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LA EDAD

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Ideal. (Diálogos) 14 de julio de 1977

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Leo muy recientemente que “Esparterito", un torero de Úbeda, de desigual for­tuna, retirado de los rue­dos hace bastante tiem­po, ha vuelto a ponerse el traje de luces precisamen­te en una plaza de Madrid, a los cin­cuenta años. Le han preguntado el por qué de ese entusiasmo hacia la "profesión" doblado su medio siglo, y él ha contestado que los toros "no piden el carné de identidad", que es donde consta la fecha de nacimiento.

Y la anécdota nos torna a la consi­deración de un tema de ahora. La ju­bilación o el retiro —estados de sere­nidad, descanso y... cansancio— no son situaciones a las que normalmen­te se aspira en este tiempo de urgen­cias y de desgaste moral y físico. Parecería natural que fuese así, pero no. Al contrario. Porque, ¿quién reco­noce ahora que ya va siendo viejo y no está "para esos trotes"? Fenó­meno curioso. Todo el mundo quiere prolongar su Juventud en esta épo­ca más bien vieja. "Esparterito" de Ubeda vuelve a torear con cincuenta años, pero —por ejemplo— también , vuelve al Parlamento Dolores Ibarruri con más de ochenta. Y Federica Montseny, con no sé cuántos, se po­ne a arengar a la F.A.I. en un esta­dio de Barcelona. No puedo decir que esto es admirable, porque Jamás he admirado ni admiraré a Federica Montseny o a Dolores Ibarruri. Pero sí, insisto, es fenómeno "pintoresco" éste.

Lo de que la época que vivimos es vieja lo fundo en que falta imagina­ción para idear soluciones inéditas a los problemas. Si ahora grandes sec­tores vuelven al marxismo, al freudis­mo e, incluso, al dadaísmo político, es decir, a un balbuceo de ideas que no aciertan a articularse (y si se ar­ticulan es peor), ello obedece más que nada a una esclerosis. Están periclita­das muchas cosas e ideas que, hoy, se nos ofrecen como novísimas. Pero quienes las aceptan como novísimas —siendo ideas, presupuestos e inspi­raciones del ochocientos— es por co­modidad, por no discutir, síntoma fa­tal de burguesía de la mala, o por miedo, o por ignorancia.

Lo de que nadie se considera viejo ya es, probablemente, consecuencia de lo anterior. Retorna el clima —y el "climax"— de una lejanía ideológi­ca y se ofrece campo de cultivo, así, para que los viejos se adviertan en su propia salsa. A mí, todo esto del pro­gresismo me causa risa o, por lo me­nos, sonrisa. Naturalmente, yo creo —les decía el otro día en una charla a unas jóvenes preuniversitarias en Baeza—, yo creo, les exponía, en el progresismo, por la misma razón que creo en el crecimiento de la hierba. Pero no por eso soy ardiente parti­dario del progresismo ni ardiente "partidario" del crecimiento de la hierba. La hierba y la historia crecen inevitablemente sin mi asenso y sin mi voto a favor. Pero exactamente por eso me causa un poco de estupor comprobar cómo los partidarios del crecimiento de la hierba no admiten más hierba que la de su particular invernadero. No toleran nuevas especies de hierbas.

Es lógico, pues, que una doña Fede­rica o una doña Dolores, se sientan a gusto —ellas tan viejas— en esta épo­ca un poco ancianita en lo ideológico, en lo moral... (A propósito de "mo­ral", ¿han visto ustedes algo tan vie­jo como estos erotismos que quieren inventar perversiones o "inversiones" que ya existían en el mundo romano y en el mundo babilónico?) Es lógico que los políticos de antes de anteayer no quieran jubilarse ni retirarse. Al fin y al cabo, el "coro" está amaes­trado, uno no sabe por quién, para aplaudirles y aclamarles. Lo difícil de entender es que en el "coro" sean jóvenes la mayoría. No hombre, los jóvenes están obligados, por defini­ción, a tener imaginación política. Su­perando, por tanto, la vieja antinomia marxismo-capitalismo. Buscando una
solución ágil, fresca, cordial, elásti­ca y risueña. Para eso están. Y, por supuesto, al superar la antinomia, ¡no caigan en la tentación de la solu­ción ácrata! Porque eso es aún más viejo. Eso es casi paleolítico...

Piden voto los jóvenes de dieciocho años. Tienen derecho. Pero demues­tren antes que su edad es dieciocho años. No la edad de Dolores Ibarruri o de Federica Montseny.