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LA DIGNIDAD DEL HOMBRE

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 4 de abril de 1968

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Parece incuestionable que todo hombre es sujeto de una alta dignidad. Esto, ¿quién puede discutirlo? Pero lógica­mente la calidad y el grado de una dignidad, sea la que fuere, se corresponde con la potencia e índole de la respec­tiva naturaleza sustentante. Y es aquí donde comienza la disparidad. Porque, ¿qué es el hombre? Como las definiciones posi­bles son muchas, la estimativa de la digni­dad humana varía ostensiblemente, según se acepten unos u otros principios. Resul­ta indudable que, al cabo, todo deviene en apelación filosófica. Es obvio que si el hombre —como enseñaba espléndidamente Pascal— es nada más y nada menos que "una caña pensante, una miseria que se conoce", el coeficiente de su dignidad es distinto al que, por ejemplo, se deduce del concepto de Protágoras: "el hombre es la medida de todas las cosas". Más aún si po­nemos en juego el fundamento religioso; los resultados, entonces, son mucho más dis­tantes. Si el índice de la humana alteza vie­ne explicitado por la adopción de hijos, de "herederos de Dios" —tal es la respuesta cristiana—, ¿cómo acercar esta solución a la postulada por un Juan Pablo Sartre o a la de un Carlos Marx? Es importantísi­mo, sí, puestos a proclamar nuestra propia dignidad, saber a qué atenernos respecto a lo específico, a lo esencial, a lo inaliena­ble del hombre dentro de una "concep­ción del mundo". Porque si fuéramos una "pasión inútil", nuestros deberes y derechos apenas tendrían semejanza con los que, desde otro supuesto, por nuestra condición de seres abiertos a lo trascendente nos per­tenecen. Y si únicamente somos piezas del ajedrez económico de la Historia, ¿cómo los valores éticos y estéticos van a contar a la hora de formular el oportuno progra­ma humanista?

Ahora "humanismo" es palabra impor­tante que circula como un "slogan"; cons­tituye un ejemplo desusado de publicidad filosófica. Pero tantos humanismos hay que el hombre común no dispone de tiempo para discriminarlos. Si ni se le aclara que humanismo es una cosa y humanitarismo otra, los humanistas juegan con ventaja... Por supuesto, el meollo de la cuestión tie­ne garra. ¿El hombre es autárquico? ¿Es una disponibilidad la libertad —disponibi­lidad para las altas empresas—, o la li­bertad es, sin más, un "radical" doloroso y estéril? Nuestra razón, ¿representa el metro-patrón del mundo o, mejor, es el contrafuerte, el arbotante que nos libra de ser aplastados por la gravitación inmen­sa del misterio? ¿Es Dios quien pide ya "permiso" al hombre para existir, o es el hombre todavía un ser en precario cuya existencia está en las manos de Dios?

Que haya respuestas diversas para el problema es tristemente inevitable. Pero muy bien se podría simplificar reduciendo factores y no amontonando incógnitas. Co­mo el problema no atañe sólo a los filó­sofos sino que, igualmente, es vital para el hombre medio, éste tiene derecho, al menos, a una exposición ceñida. ¿Se ha de elegir, pues, entre la embriaguez humanista —el hombre es el valor supremo— y la solución religiosa: el hombre es el ser que espera? Entonces, parece razona­ble demandar de las minorías rectoras una orientación concreta y un mínimo de pre­cisión; para que el hombre común, que está obligado a vivir y a buscar funda­mentos a su vida, no caiga en el equívoco de un híbrido eclecticismo. Que es la pos­tura que adoptan personas que no conocen suficientemente los términos de la alternativa. A no ser que "se acuerde" da una vez que ya no tienen por qué existir las minorías rectoras. Es éste otro problema del humanismo qua empiezan a hacer también pródigamente suyo ciertos secto­res religiosos, con notoria abdicación de
lo que podríamos llamar sus "principios fundaméntalas". Porque si el hombre es esencialmente autárquico, vale lo de la insumisión a la rectoría —a cualquier au­toridad—; pero si quedamos en que es un ser abierto a lo trascendente y disponible para Dios, la supeditación del impulso in­dividual a la norma entra en la definición, como entra el ángulo en la definición del triángulo.

El hombre que trabaja y sufre —ese he­rrero qua empuña su martillo, ese campesino que labra su campo de sol a sol, ese albañil que coloca ladrillos y más ladrillos subido en el andamio— necesita saber de dónde le viene su dignidad. No es indife­rente para él saber que le llega de Dios, por gracia, o que es nada más producto de una natural evolución que culmina en el mejor desarrollo de sus hemisferios ce­rebrales. Ese hombre trabajará y sufrirá de diferente manera —y con distinto esti­lo— según se considere sólo hombre o algo más. ("El hombre es algo más que el hom­bre", escribía Raimundo Panikker.) Y de todas formas tiene derecho a que cuando le hable un cristiano lo haga de manera que el Cristianismo no pueda confundirse con un humanismo. Y que cuando le hable un humanista, el humanismo no le sea pre­sentado como otra religión...

Se puede ser liberal en todo y con to­dos. Lo que nadie quizá puede permitirse
—sobre todo en estos tiempos de ajuste técnico— es el lujo de la ambigüedad; es decir, la molicie conceptual y verbal de la confusión.

¿Cristianismo o marxismo? Para nos­otros, he aquí la cuestión reducida a su desnudez perentoria. La disyuntiva pa­rece abrupta. No lo es si se tiene en cuenta que el marxismo es la salida lógica del humanismo integral. Y si, además, se con­sidera que hay muchos marxistas que no saben que lo son. (En el fondo, puede ser marxista hasta un capitalista convencido: basta con que sea materialista, con que crea que es el dinero, y no el espíritu, quien mueve las montañas.)

¿Cristianismo o marxismo?... Pienso que la peor respuesta sería la respuesta am­bigua. Porque si el diálogo entre una y otra concepción del mundo es realizable, de ello no se induciría la posibilidad de un acuer­do. Ya que la transacción llevaría implí­cita la respectiva renuncia a los funda­mentos, opuestos, que sirven de base a una y otra ideología. Más bien parece oportu­no señalar limpiamente los límites, y ahon­dar en las raíces sin andarse por las ra­mas. Puesto que el hombre que trabaja y sufre está también obligado a la opción, urge antes plantearle el tema de su dig­nidad —de su dignidad de hombre— en los términos precisos.