grandes explotaciones los camiones se encargan del transporte del fruto a los molinos. Pero los propietarios modestos emplean sus caballerías —su par de mulos, sus burros a veces— para el traslado. Al amanecer y al anochecer las recuas, en la proximidad de los pueblos, forman una teoría casi interminable. Se recibe en los hogares a los aceituneros con una especie de alegría patriarcal. En bastantes pueblos funcionan albergues para niños durante la recolección, facilitándose así el trabajo de las madres necesitadas...

Pero, ¿no habéis visto nunca, desde la carretera, la faena de los aceituneros? ¿No os detuvisteis nunca a presenciarla? Triscan por las quebradas vertientes hombres, mujeres, mozas. Hay parajes en que el olivo «se agarra» a difíciles, peligrosas laderas. En el llano la tarea es más llevadera. Pero es confortante siempre la alegría, plasmada en canciones y risas, de los aceituneros. Es una alegría que, desde luego, no se da sino en el duro trabajo campesino. Ya próximo el mediodía, el olivar refulge en plácida quietud. ¿Qué ideas, qué sentimientos, qué sugerencias induce el olivar a aquellas mozas —el óvalo del rostro nítidamente expreso bajo las vívidas, anudadas pañoletas—, a aquellos hombres, a aquellas viejas de vestido enlutado o pardo? Rebeldes al frío, iniciaron su marcha alborotada por atajos y veredas, al tiempo que el sol, alzándose sobre las lomas, infundía un anhelo de fortaleza nueva, de fe, de confianza, en sus almas. ¿Qué norma de vida, qué fidelidad a la costumbre —porque la tradición aquí se hace «folklore» de la economía— afianza el paisaje del olivar en estas honradas gentes?

El olivar tiene una modestia. Tan vetusto y apenas presume de nobleza. Tan rico el olivo y tan... polvoriento. ¿Quién de su apariencia induciría su verdad? Y él tiene una prosapia y un lirismo, además de una utilidad. Alto en las colinas, en los escarpes a veces de la misma sierra se aferra a un señorío. Tradicionalista de la lluvia, espera más de Dios que de los hombres. Tiene un sentido de la armonía, de la ponderación, del equilibrio. Se siente una «sophorosyne» en el olivar. Se siente en las mañanas epifánicas, entre la paz y el sol, sobre los «terrones» —tan campo— removidos y blandos.

Y así estos hombres jaeneros —de Úbeda, de Villanueva del Arzobispo, de Torreperogil o Martos—, estos aceituneros, al regresar al pueblo en el anochecer, vuelven —cree uno— con el acervo espiritual enriquecido. Son hombres contagiados del «estilo» del olivar: aprenden a dar su fruto sin hacer ostentación de sus flores. Con pudor ofrendan su trabajo, sin vocear apenas «su importancia para la economía nacional». ¿Por qué ha de ser esto «literatura»? El hombre de campo andaluz (no es demasiado difícil comprobarlo) trabaja en fecundidad apasionada. Don Eugenio d’Ors no creía en el tópico de la desgana andaluza para el trabajo. Sostenía que puesto que el trabajo es una pena impuesta al hombre, éste, en Andalucía, sabe recatar elegantemente su esfuerzo, que no por recatado es menos intenso...

¡Aceituneros! Postulantes del aceite, ¡salve! Mañana será la quietud del aceite serenado en mansedumbres. Girarán en el molino las inmensas piedras cónicas. Fulgirá la «masa» triturada; descenderán sobre ella, lentas y solemnes, las prensas; chorreará, ya hecho, el aceite de los bordes. Luego, en los «pozuelos», la glorificación se consumará; el aceite sin mancha exultará limpio, purísimo, triunfante. Mañana será la quietud del óleo, serenado en mansedumbres, intendente del altar y... fuente de la economía. Pero tu sudor —sudor de diciembre—, aceitunero, habrá sido parte fundamental de este logro.