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LINARES Y MANOLETE

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Ya. 28 de agosto de 1959

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Todavía quema Linares cuando declina agosto en las fiestas de San Agustín. Pasado Despeñaperros, Linares, avanzadilla primera de la tierra andaluza, conjuga su ca­lor estival con su enardecimeinto humano, con su jaenero hervor jovialísimo... ¡Linares minero! Hondura de plomo y de plata en su entraña generosa. Gravedad profunda —no negra— del trabajo ardiente en las simas. Heroísmo de unos hombres que arrancan al suelo sus secretos más caros. Aquí murió Manolete. En el mapa de España hay una herida que cada año sangra. En el romancero de Es­paña, desde el 28 de agosto de 1947, un nombre: Linares.

En vísperas de fiestas, este corazón humano de Linares que se llama el Pasaje, esparce, en diástole jubilosa, la sangre viva de la ciudad. Tampoco es frase feliz; pero es eso: el Pasaje regula y encauza una prisa, un afán conti­nuamente renovado, oxigenado, en el pueblo de las «ta­rantas». Gente, mucha gente. Y de pronto, un cura. Un cura de pequeña estatura, de aspecto dinámico. No quiere el sacerdote detenerse. Pero alguien, cariñosamente, le obliga. Le obliga, sí. Le trae con nosotros. Le hace sen­tarse. El cura tiene una mirada incisiva. Los ojos, tras las gafas, coordinan perspicacias en la madeja de la con­versación. Es el cura que confesó a Manolete.

—«Siempre tuve afición a la literatura, sobre todo a la poesía, que cultivo por mero pasatiempo. Me gusta la inutilidad de la rosa, el canto de los pájaros, el jirón de una nube que navega sin rumbo y la belleza insobornable de un soneto bien logrado.»

...—«La cogida de Manolete produjo honda preocupa­ción. Yo ahora recuerdo, ante todo, de aquel día, el teléfo­no del hospital con sus llamadas ininterrumpidas. Entre el desconcierto de la situación, la reiteración agobiante del teléfono ponía una nota azorante... La feria de Linares había enmudecido de súbito. En una habitación del hos­pital, la melancolía de los ojos de Manolete se agrandaba interrogadora. El torero coronaba su vida y su arte con una muerte cristiana. Oí su última confesión. Momentos impresionantes, edificantes... Por cierto, que unas horas más tarde me avisaban para administrar la Extremaun­ción a una moribunda. Era una señora que había vivido mucho tiempo en América. Me disponía a confortarla cuando me dijo ya casi agonizante: "Padre, ¿es verdad que ha muerto Manolete?" Me di cuenta de que, por boca de la enferma, hablaba la angustia de España entera.

Linares —geografía de aquellos históricos instantes—, hito destacadísimo en los itinerarios líricos de la fiesta. Porque esta ciudad próspera, industrial e industriosa, incorporó definitivamente a su historia la fecha del 28 de agosto de 1947. Y diríase que la feria de San Agustín os­tenta ya una señal de luto perpetuo en su solapa...
Alguien quedará siempre en la ciudad que os lleve al hospital de los Marqueses de Linares para enseñaros don­de fue operado el «Monstruo»... Pero todavía el mejor recuerdo vivo de Manolete está en el alma de este cura poeta que le asistió espiritualmente. Este cura enamo­rado «de la inutilidad de la rosa, del canto de los pájaros, del jirón de una nube que navega sin rumbo...».