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¿" CRISTO, COARTADA"?

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Ideal. Enero de 1976

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La tesis del artículo "Cristo, coarta­da", de don Francisco Pérez García, publicado en IDEAL, hace ya un poco de tiempo está muy clara. La prosa brillante, ingeniosa y admirable del leidísimo escritor no se presta al equí­voco. Se deduce de lo dicho por don Francisco Pérez García que a lo lar­go de los siglos los cristianos —o más bien los católicos— aprovechándonos del nombre de Cristo no hemos hecho, poco más o menos, sino cometer su­ciedades históricas, crímenes, injusti­cias, desafueros y abusos. Con mucha chispa, el escritor imagina a la figu­ra de Paulo de Tarso, retornando a la Tierra en 1050 (cuando las Cruza­das), a comienzos del siglo XV (cuan­do la Inquisición), en 1572 (cuando la "Noche de San Bartolomé") y en nues­tra época. En las cuatro ocasiones el apóstol se descorazona ante las igno­minias políticas, ante los espectáculos de sangre, ante las desigualdades so­ciales, que no cesan, a pesar de la doc­trina de Amor del Crucificado. Cuen­ta, entonces, el escritor, el desaliento de San Pablo ante esta pertinacia en los errores y, contagiado de pesimis­mo, concluye así su artículo: "Dentro de uno, dos o más siglos, los cristia­nos serán perseguidos como perros ra­biosos, por los falsos católicos desen­mascarados, que ya no podrán utili­zarle como coartada. La Biblia será prohibida como propaganda subversi­va, y con razón lógica, porque su doc­trina es más peligrosa que la marxista y la maoísta para los poderosos señores de la Tierra. Porque el marxis­mo y el maoísmo pactan con los ricos y los imperialistas. Cristo, no".

Es mucho pesimismo, ¿no? Me va a permitir don Francisco Pérez Gar­cía que, cordialmente, fraternalmente —con el asenso, como es lógico, de nuestro director— me atreva yo a ha­cer en IDEAL algunas observaciones con respecto al contenido de un exce­lente artículo que, no obstante, incu­rre (según mi opinión) en el error de hacerse eco de unos criterios sim­plistas —ya tópicos— que, sin duda in­conscientemente, se complacen un po­co a lo masoquista en creer que no te­nemos remedio y que todo eso de la re­ligión se ha llevado muy mal —evidentemente mal— hasta la fecha, y que, o cambia en absoluto el panora­ma del cristianismo o... "apaga y vá­monos".

Bueno: en primer lugar don Fran­cisco Pérez García hace una selección, que no me parece imparcial, cuando se decide a traer a San Pablo a la Tie­rra, en distintas épocas, para ver cómo anda esto. Y elige, como tipos cristianos a figuras —por lo menos ambivalentes— como Godofredo de Bauillón, el Inquisidor Valdés, los pro­tagonistas de la matanza de los hugo­notes y los capitalistas imperialistas de hogaño. ¿Es que todo en la His­toria de la Iglesia se ha reducido a escenas y personas así? Además de los sucesos desalentadores que el es­critor registra ¿acaso no ha "produ­cido" el catolicismo eventos de largo alcance como el monasticismo, el flo­recimiento cultural renacentista, el "ri­gor científico" del siglo XVII, que Jaspers (véase su ensayo "Nietsche y el cristianismo") considera rotundamen­te como efectos de la "moral cristia­na" en su "deseo absoluto de verdad"? ¡Ah, querido amigo Pérez García, hu­biera sido equitativo que usted se hu­biese también fijado, por ejemplo, en un San Francisco de Asís, en un Pas­cal, en un San Juan de la Cruz o en un... Jacques Maritain. Algo han apor­tado estos hombres, en los siglos cris­tianos, al progreso del amor, de la cultura, de la justicia e incluso de la sociología. Ni todo ha sido tan negro ni todo se presenta, de aquí en adelan­te, tan horrísono. No es como para que "San Pablo se acurruque en la esquina del cuadrilátero y arroje la esponja"...

Porque, ciertamente, el cristiano, por naturaleza, es un insatisfecho y debe de ser hostil a todo conformismo. Y más hostil todavía al incondicional triunfalismo. Un Dios que se hace Hombre, reclama, sin duda alguna, una respuesta más universal, más in­tensa y más inequívoca de los hom­bres. Pero es, querido amigo, que la ingratitud humana y la averiada con­dición humana, entran precisamente en el "juego". No sé si me explico. Es que Él, al revelarse, no se hace, pre­cisamente un líder o un reformador: se constituye en Salvador. Al fundar el cristianismo, sabe —y lo dice— que el mundo no va a dejar de ser mun­do, ni los hombres van a dejar de ser hombres. Y, de esta manera, el cris­tianismo encarnado en los cristianos va a ser, en muchos instantes, en in­numerables personas, una malísima y detestable copia. Su Reino "no es de este mundo". Y, además, la cosa es sumamente compleja. Tan compleja que no puede despacharse —ni por usted querido amigo, ni por mí— con cuatro frases bonitas, ingeniosas, por mucho que, en ocasiones respondan esas frases a una realidad. Es muy complejo, digo, el cristianismo. Ni pue­den los temporalistas despotricar a base de que el mensaje de justicia so­cial que lleva anejo el Evangelio no se cumple. Ni pueden los verticalistas conformarse esgrimiendo a Santa Teresa, a San Bruno o a San Igna­cio, como contrapeso místico a la des­preocupación de los clérigos respecto a la subida de salarios de los obreros de las fábricas. El arreglo de los pro­blemas temporales de la Historia de­pende en gran parte de los cristia­nos y es evidente que aquí los segla­res no podemos hurtar el hombro. Pe­ro hay más, hay mucho más. Está la gran cuestión de la salvación cris­tiana que desborda las coordenadas del espacio, del tiempo. Y si es un escándalo que, después de veinte siglos bajo la advocación de la cruz, sigan las gue­rras, las tiranías y las injusticias de tipo económico, ¿no será más escan­daloso aún que, no sólo no haya dis­minuido sino que haya aumentado alarmantemente el número de los hombres que ni tienen esperanza en la otra vida ni acepten el mensaje so­brenatural de Cristo? Al cristianismo no puede juzgársele como a una ideo­logía cualquiera por sus éxitos o por sus fracasos de índole exclusivamen­te histórica. Se trata, como observaba Chesterton de una religión de para­dojas, a la medida del hombre paradójico. Sus triunfos tienen unas consecuencias imprevisibles y sus fallos también. Hasta su lógica no puede se­guir los caminos de la lógica, de tejas abajo.

Y es ciertamente su sentido sobre­natural, es su índole de fenómeno distinto, no sujeto en absoluto a los ordinarios presupuestos mentales del hombre, la circunstancia que le coloca por encima de todo juicio exclusiva­mente racional o exclusivamente emo­cional. Entonces, no pasa creo yo, de una "boutade" lo de pronosticar a unos "católicos falsos" que se van a cargar a los cristianos, o una Biblia que será prohibida, etc. Es gracioso —pero impropio— imaginar a un Pa­blo de Tarso desalentado como un bo­xeador que desiste del combate. Impropio, porque el Apóstol cuyas ense­ñanzas tienen una esencial dimen­sión escatológica, se entristecería de nuestra época como se entristeció de la que le tocó vivir. Pero para aquel tiempo, como para éste, tiene sus pa­labras de superior esperanza y se con­solaría —y nos consuela— de las pro­pias y de las ajenas defecciones, ape­lando a la mansión que Él nos tiene reservada. "Porque sabemos que si nuestra casa terrena en que vivimos como en tienda, se viniere abajo, edi­ficio tenemos de Dios, casa no hecha de manos, eterna, en los cielos" (II a los Corintios 5-1).

Es indudable, amigo Pérez García que —de otra parte— Cristo no pac­tará jamás, como usted muy bien dice con los ricos o con los imperia­listas. No pactó con ellos durante su vida encarnada en la Tierra; aunque tampoco apenas maldijo nada (quizá la causa próxima de su crucifixión es, que no maldijo expresamente al im­perialismo de Roma). No pactó con nadie el Salvador, Redentor del Mun­do. ¿Con nadie? Bueno..., para ser veraces, habrá que decir que pactó con el hombre, con todos los hom­bres, altos y bajos, ricos y pobres, entregando en prenda su Sangre. Y, en resumidas cuentas, ¿no está conteni­da toda la Historia en el Evangelio de San Juan? "Vino a lo que era suyo, y los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hijos de Dios".

Admirado escritor, Pérez García; parece como si yo hubiese intentado con este artículo recordarle las ver­dades como a un doctrino. Perdón, pero no es eso. Es que —decididamente, incontrovertiblemente— si Cristo ha sido o es la coartada que encubre a unos pocos, ahí están los testimonios numerosísimos de quienes se consideran, como se dice en el mo­mento de la Consagración, como "la salvación de muchos" (de todos). Fray Luis de León daba a Cristo es­tos nombres: Pimpollo, Faz, Camino, Pastor Monte Brazo de Dios Príncipe de Paz, Rey de Dios, Esposo...

Alabémosle con ellos y así, amigo Pérez García, podremos desagraviar­le contra quienes, como coartada, em­plean su Nombre en vano.