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EN EL AÑO DE LA FE: FE Y ADAPTACIÓN

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Jaén. Octubre de 1967

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Desde el punto de vista cristiano —el Cristianismo, no puede olvidarse, es ante todo una Religión y, en consecuencia, induce a una específica concepción del mundo— se conviene en que el mensaje que nuestro credo entraña reclama una divulgación, una accesibilidad. Hay que procurar que llegue a las conciencias, que sea conocido y sentido.

La dificultad está en cómo hacerlo. En otros tiempos quizás había menos impedimentos para «llegar», y el Cristianismo, parece, descuidó lo que llamaríamos el estilo. Se predicaba el Evangelio —que es fondo— y los métodos y las formas adolecían, perezosamente, del contagio ambiental de cada época. Ahora hay más obstáculos porque el terreno está poco abonado, y el sembrador ha de contar de antemano con la tierra pedregosa. Se impone pues procurar un estilo que oficie las veces de vehículo y aumente las posibilidades de éxito. Pero debiera meditarse mucho este punto. Si el estilo del Cristianismo renovado que se desea ha de adaptarse del todo al presente, se va a incurrir entonces en el mismo defecto de contagio. Si censuramos la forma de Cristianismo triunfalista coetáneo del imperio carolingio o, sin ir más lejos, de la Contrarreforma española; si nos parece mal el Cristianismo arriscado y guerrero del medievo, o la piedad edulcorada que sigue a la frialdad jansenista…, si denunciamos, digo, estas formas religiosas por las concesiones y claudicaciones que suponen hacia los sistemas políticos, sociales, filosóficos o artísticos en su tiempo dominantes, ¿con que derecho podríamos preconizar hoy una religión enteramente impregnada de las preocupaciones temporales —cuando no en exceso materiales— de la época que nos toca vivir? ¿No implicará ello, igualmente, una concesión lamentable?

Se dice: hay que hablar al mundo de tal manera que nos entienda; urge usar el lenguaje y el método capaces. El objetivo de nuestro trabajo es el hombre como miembro social, pero sociedad y hombre están prácticamente descristianizados. Miremos, entonces, la eficacia de las herramientas y cambiemos las que no nos sirven ya.

Todo eso es cierto. Pero se ofrece un punto... sutil. ¿Hablar al mundo de forma que el mundo entienda, es hablar de forma que el mundo se sienta halagado? El mundo es refractario a lo sagrado: para retornarle el sentido religioso, ¿será buena fórmula desacralizar, primero, hasta cierto punto, la religión? Los valores sexuales optan por manifestarse, sin cortapisas, a plena luz; ¿será buen procedimiento, para que nadie recele de la religión, relegar de momento a un segundo término los valores cristianos del celibato y la virginidad? El mundo está ebrio de la palabra democracia; ¿no constituirá una astucia rentable comenzar la predicación por ahí, concediendo —incluso en lo espiritual— una primacía a lo individual, a lo «carismático» que equilibre el prestigio de lo «magisterial»? La sociedad aspira frenéticamente, en todos y cada uno de sus componentes a un «alto nivel de vida»; ¿no es bueno, pues, hablar primero de la cuestión social y después de todo lo demás?

El problema no es baladí. Quizás se presta a la discusión y a la confrontación de puntos de vista. Sin embargo, no cabe duda que es peligroso acentuar la nota de adaptación. Verdad es que dice San Pablo que hay que hacerse necio con los necios… No estará mal entonces, para iniciar el acercamiento, hacerse un poco liviano y un tanto frívolo… Justo es, de otra parte, que valores como el de la «justicia social» implícita y radicalmente presente en el Evangelio, remarquen hoy su vigencia, y que seamos los cristianos quienes, por derecho propio, asumamos su defensa. Pero cualquier receta acarreará enormes perjuicios si no dosificamos, al miligramo, el «preparado». Ante todo el Cristianismo —hay que repetirlo cien veces y mil veces cien— no es un simple humanismo. Por tanto, lo decisivo es testimoniar a Cristo y difundir sus enseñanzas. ¿Que la sociedad no entiende hoy de estos…«dibujos»? Lo que gusta al hombre —ahora y siempre— no es, precisamente, lo que los hombres necesitan. Si el enfermo necesita operarse, no importa que el enfermo prefiera las cataplasmas; aunque le cueste, debe convencérsele de que la intervención urge.

Pero vuelve a insistirse: los hombres de ahora —¿de verdad son distintos a los de siempre los hombres de ahora?— no entienden las creencias y las prácticas cristianas tal como se han propuesto hasta aquí. Realmente la «presentación» no siempre fue lo brillante que cabria desear, pero esto no es toda la verdad. Lo cierto es que ni la humildad, ni la penitencia, ni la caridad, ni la austeridad, ni la idea misma de la Gracia, son conceptos y palabras (preséntense con el ropaje que se presenten) que entren en los usos y en el lenguaje de la época. Uno piensa: Bien; pero si entran o dejan de entrar en los hábitos o en el modo de vista actual, no es motivo para que maticemos tales principios hasta el punto de hacerlos innocuos. ¿Es que vamos a disfrazarlos, a ver si así pasan? Entonces, cometeríamos un fraude. Porque, una de dos, el Cristianismo es una apelación a lo sobrenatural o no lo es. Si lo es, hay que aceptarlo con todas las consecuencias y debe explicarse como tal. Si no lo fuera… ¿para qué esforzarse en conservarlo? Si no lo fuera, desacralicémoslo de una vez, pongámosle un lacito tricolor o rojo simplemente, y descansemos.

Este es el caso: que no podemos descansar. El Cristianismo impele a la lucha, a una pervivencia de la Esperanza contra toda desesperanza. El Cristianismo demanda un combate en la tierra, no un conformismo «terrenalista». El cristiano es un exiliado y un «peregrino», como gustan de recordar, con bella palabra, los documentos del Vaticano II. Ciertamente, el Reino «no es de este mundo», aunque —como también enseña el Concilio— no hay que desesperar de que alguna vez en este mundo se alcancen, como en un avance, sus excelencias. Así es que aquí —en la tierra— no está la patria. Ningún progresismo puede anular el comentario de Teresa de Jesús respecto al mundo: «una mala noche en una mala posada». ¿Es que un cristiano puede dudar de esto? Para convencerse, bien está usar de un lenguaje y de un estilo todo lo adaptados que requiera el caso. Pero con tal de que tal lenguaje y tal estilo no lleven dentro una claudicación. ¡Temor a que no se nos entienda! ¿De dónde viene esta cautela y esta prudencia exquisita? ¿No asomará entre tantos cuidados, el miedo? No, no es cierto lo de que si estamos llenos de convicción no convencemos. A los santos siempre se les entendió y no precisamente porque usasen procedimientos de halago. ¿Usó de estas tácticas San Francisco de Asís cuando, después de llamar hermanos al viento, al agua y a las hierbecitas del campo, llamaba «asno» a su propio cuerpo? ¿Se adaptó dócil San Pablo a los usos romanos? ¿Empleó San Agustín la técnica de la desacralización en la «Ciudad de Dios» para sacrificar a su tiempo? ¿Concibió Ignacio de Loyola algún sistema de «ejercicio espiritual» distinto al de la prescripción evangélica, aquella que invita: «quien quiera venir en pos de mi, cargue con su cruz y sígame».

Es curioso que alguien crea que los santos de ahora puedan tener el «privilegio» de ser santos rebajados, como un vino que se agua. Los santos siempre practicaron la violencia: la violencia contra sí mismo, la ascesis, la renuncia. Y este lenguaje, si ahora no gusta, tampoco gustó —lo que se dice gustar— jamás. Ningún santo denostó al mundo en sí, porque el mundo es obra de Dios, pero todos abogaron contra el «Príncipe de este Mundo» cuya existencia la avalan las mismas palabras de Cristo en el Evangelio. Los conceptos de vida espiritual intensa nunca sonaron a fiesta en los oídos de los hombres. Y por eso los místicos —también hoy se borraría la mística de la historia si se siguiesen determinados pareceres— preconizaban la noche, «noche del sentido», «noche del espíritu», como camino. Es decir, los místicos sabían que lo mundano obstaculiza el atento oído de la palabra. Y proclamaban una «nada» para que en ella se asentase el «todo». Lo contrario de tantos vitalismos al uso existencialista que ponen el «todo» al principio —con gran aparato de primeros planos— y, al fondo, una escenografía de «nada».

Pero, probablemente, el mundo empieza a cansarse de no tener fe. El hartazgo de incredulidad —la pantagruélica incredulidad positivista, fin de siglo más o menos— comienza a pasarse de moda en los altos niveles filosóficos. No vayamos los cristianos —los católicos— a ser tan malos previsores del tiempo que ahora que hay síntomas de crisis en el ateísmo, nos pongamos a comprar el paraguas. No suceda que también de esto nos enteremos tarde… (¿Guardar a Dios en el cajón de la mesa de noche, dedicarnos al juego del humanismo integral, ahora que los ateos empiezan a creer en Dios? ¡Qué despiste!)