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UNO MISMO

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Ideal. 7 de marzo de 1975

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¿Cómo recobrar la «interioridad y el ser uno mismo de que el espacio y el tiempo nos privan»? Este era el propósito de Prouts. Sin declararlo ex­plícitamente, y casi sin conciencia de ello, es la intención que mueve nuestros actos —los de casi todos— cuando decimos: voy a des­cansar. Pero es que descansar —quizá siempre, pero sobre todo ahora— es cosa ambiciosa. Des­cansar es desconectarse, aislarse un tanto, su­mirse en el ser que cada persona es. Difícil em­peño, porque somos eslabones de muchas cade­nas. Miembros de numerosos mundos y mundi­llos. Si nos encerramos en nuestro descanso, se nos puede llamar egoístas y, a lo mejor, acusán­donos de una excesiva atención de nosotros para nosotros, se consigue que nos remuerda un poco la conciencia. Pero está claro que descansar no es, invariablemente, tumbarse a la bartola. Hay otros descansos que, por dentro, nos ponen en pie muchas ideas o muchos pensamientos. Algu­nos hombres cuando acuestan su cuerpo comien­zan a hervir interiormente y cuando llaman al sueño acude la desazón. Queremos soltar los vínculos —hemos dicho cadenas— que nos unen al mundo y a los mundillos. Y lo hacemos con gusto por el aquel del descanso. Y enseguida consideramos que, al fin y al cabo, las cadenas si­guen aunque se suprima el eslabón que repre­sentamos. Nadie es imprescindible. Esto, al par, nos tranquiliza y nos duele. ¡Ah, sí, es que hay instantes triunfales en que nos creemos muy im­portantes! La melancolía sustituye luego y co­rrige enseguida al orgullo. Así la lozanía de áni­mo que hemos enhebrado en un deseo, en una ilusión, en una pasión, se mustia pronto y, pre­cisamente, cuando nos vamos al descanso, libe­rados de una urgencia que nos enardecía, se produce la pereza que nos macera en la nostal­gia. Quizá para ser vitales, para la euforia, ne­cesitamos de cierta dosis de engaño y de menti­ra. Es el engaño quien en muchas ocasiones nos mantiene ágiles, despiertos. Daríamos más cali­bre y más calidad y más talla de hombres si el desengaño —el cese de una ilusión— en lugar de incitarnos a la desconexión con el mundo y con los mundos, en lugar de apartarnos para un des­canso deseado o efectivo, fuese la premisa de nuevos empeños. Porque, probablemente, es obligatorio creer que los engaños y desengaños son igualmente parciales y efímeros. Un engaño cu­ra de un desengaño, una mentira de una cruda verdad, una ilusión de un fallo, una pereza de un cansancio y una euforia de un desánimo. To­do es alternancia. Pero lo último que podemos pensar, lo que no nos es lícito creer, es que nuestra vida carece de objetivo, aunque uno tras otro ciertos afanes fracasan. Puede que el mal esté en que no sabemos elegir afanes. Puede, entonces, que nos pongamos tristes, no porque la vida es triste, sino porque, propiamente, no, sabemos en qué consiste la alegría...

Pues así es. Íbamos a descansar y, puestos a la almohada, en lugar de la dormición vienen las inquietudes disparadas. El encuentro con uno mismo, si es auténtico, rara vez sosiega. No, no: ése es otro engaño. Recobrar la propia interio­ridad no descansa. Y muchos dolores de cabeza surgen cuando uno se da cuenta de quién es y habla con quién es. Sobre todo cuando uno ad­vierte que el conocerse es empresa más ardua. Al empezar a conocernos nos damos cuenta de lo ambicioso del propósito, de lo inmensos que son nuestros océanos. Y esto es verdad para to­dos. Porque hay quien estima que existen hom­bres elementales, almas simples, vidas sin com­plicación y enredo. ¡Qué error! Vistos desde fuera, casi todos parecemos hombres de fácil so­lución. Nuestros problemas enseñan una facha­da que a los demás les hace presumir que den­tro de nosotros todo se hace fácil y que lo oscuro e insoluble es lo de ellos. Achicamos, instintiva­mente, lo de los demás. Sus tristezas y sus júbilos, ¿no nos parecen sin fundamento? Es nues­tra enfermedad la que vale. Y es nuestro drama el vivo y el fuerte: el que no se deshace como cartón mojado. Y todo de esta manera. Siem­pre, a pesar de nuestras fingidas o genuinas hu­mildades, terminamos por creer que lo nuestro es lo verdaderamente importante. Y es así como el descanso no es posible.

Ya que el descanso, seguramente, no es sino un premio. El premio al olvido. Al olvido de nos­otros mismos. Los psiquiatras coinciden con los maestros de la vida espiritual: se necesita una fuerte dosis de renuncia a sí mismo para ver el auténtico rostro de la Vida. Virginia Wolf es­cribió que «la vida es lo que se aprende en los ojos de la gente».

Hemos dado, pues, la vuelta a Prouts. A lo mejor hay ocasiones en que interiorizándonos demasiado nos perdemos. Si nos aupamos más de la cuenta en el brocal del pozo, podemos caernos al pozo. Es posible que existan seres que se extravíen cuando el anhelo de recobrar­se pase de la raya.