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DESDE ÚBEDA: CARTA A LA OTRA ORILLA

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Jaén. 11 de septiembre de 1977

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Para Antonio Pasquau


No sé, querido Antonio si, desde la otra orilla ya, de alguna manera lo sentiste. Pero a mi regreso a Úbeda, cuando tú ya te habías ido, he estado una tarde de septiem­bre en el cementerio, pensando al lado de la tumba mi ora­ción. La pajarería de los cipreses daba su adiós al día mientras el sol tendía sus últimos relumbres sobre las tapias y las cruces. Yo debí distraerme un poco, porque de pronto, advertí que el conserje acababa de cerrar la puerta de la verja y agitaba sus llaves. Tuve que gritarle para que me abriera. Es que hay momentos en que la visita al cam­posanto también retiene y sus sugerencias melancólica y dulcemente —extrañamente— nos acosan.

Ahora quiero repensar lo que en este ocaso te dije sin palabras. Pero con palabras es difícil, muy difícil. Acon­goja la cortísima distancia entre la vida y la muerte. Pero es que de la muerte no vemos nada más que el fin. ¿Dónde y en qué momento empezamos a morir? ¿Acaso podemos saberlo? Siempre, querido Antonio, has sido para todos, y especialmente para la familia, un archivo inagotable de re­cuerdos. Porque en ti los recuerdos seguían con perfil y vivos. Por eso jamás perdiste un no sé qué de reflejo de ni­ñez. En tu potente, derrotada —y a pesar de eso arbola­da— humanidad, no te desprendiste jamás del niño que re­cordaba a la abuelita (tu todavía empleabas con regusto de antiguo chiquillo mimado esa palabra), sentada allá en los primeros años veinte en el «patio de la calle Trinidad». Era sorprendente ver conjugada en tu persona el estambre fino de mil evocaciones que todavía no perdían su forma con el abundante, vario, heteróclito y a veces descomunal formato de los sucesos mil que tramaron tu existencia. Hay quienes se apresuraron a perder sus raíces y a hacer una almoneda de sus vivencias pasadas, ávidos en todo momento de lo novedoso que se arrojará mañana al cesto. Tú Antonio Pasquau —tan profundamente inmerso en la vida, hastiado de plenitudes, náufrago que no se rinde, co­loso e infante, tremendo y tímido, enlutado y fáustico— no renunciaste a tu origen y se cumplía en tu cuerpo roto y enfermo aquella sentencia de Quintiliano: «Los vasos con­servan siempre el sabor del primer líquido que contuvie­ron». Y así, tu mejor honor era tu apellido y los recuerdos familiares tú más querido tesoro.

Y hoy, Antonio, día de la Virgen de Guadalupe, la Patrona de Ubeda, en la Fiesta Mayor de Santa María he vuelto a estar en comunión íntima contigo. Cada mañana hasta ahora con tu paso lento y difícil, antes de incorpo­rarte a tu trabajo, llevabas a la Virgen tu oración. Era una cita que te impusiste años atrás y jamás has faltado. Como no faltabas a ninguna ocasión solemne de Ubeda: a tu pro­cesión de «La Humildad», a la subida de «La Soledad», a los toros de las corridas de San Miguel en el palco de los asesores; a los «sucesos» que demandaban la noticia para la agencia «Logos» por medio de tu pluma... Cómo tu presencia en las «ocasiones» gloriosas o grises de tu pue­blo, hallaba siempre en ti aparte de la noticia escrita, el co­mentario de palabra ante tus amigos, la glosa llena de humor, el «picotazo» a veces cáustico, pero en ningún mo­mento desangelado.

Día de la Virgen de Guadalupe hoy —te repito— he sentido en Santa María ese escalofrío que une a los ubetenses cuando el himno de don Victoriano —«Siempre, siempre la invicta Patrona»— salta airosa, vibrante y au­daz llenando las bóvedas del templo y ensartando evoca­ciones, ungiendo rezos y despertando júbilos. Ubeda es un pueblo de tradiciones que no mienten y el 8 de septiembre es excelente fecha para encontrarnos; para estar juntos de una manera auténtica, a pesar de intangible, todos los de una u otra orilla que obedecemos a unos mismos resortes. De una a otra orilla, querido Antonio, la barca está dis­puesta y nunca amarrada. Ayer en el camposanto y hoy en Santa María lo estoy viendo: No formamos los vivos y los muertos dos ciudades separadas. Descansa en la paz que Dios te haya concedido. Ya ves que mientras, aquí todos seguimos, a brazo partido, con la lucha de cada día. Todos morimos de nuestra muerte: morimos solos. Todos vivi­mos de nuestra lucha: en el último fondo otra soledad.

No sé, querido Antonio, de qué manera, de qué for­ma, Dios te permitirá oír desde la otra orilla a tu primo Juan.