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Juan Pasquau Guerrero

en Diario Jaén. 23 de enero de 1973

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Hay palabras de nueva circulación a las que uno les toma tirria. A mí me pasa eso, sin que sepa exactamente por qué, con «mentalizar» y con «¡vale!». Mentalizar, más que a la mente, me recuerda a la menta. Me produce la sensación quien se mentaliza de que se está chupando un caramelo. Realmente, los lanzadores del vocablo, ¿qué pretenden con él si no quitar la ronquera —o la carraspera— de ciertas ideas o usos gastados, ideas o usos en estado de afonía, más o menos; incapaces de hacer llevar su voz y su mensaje a los reductos o ámbitos que se estiman apartados o lejanos? «Hay que mentalizar a la gente para el nuevo arte, para la política nueva, para la liturgia renovadora para el cambio social». Es lo que se oye, de una u otra manera, por todas partes. Pero, ¿cómo se mentaliza? ¿Se mentaliza ahondando en las conciencias? ¿De verdad, profundizamos mucho, para convencer, al hablar? ¿Ponemos en juego poderosos argumentos, grandes sentimientos, emociones lancinantes? No. Me parece que «mentalizamos» con críticas más bien someras, más bien equívocas, más bien frivolas. Por ejemplo, una época que intenta cambiar la índole humana fiando más en los medios audiovisuales que en el libro, usa de la menta —agradable al gusto, al paladar—; es decir, echa mano de re-cursos fáciles, descuidando el tratamiento auténticamente eficaz. Usa de la «menta», pero no dirige a la «mente», quien mentaliza «a voleo» y no a «chorrillo» o a «golpes» que es la manera de sembrar cuando lo que se intenta sembrar son ideas.

En cuanto al «¡vale!», vale para muchos usos. Es una pala-bra comodín que se profiere con aire protector, con acento pa-ternalista.


—¿Vamos a pedir ternera?
—¡Vale! —contesta el valedor con la carta del restaurant a la vista.

—Te espero a las nueve.

—¡Vale!, aprueba la jovencita a su «ligue» (otra palabra) mientras levanta coquetamente la cascada de su cabellera rubia.

—Quiere tu padre que no pases de los cien.

—¡Vale!, responde el jovencito al volante a la mamá; a la mamá que empieza a asustarse ante los ciento veinte.

—Su saldo es de ciento veintiséis mil con cincuenta y cuatro.

—¡Vale!

—Ha escrito el arzobispo en su último documento que la «coordinación a nivel pastoral de las actividades parroquiales pide que...»

—¡Vale, vale! —asienta el clérigo recién inaugurado; el clérigo con cachimba y camisa floreada.

—¿Leíste las declaraciones del ministro? Ha estructurado el servicio «contemplando» la coyuntura que ofrece el contexto socio cultural de...

—¡Vale!

—Mañana lloverá.

—¡Vale!

—Acércame esa silla, ¿quieres?

—Vale.

—¿Un cigarrillo?

—Vale.

—Mira; hoy tengo más fiebre.

—¡Vale!


—¿Te enteraste? Se murió don Rafael.

—¡Vale, vale!

No puede decirse que el «vale» no sea una palabra-signo que revela un deseo de complacer al interlocutor a escaso coste. Con ella se evita a veces un discurso. Con ella se asiente sin comprometerse. Con ella abreviamos los juicios, simplificamos las ideas y apartamos —inclusive— la posible discusión tediosa:

—Niño, te he dicho mil veces que beber se escribe con dos bes —he oído decir a un maestro.

Y el niño, que no quiere excusas, que está muy al día, ha contestado:

—¡Vale!

La gente se ha mentalizado con el «vale». Porque quien dice «vale» cada cinco minutos demuestra que dispone ya de una «opinión» para todo, que distingue entre el bien y el mal; entre fealdad y belleza, entre alto y bajo. El «vale» alude al «valor». Scheller hizo el lanzamiento de la «filosofía de los valores». Los «valores» son objetividades no palpables, no inventariables, pero ciertas.

El «vale» de las conversaciones de ahora, el «vale» que se emite con aire protector —con paternalismo, repito—, ¿tiene en cuenta los valores?

—Vale, vale —me está contestando un lector barbilindo, mientras pasa la hoja del periódico.

Bueno, ya está; lo dije: No me gusta la palabra «vale». ¡Qué le vamos a hacer! Cada uno tiene sus caprichos de lenguaje. En cambio me cae bien el vocablo «agilizar», también bastante en boga. Esta sí me parece una palabra que responde a una necesidad. ¿No creen ustedes que el mundo, la vida y los hombres, que presumimos de dinamismo, nos estamos quedando sin agilidad? El dinamismo recuerda más bien a la mecánica. La agilidad está muy relacionada con el músculo. Nuestra Civilización se mecaniza y se dinamiza: ahí está la velocidad, ídolo de la hora. Pero la velocidad sirve al hombre con tanta intensidad que a veces lo anula. Ha surgido ahora una nueva especie de sedentarismo: sedentarismo al volante. El volante nos desplaza a velocidad de vértigo, pero nuestra agilidad —la muscular y la mental— pierden bastante con la costumbre de ir a la oficina —que está a cien metros de casa— en coche, y con haber perdido la costumbre de no pasear. También nuestro pensamiento —servido a todas horas por los platos combinados de la televisión— está atrofiando sus músculos. ¿Qué ideas propias levantamos ya, «a peso», los hombres? Nos dan las ideas, desmenuzadas en albondiguilla publicitaria. No trabajamos con razonamientos, nos alimentamos de imágenes. ¿Servimos para el salto intelectual o para el salto lírico o para el salto... de la abnegación y del amor? No se extrañe nadie: Para pensar de verdad, para sentir de verdad, para amar de verdad, hay que saltar, hay que tensar el espíritu. Y para ello urge una agilidad que no tenemos en nuestro dinamismo calcado, copiado, ilusorio.

¡Hay que agilizar a ese año dos mil que se otea en el horizonte y al que uno presiente, paradójicamente, como un paralítico al volante! ¿Vale?