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MÚSICA Y LETRA DE LA MUERTE

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 1 de noviembre de 1964

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Ninguna tertulia literaria concluye ahora con la vista a un cementerio. Sin embargo, he aquí lo que escribía «Azorín» hace cincuenta años, poco más o menos: «Fuimos varias noches, después de la tertulia del café, a uno de esos cementerios aban­donados, allá por la puerta de Fuencarral...»

La muerte, unas veces ha sido «tema» y otras no. Pre­cisamente porque su vigencia no falla, porque nadie jamás po­dría declarar cesante a la muerte, podemos permitirnos el lujo de tomarla o no «en consideración» con detenimiento. No hay prisa ni miedo de que pase de actualidad. Con todos los «temas eternos» sucede igual. Ejemplo: el amor. Hay épocas en que está de moda; tiempos que lo prohiben, por decirlo así, «oficial­mente». Mientras que en otras sólo particularmente se cotiza. Quizá ésta que vivimos pertenece a las últimas. Me parece que sí, que ahora priva la «no injerencia»; que el amor, en nuestros días, defiende una política de no intervención en sus asuntos in­ternos.

Pero como tema, el de la muerte es aún más tentador que el del amor. Porque en éste la experiencia, al fin y al cabo genera­dora de ciencia, aclara posibles misterios. La filosofía del amor puede por eso quedar, en última instancia, reducida a arte. Sin embargo, la filosofía de la muerte será siempre metafísica pura. Como nadie tiene la experiencia de la muerte, como nadie la ha visto sino en los demás —que es tanto como no verla—, el tema no pierde jamás sus incógnitas; es decir, no carece nunca de ali­ciente.

Los románticos adolecían de una sensación en cierto modo morbosa del misterio. O quizá impresionaban por su senti­miento de la muerte. Simpatizaban con ella, y no al modo ascé­tico, sino de una manera estética. Lo mismo que los román­ticos, los posrománticos. Recordemos a Bécquer. Recordemos sobre todo, a Campoamor, cuyos campanarios —«Humoradas», «Doloras» y «Pequeños poemas»— doblan indefectiblemente a muerto, convocando a funerales pasados presentes y futuros. Pero —cosa extraña— los muertos de los románticos y de sus epígonos no hieden. Más bien exhalan una especie de fragancia como las flores secas, que de vez en cuando encontramos entre las páginas de los libros viejos. ¿Cuál era el concepto romántico de la muerte? Realmente, ninguno. El ro­manticismo había allanado los conceptos. Libres de un ideario común acerca de la muerte, los románticos allegaban —amon­tonaban— ante ella poesía, sin trabas de ninguna clase. Ponían música a la muerte.

Ah, pero lo difícil es poner la letra. Lo costoso no es sen­tirla, sino explicarla.

Mas recientemente, en el plano filosófico, el existencialismo —tan barroco, al fin y al cabo— ha forzado sus espirales ante el tema. Heidegger enuncia su «Sein zum Tode», «ser para la muerte». La define como la posibilidad más peculiar de la existencia, y sabido es que erige una angustia como consecuen­cia de la aceptación. Pero planteada a nivel filosófico la cues­tión de la muerte, ¿qué otra cosa se hace sino acumular pregun­tas sobre preguntas? Detrás del «Cerraron sus ojos...», ¿qué hay? Aquí el existencialismo, como todas las filosofías, enmu­dece y palidece. Vivaquea la perplejidad; merodea, espesa que no articulada, en los umbrales, incapaz de traspasar ningún muro.

Planteado a nivel filosófico, el tema de la muerte es esfinge gigante que no abdica. ¿Y considerada al bajo nivel del mar... multitudinario? Para el hombre corriente de ahora la muerte no es interesante por demasiado cierta. Está «consagrada», le so­bra verdad, no admite discusión. Es como el escritor famosísi­mo al que ya no se lee. Como el maestro cargado de conoci­mientos, tan sabio, tan sabio que nadie le escucha. Y además —en la común opinión—, si es tan segura la muerte, ¿para qué temerla? El miedo es una defensa; pero cuando la defensa es inútil, está de más el arma defensiva.

«La vaga melancolía de que estaba impregnada nuestra ge­neración —prosigue «Azorín»— confluía con la tristeza que emanaba de los sepulcros... Divagábamos en el silencio de la noche entre las viejas tumbas». Escritas estas palabras en las inmendiaciones de nuestra época, cuando el romanticismo toda­vía en el horizonte había empezado ya, sin embargo, a ser his­toria, gime aún en ellas la «música doliente»; tremente música confusa, que no discierne el espíritu de los signos, sumida en la niebla de la emoción. Música para la muerte. La muerte, ma­teria estética todavía.

Pero unas líneas más abajo el autor de «La voluntad» afir­ma: «De la consideración de la muerte sacábamos fuerzas para la nueva vida...»

Sacábamos fuerzas para la nueva vida. Esto, ¿no es, al fin, una consideración estimulante? Esto ya es «letra», emancipada de la música. Pero ¿qué «nueva vida» puede ser esa? ¿Hay «nueva vida» sin «otra vida»? (Nuestro «Azorín está en Tole­do. Ha visitado un convento de monjas: «Y esto es lo que nos atraía a nosotros en un convento: con la menor cantidad de fuerza física, fuerza material, alcanzar, como la religiosa lo al­canza, el máximum de espiritualidad»). Sin una fe en «otra vi­da», ¿adonde pueden llegar las posibilidades del espíritu en este mundo?

Necesario es plantear el tema de la muerte a nivel teo­lógico.

La doctrina de las Postrimerías —Muerte, Juicio, Infierno, Gloria— es la única arquitectura conceptual que acerca de la cuestión existe. No hay otra «letra» para la «música» de la muerte.