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UN OPTIMISMO

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Ideal. (Diálogo) 2 de febrero de 1977

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A España la conocemos poco los españoles. Parece que Giner de los Ríos se ilu­sionaba pensando en el tiempo en que "España esté a la altura de su pai­saje". Son, creo, por ejem­plo más los andaluces que conocen Florencia o París que los que han es­tado en Cáceres. Esto indica que prac­ticamos poco el turismo interior y que la variedad geográfica y paisajística de nuestra patria —bueno, de nues­tro "país"— no nos tienta mucho. Eso hace que, probablemente, el pai­saje psicológico de cada español sea bastante limitado y monótono, escasa­mente parecido a la difícil variedad de las tierras peninsulares.

A lo mejor uno se mira por den­tro y se encuentra abrupto. Tener ideas más bien firmes que cristalizan en conductas sobrias y hasta un poco esquinadas: he aquí un derecho. Pero no hasta el punto de eliminar, por sistema, el suave declive psicológico pa­ra un mejor diálogo. No siempre el acantilado se enfrenta con el océano para la lucha del oleaje y la contu­macia de la espuma. La belleza bra­va de la costa alta descansa, un tan­to, en la seguridad de que un poco más allá, mar y tierra se abrazan con desmayo mutuo en la tregua de la playa, es decir de la amiganza oca­sional. Los españoles vamos quizás a veranear mas bien a las ciudades o lugares marítimos para compensar la seca índole mesetaria de nuestro ca­rácter ¿Vamos a que nuestro hirsu­to paisaje interno aprenda —en la geografía playera— a ponernos al ni­vel del mar dialogante e igualitario? ¿Vamos a que nuestro personal "país lírico", acreciente opciones de paisaje, disminuyendo así un talante monocorde? ¡Bah! Eso es literatura, ami­go. No son, en España concretamen­te, menos pedregosas las gentes del litoral. Y, en ocasiones, los hombres más pacíficos viven y yacen en las altas, serrijosas, tierras del roman­cero. Y, ¿qué es mejor, ser épico o lírico? Otra sandez de pregunta por­que, desde hace mucho tiempo ya, los hombres no se dividen en épicos y líricos. De una parte vivimos una época "anti-heroica" y desmitificante y nadie —puede que esto constituya una gran pena— quiere parecerse ni desde lejos al Cid o Bernardo del Car­pio. Pero también lo lírico tiene aho­ra cotización bajísima. Por supuesto, aunque en su secreto fondo muchas lo sean todavía, no hay mucha­chas románticas. Ni nadie se enamo­ra como Bécquer, ni se suicida como Larra por una pasión imposible. Ade­más, también disminuyen los que in­gresan en las academias militares Y más todavía los que atienden una vocación de sacerdote. Época, pues, antiéfica, antilírica y menos religiosa. España, pues, no está como soñaba Giner a la altura de su paisaje. Si­gue siendo abrupta, carpetovetónica en la comarca íntima de cada español. Pero sin salida fácil al mar. Con el mar lejos. No obstante, el páramo que, en nuestros siglos grandes, impul­saba a nuestros hombres a la hazaña, al ascetismo, al misticismo o al amor irreducible, no opera ya así.

¿Cómo somos los españoles? Casi en el mismo momento, en el espacio de un día, nos proclamamos —y nos acu­samos— violentos y serenos, ingober­nables y maduros, generosos y envidiosos. Quevedo auscultó, ya para siem­pre, la "envidia nacional". Empero existe también una gracia muy espa­ñola y un honor que pica siempre más alto, y un orgullo que es virtud mirado de frente y pecado visto al envés. Y es posible que todo esto no sea ya literatura. El carácter hispano se fraguó en varios hornos. Don Américo y don Claudio discutían mucho sobre esto y a veces muy carpetovetónicamente.

En España somos imprevisibles, precisamente porque la fragua —y también la forja— de nuestro modo es complejísima. Por eso son muchas las ocasiones históricas—y puede que la actual sea una— en que no sabe­mos ciertamente lo que queremos ¿Mas bien estamos enterados de lo que no queremos que de lo que queremos? Esto no puede decirse que sea pre­cisamente, una virtud. Aunque Malraux así lo estime cuando escribía que "cuando usted sabe lo que quiere ya está aburguesado". No es así. El hom­bre nace desorganizado —más desor­ganizado que los animales— porque Dios le ha obsequiado con la potestad de que pueda él mismo organizarse. Y para organizarse, lo primero es sa­ber lo que se quiere. Si no nos logra­mos si no alcanzamos, cada uno pa­ra si, su constitución orgánica, su concepción del mundo, ¿qué podemos ser más que aquellos fantasmas que vio Dante en el Infierno y de los que Virgilio, el mantuano, le informa? "Son muertos que se figuran que vi­ven".

Lo cierto, piensa uno, es que los españoles somos gente que debe tener cuidado y ser avisada de sí misma. Desde luego jamás seremos mediocres como los suecos, pongo por caso, pero nuestras superioridades y nuestras pujanzas pueden trocarse, al menor descuido, en desbordamientos. Si nos inundamos de nosotros mismos, estamos perdidos. Indudablemente la moderación no fue nunca nuestra virtud. O no fue jamás nuestro de­fecto. Según se mire.

Borges, que ha dado a nuestra lite­ratura trato desigual, suele desconcertarse un tanto cuando habla de nuestra España, de nuestra Patria —perdón, de nuestro país—, pero concluye siempre pensando que no puede olvidársela. «Madre de ríos, de espadas y de multiplicadas genera­ciones, incesante y fatal». Alegrémo­nos de lo de las «espadas» y de lo de las «generaciones». Orgullezcámonos, más aun, de lo de «incesante». Por­que, en efecto, ¿cómo va a poder nunca España quedar cesante? Tal cesantía se viene predicando desde varios siglos atrás en más de una cancillería. Es por no estar entera­dos, es un no conocernos. Pero ya gus­ta menos lo de «fatal». No hay un «fatum» para España y para su gran­deza que puede ser dramática y qui­zás debe serlo, ya que no hay gran­deza sin drama. No por eso ha de ser trágica. Quizás drama y trage­dia son conceptos opuestos. Abrup­tos por constitución, estamos abo­cados por vocación a la esperanza. De ahí, un optimismo.