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CANSARSE

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 28 de julio de 1977

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Uno de pronto dice que se siente cansado, muy cansado. Y se lo cree y lo va diciendo por ahí a los demás. Pero el cansancio es cosa compleja y de raíces difusas. A veces es una manera sutil de engaño que nos hacemos. Puede que en ocasiones sea una coartada para justificar escasez de ánimo o flaquezas en la generosidad del trabajo.

¡Qué ocasión para cansarse, el verano! Así es que hay que ir preparándose para el viaje. Luego , el viaje cansa. Más tarde, fastidia todos los días lo mismo. A lo largo del año, cuando la ocasión nos sitúa en los nódulos de una intensa actividad, hemos repetido aquello de ¡quién tuviera tiempo para aburrirse!. Sin embargo, llegada la vacación, en la larga siesta veraniega, ¡cómo pesa el sentirse desatado y flotante!. Porque es cierto que el descanso total y el aburrimiento se identifican. Entonces hay que procurarse un "trabajito para distraerse", después de haberse cansado del curso, de la preparación del viaje, del viaje y del posviaje. Llega así el día, ya en el centro de la vacación, en el que exclamamos: ¡Es curioso!, hoy no he hecho nada desde que me levanté y estoy que no puedo con mi alma.

Supliendo los concretos cansancios que deparan las urgencias se advierten, cuando no sabemos hacer fecundo al ocio, los vacíos de las horas neutras en los que el alma no se encuentra. Si no tenemos intimidad, o nos hemos olvidado de ella, es que no estamos entrenados para el descanso que, entonces, se torna hastío. Me decía un viejo poeta que un soneto, un cuadro al óleo, una borrachera y una partida de juego al "monte" podían ser hijos del mismo padre: del tiempo libre. Que todo depende de la misma madre, es decir, del alma. Hay almas que afrontan el ocio o la soledad con la obra de arte o con el aún más limpio menester de una dedicación espiritual a Dios o al prójimo. Pero si la "madre", es decir, el alma, es tumbona, sale el bostezo, generador posible de cualquier desviación . El descanso es encrucijada...

Fray Juan de los Ángeles —de quien Menéndez y Pelayo decía que no es posible leerle sin dejarse arrastrar de sus cadencias de fondo traducidas fielmente por la forma— escribía que "el trabajo con que nos visita Dios es una custodia en que Él mismo viene y se entra por nuestras puertas para hacernos compañía ". Concepto ahilado éste que considera al trabajo como una "visita" divina. De tal manera que, al faltarnos en tiempo de descanso, debiéramos prevenirnos para corresponder a la visita suya con la nuestra, consistente en un trabajo supernumerario de ofrenda u homenaje.(Sería una fina manera de entender el "hobby"). Si Él nos viene cuando el agobio de las ocupaciones cotidianas, ¿por qué no ir nosotros a su encuentro con las flores y frutos del ocio: un lienzo, una oración, un regar el jardín, un departir la sonrisa con el amigo triste, un fervor nuevo hacia las cosas plasmado en la agilidad del pensamiento?

Aunque tampoco es bueno — creo— caer en la tentación de "no perder un instante" poniendo el orgullo o la vanidad en el trabajo incesante. "Yo no quiero vacaciones, no me permito ese lujo", dicen algunos mostrando a derecha e izquierda, sus carpetas, sus calendarios, sus vehículos, sus "pastillas" para dormir y sus pastillas para estar despiertos. Aparentan una lástima sobre sí mismos —"ojalá pudiera permitirme sólo una semana"— , pero en realidad lo que se hace patente en su manera de decir es la veta de un desprecio: "Tú eres feliz, amigo, eres feliz". Como echando en cara que...no somos como ellos imprescindibles. ¡Cómo es posible que siga girando el planeta si ellos, felices, escalan la montaña o se adormecen ante la frustración del oleaje en el acantilado o en la playa!. Quede eso para nosotros, pobres frívolos del recambio.

Ya decía un personaje de Mihura que "trabajar a todas horas, como comer a cada instante es señal de mala educación". Ciertamente el trabajo produce un contentamiento, una satisfacción. Pero tan íntima que resulta una falta de recato andar pregonándola sin pausa: "Mi trabajo; vengo de mi trabajo ; voy a mi trabajo". El señor Pantaleón, en "Los intereses creados" no cesaba de exclamar: "Mi dinero, mi dinero, mi dinero". Es casi igual. Si no se procede con cuidado, el binomio trabajo-dinero echa a perder las más nobles empresas. Por eso Eugenio d´Ors alababa de los andaluces ese disimulo ante el trabajo, en aras de una elegancia y de una especie de humildad. Ya. Porque el trabajo es satisfacción en su doble sentido. Contenta pero "satisface", es decir, paga. Pagamos el castigo de Adán. Pero no tanto que hagamos de él un orgullo. "No hay que llamar la atención de Dios", advierte Anouil a los "santones" de cualquier índole. Los "santones del trabajo" reprocharían al Señor que hubiera tardado en la Creación toda una semana y pondrían objeciones a aquello de que "el séptimo día descansó".

Uno de pronto dice que se siente cansado. No hay que fiarse. Puede que sea que uno esperaba demasiado de su trabajo y se da cuenta de que no ha sido tanto. ¿O es que deseamos que nos compadezcan?. ¿O más bien queremos compadecer?. La mayoría de las veces el cansancio ¿no viene por la vía del egoísmo?. Es triste pensar que tanto más nos aburren las cosas —y el trabajo y el descanso— cuanto más aumenta el interés por nosotros mismos. Preguntaban a San Francisco de Asís si se cansaba alguna vez, y respondió: "No, porque amo".