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Los niños expósitos: trescientos años de historia en Úbeda. (y XVII)

Ramón Molina Navarrete

en Ibiut. Año XIX, nº 109. Agosto de 2000, pp. 26-27

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LOS ÚLTIMOS DOCUMENTOS

Y entramos en los últimos documentos. Entre ellos un estado de cuentas de 1879-80, por el que sabemos que el director, D. Bartolomé Guerrero, cobraba 250 ptas. al trimestre. El médico de la cuna, D. Federico Catena, cobraba 225 ptas., al trimestre. El secretario, D. Juan Mª Zamora y el depositario, D. Javier Pérez, cobraban 187'50 ptas. cada uno por trimestre. El Ama Interna cobraba 45 ptas. al mes. Las dos hermanas de la Caridad, 20'84 ptas. al mes, las dos amas internas, 15 ptas. cada una al mes, y las amas externas, en conjunto y por término medio, costaban a la cuna 727'33 ptas. mes.

Los cargos de director y secretario, por escrito fechado en Jaén el 3 de mayo de 1890, se refunden en uno sólo: Administrador.
A partir del libro 17, que alcanza desde septiembre de 1883 a julio de 1889, las páginas aparecen ya confeccionadas a imprenta y con apartados para las anotaciones, tales como el número, el nombre, la procedencia, día en que ingresa, hora, documentos que acompaña, ropas, señas particulares, día y parroquia en que se bautiza, día en que se hizo la inscripción en el Registro Civil y situación del expósito. (Advertimos que, a partir de 1871, se hace constar que los expósitos quedan inscritos en el Registro Civil.)

También aparece ya una ficha en donde se hacen todas las anotaciones importantes de cada expósito recibido, así como la inscripción en el registro civil y en la parroquia.

LOS DOS ÚLTIMOS REGISTROS: TODO UN RESUMEN

El último libro, (n° 21), recoge los ingresos habidos en Úbeda, desde el 29 de julio de 1906, al 28 de septiembre de 1933. Los abandonos disminuyen en número.

Los dos últimos casos de abandono fueron: Juan Antonio Moya Delgado, procedente de Úbeda, que ingresó el día 12 de junio a las 10 de la mañana. Había sido bautizado el día anterior en San Isidoro. Era hijo legítimo de Valentin Moya y Eustaquia Delgado, que había fallecido. Juan Antonio murió el 7 de marzo de 1934.

Ultimo registro de ingreso en la cuna: año 1933, mes de septiembre, día 28, a la una de la tarde. Ingresaron dos "mellizos", niño y niña. Primero se registró al varón con el nombre de Juan F° Ruiz Orcera. La niña quedó registrada con el número 242. Ambos venían con "nota de bautismo", en San Nicolás, con fecha del mismo día 28. Eran hijos legítimos de Gabriel Ruiz y Ana María Orcera, "difunta". La niña falleció el 8 de julio de 1934. El niño "lo sacó su padre el 1 de noviembre de 1933".

No podemos evitar por los extraños avatares del destino, analizando este último caso, ver en ello todo el resumen de lo que ha sido la historia de los niños expósitos de Úbeda, historia, por otro lado, que se repitió en infinidad de pueblos y provincias a lo largo de muchos siglos. ¡Qué curioso que sea aquí el día 28 de septiembre el último ingreso oficial!, víspera de la gran fiesta de Úbeda, como si se tratase de una cabalgata de gigantes y cabezudos de tiempo y espacio que intenta secar lágrimas y derretir tristezas para que brille la luz de la alegría. Y qué curioso también que el último caso sea doble, y además niño y niña, como ha sido en verdad toda la historia, sin que se pueda decir que en razón del sexo unos han sido más abandonados que otros. En esta triste realidad el sexo no importó, aquí sí privó la igualdad, no fue éste nunca motivo para dejarlo o para quedárselo. Baste para confirmarlo esta nota que se recibió junto a un expósito: "Este niño o niña está sin bautizar, se suplica a los alcaldes o directores de la Caridad donde sea hallado, lo hagan poniéndole por nombre si es varón Francisco José y si es hembra cualquiera de los dos". (30 de septiembre de 1873, 5'30 de la mañana.) Era varón. Murió.

Y por último, qué tremendo también, que la niña muriese (último registro), porque toda esta historia ha sido, al fin y al cabo, un camino de muerte, de muerte y sólo muerte. Sin embargo el niño vivió, al menos no queda registrada en el folio su cruz, ni el real, o los tres reales, que costó su entierro, ahí, en cualquier cementerio, el de una iglesia al principio, y después en el municipal, así, directamente a la tierra, sin caja, sin ritos, sin rezos... Y honor para ese padre que aparece entre sombras, nada menos que un uno de noviembre, "Día de todos los Santos", como un salvador de la muerte, esa muerte negra y sedienta que ha dejado tras de sí una estela inmensa de santos inocentes, como si se tratase del final de una gran novela resumen, ambientada en los espacios del hambre y la pobreza, y que viene a recoger a su hijo, a rescatarlo del vacío y las tinieblas, pese a estar la madre muerta, para, superando miserias y lágrimas, sacarlo adelante.

No sabemos si Juan Francisco Ruiz Orcera vivió mucho tiempo o si incluso vive (hoy podría tener 67 años). Sea como fuese desde aquí le envío este abrazo de cariño y veneración, por haber sido, junto a su hermana, el punto y final a una historia de oscuridades en Úbeda, que a medida que me he ido adentrando en ella más angustia, miedo y frío me hacía sentir en las entrañas.

A MODO DE EPÍLOGO

Finalmente no han sido, como anunciábamos,16 los capítulos de esta triste historia, sino 17. Podían haber sido más, muchos más, pero no hemos querido ser demasiado exhaustivos en esta penumbra del pasado, en la que muchos hombres y mujeres han sido a la vez víctimas y verdugos de su propio tiempo. Un tiempo al que hay que mirar, eso sí, para no ser excesivamente duros, con perspectiva histórica, con mentalidad de pretérito, con comprensión...

Pero, sobre todo, lo que hemos de hacer es no rasgarnos las vestiduras ante el espejo de aquella sociedad que nos parece miserable, falaz y sin escrúpulos, especialmente por parte de los ricos, pudientes y poderosos que poco hicieron por los niños más débiles: los echados a la puerta de una casa o en la frialdad de un torno..., y no debemos rasgarnos las vestiduras porque, amigos, hoy tampoco somos demasiado mejores, hoy también muchos niños, miles, cientos de miles, millones se nos mueren de soledad, hambre y abandono, ahí cerca, al lado, mientras nosotros, ricos, vomitamos para no engordar, para no perder la línea de nuestra estúpida perfección.

Ya escribirán nuestros hijos y nietos acerca de esta situación horrorosa y sentiremos vergüenza también desde lo más hondo de nuestras tumbas.

R.M.N.